Consecuencias de la recesión en los Estados Unidos

Humberto Campodónico

Cuáles serán las implicancias para el Perú de la recesión económica que comenzó en los Estados Uni­dos en diciembre pasado? Este es un debate clave porque conlleva reco­nocer que se ha llegado al fin de una extraordinaria coyuntura que permitió a muchos países «correr» una larga cola de crecimiento económico.

Uno de los primeros puntos a discutir es, por un lado, cuan fuerte y prolongada será la recesión en los EE. UU. y, por otro, si es que algunas economías (como la europea, la china o la india) podrán des­acoplarse de la locomotora de los EE. UU. (que ya no «jala» como hasta hace poco) y tomar la posta del crecimiento.

Comencemos por el segundo punto. La tesis del «desacoplamiento» de la eco­nomía mundial fue lanzada por el FMI en abril del año pasado y consiste en lo si­guiente: ha cambiado la geografía econó­mica mundial y el peso de los EE. UU. ya no es tan significativo como el que tenía hace cuarenta años. Por tanto, en caso de una recesión en ese país, algunos países podrían «desacoplarse» de su lenta locomotora y proseguir su rauda marcha de crecimien­to de manera independiente.

Esos países podrían ser los «mercados emergentes», que estarían definitivamen­te saliendo de su condición de «países en desarrollo» para consolidarse como acto­res plenos en un nuevo ordenamiento del tablero económico internacional. Allí es­tán la China y la India (que muchos lla­man «Chindia»), seguidos  un poco más lejos  por el Brasil, Rusia, Sudáfrica y los tigres asiáticos (Singapur, Taiwán y Co­rea del Sur), a los que se suman también Indonesia, Tailandia y Malasia.

Sobre este punto existe una amplia discusión entre los economistas, con una gran cantidad de argumentos a favor y en contra de la tesis del «desacople». A pro­pósito, nuestra opinión es contraria a la tesis del desacople y que una recesión en los EE. UU. No afectará al conjunto de la economía mundial. Pero, al mismo tiem­po, subrayamos que dentro de quince a veinte años el peso económico de los «mercados emergentes» hará realidad la tesis del «desacople». En síntesis, desaco­ple hoy no pero mañana sí.

El otro tema tiene que ver con la pro­fundidad de la recesión. Al igual que en el punto anterior, aquí también los econo­mistas tienen diferentes opiniones. Hay quienes dicen que la recesión será de corta duración (un semestre) y que luego se retomará el crecimiento. Otros afirman que la economía mundial está al borde de una «crisis sistémica», es decir, que los mercados financieros internacionales podrían desplomarse. Esto provocaría una restricción generalizada del crédito (liquidez) y arrastraría al sector producti­vo en su conjunto.

Para Stephen Roach, del banco de in­versión Morgan Stanley, se viene un pe­ríodo recesivo relativamente largo y dolo­roso, y señala que el «desacople» es una fantasía: «El mercado doméstico de China es demasiado pequeño para reemplazar la pérdida de los consumidores de EE. UU. y se reducirán las exportaciones chinas».

El impacto de la inflación internacional

Se suele decir que cuando la economía de los EE. UU. se resfría, el resto del mundo agarra una pulmonía. Este contagio puede producirse de varias maneras: por la vía comercial, por la vía financiera, así como por el impacto en los recursos fiscales. Veamos más de cerca algunos de ellos.

La desaceleración de la economía de los EE. UU. viene acompañada del au­mento de la inflación, que en diciembre llegó a 4,1%, provocada sobre todo por la elevación del precio del petróleo y, también, de los alimentos (lo que se ex­plica, en buena medida, por la reducción de las áreas sembradas de trigo y soya para sembrar maíz y betarraga para pro­ducir etanol). En enero, los precios al por mayor subieron 7,4%, la tasa más alta desde 1981.

En toda América Latina, y también en el Perú, se ha sentido el impacto. En el año 2007, la inflación en nuestro país ha sido de casi 5%: muchos productos de la ca­nasta que mide la inflación son importa­dos y han subido de precio, entre ellos el maíz (alimento para el pollo), el trigo (pan) y la soya (aceites). También influye el alto precio del petróleo.

¿Qué ha hecho el gobierno? Pues ha dispuesto varias rebajas arancelarias para paliar el alza de precios de los alimentos, pero estos no han bajado (como se consta­ta a diario) porque los importadores no trasladan al público la baja del arancel. Y no lo hacen porque son mercados oligopó-licos: dos o tres empresas controlan el 60-70% de la oferta. Esto demuestra que la rebaja de aranceles no reduce la inflación importada, porque no se toca la estructura de los mercados ni los mecanismos de comercialización. Por otro lado, esta reba­ja le cuesta al fisco 500 millones de dólares anuales, que representan 0,43% del PBI.

Asimismo, el gobierno ha continuado con el Fondo de Estabilización de Precios de los Combustibles, mecanismo que impide que el alza de precios se traslade al público, «congelando» los precios des­de septiembre pasado. Este Fondo le cues­ta al fisco 50 millones de soles semanales (al precio de 100 dólares el barril). En el año 2008 esto sumaría 2.500 millones de soles, equivalentes al 0,75% del PBI. El problema no es que haya Fondo, sino que la actual metodología de la paridad de importación favorece a las refinerías

El impacto del «dólar barato»

A raíz de los problemas económicos de los EE. UU., el dólar ha venido perdiendo valor frente a las monedas de los países industrializados, sobre todo el yen (Ja­pón) y el euro (Unión Europea). Para enfrentar la recesión económica, el Banco Central del país del Norte (el Fed) redujo su tasa de interés de referencia en 2,25% en solo dos meses. Como se sabe, esta medida abarata el costo del dinero y pro­picia el consumo de la población, así como las inversiones de los empresarios.

En el Perú, desde hace buen tiempo el sol se ha venido revaluando contra el dólar debido a los grandes excedentes de la balanza comercial, ya que el crecimien­to económico de los últimos años provo­có un auge de las exportaciones de mate­rias primas (minerales) y, también, de las exportaciones no tradicionales. A ello se suma el ingreso de dólares por inversión extranjera y las remesas de los migrantes, que en el año 2007 llegaron a 2.131 millo­nes de dólares.

Aquí es donde se inserta otra de las consecuencias de la recesión económica en marcha en los EE. UU. A diferencia del Fed, que bajó la tasa de interés para luchar contra la recesión, el Banco Central de Reserva del Perú (BCRP) hizo exactamen­te lo contrario: subió la tasa de interés a 5,25% para luchar contra la inflación, pro­vocando la entrada de capitales especula­tivos con el objetivo de aprovechar el dife­rencial de tasas. Según el presidente del BCRP, Julio Velarde, ingresaron varios miles de millones de dólares de capitales especulativos a un ritmo equivalente al 8% del PBI mensual, lo que es enorme.

En enero se dio a conocer la «metodo­logía» de los especuladores: traen dóla­res al Perú, los cambian a soles y adquie­ren certificados de depósitos del BCRP (CD), que pagan una atractiva tasa de interés. Como esto hace que la moneda nacional se aprecie, a los pocos días o semanas realizan la operación inversa: con los soles vuelven a comprar dólares (ahora más baratos). Así, los especulado­res ganan a «dos cachetes»: ganan la tasa de interés de los CD y ganan al comprar dólares más baratos.

Como es lógico, los países tienen que defenderse de estos ataques especulativos.

Según Julio Velarde, esto es lo que ha hecho el BCRP:

Se reemplazó a los CD por los depósitos a plazo, los que no pueden ser vendidos a los inversionistas extranjeros especulativos, al igual que los CD de Negociación Restringi­da, puestos en vigencia a partir de esta semana. Además, el aumento del encaje en moneda nacional y extranjera sirvió para reducir la liquidez en el mercado, lo que tiene la ventaja de no atraer capitales golon­drinos y equivale a un incremento de la tasa de interés de 0,5″/), lo que sustituye la nece­sidad de elevar la tasa de referencia del BCRP. Además, se ha introducido una co­misión a la transferencia de propiedad de los Certificados del BCRP.

Estas medidas son «intervencionistas» y se alejan del dogma del libre mercado que caracterizaba al BCRP, lo que no está mal. Además, y esto es lo importante, las medidas han funcionado hasta cierto punto porque ha disminuido la volatili­dad cambiaría.

A pesar de ello, la revaluación acele­rada del sol ha continuado y, al mo­mento de escribir estas líneas, se sitúa en S/. 2,82/dólar, es decir, ha habido una revaluación de casi 20% en los últimos dos años. Los analistas económicos de los bancos de inversión pronostican que el dólar seguirá cayendo y podría terminar el año hasta en 2,50 soles.

Otro impacto del «dólar barato» ha sido el gran aumento de las importacio­nes. En el año 2007 las importaciones cre­cieron 31,8% con respecto al año 2006 y llegaron a 19.600 millones de dólares. Este crecimiento (cuatro veces superior al cre­cimiento del PBI de 8%) se dio en todos los rubros: bienes de consumo, insumos y, sobre todo, en bienes de capital, que au­mentaron 42%. Esto es consecuencia de varios factores. En primer lugar, el creci­miento macroeconómico que ya tiene varios años. Asi en el año 2004 las importaciones crecieron 20% con respecto al año  año 2003 y  la cifra para los años 2005 y 2006 fue de 23%.

También la devaluación del dólar ha favorecido las importaciones, en particular las procedentes de los EE.UU en el año 2002 el tipo de cambio promedio estuvo en 3.52 soles y bajo a 3,13 soles para el año 2007: cayo 11,1%. La caida se agudizo de enero a diciembre de 2007, pues paso de 3,29 soles a 2,98 soles, nada menos que 6,6%.

Lo mismo ha sucedido con las dos rebajas de aranceles decretadas por este gobierno. La primera, en diciembre de 2006, rebajó a 0% el arancel de 2.894 par­tidas de insumos y bienes de capital que estaban en 4% y 12%. En julio de 2007 se redujo el arancel al trigo, la harina de trigo y derivados (decretos supremos 091- 2007            EF y 105-2007 EF).

 En octubre de 2007 vino la segunda gran rebaja (decretosupremo 158-2007 EF) a un total de 4.135
subpartidas, sobre todo materias primas y bienes de capital.

Estas medidas provocaron una caída en la recaudación de 22,8% del año 2006 al 2007 (de 871 a 666 millones de dólares). Al analizar la ratio aranceles/importa­ciones totales, vemos que esta bajó de 5,9% a 3,4% del año 2006 al 2007. Sin rebajas arancelarias, la recaudación hu­biera sido de 1.148 millones de dólares (19.600 por 5,9%), casi 500 millones de dólares más que los 666 millones de dóla­res del año 2007. En otras palabras: la rebaja arancelaria está haciendo que se pierdan ingresos fiscales

El impacto en los ingresos fiscales

Finalmente, la recesión económica debie­ra influir en los precios internacionales de los minerales, que constituyen cerca de 60% de las exportaciones peruanas. El auge económico ha impactado positivamente en los ingresos fiscales, porque la buena situación económica de las empresas de­termina que estas paguen más impuestos.

Sin embargo hasta ahora eso no ha sucedido, pues los precios han continua­do altos y han llegado a sus máximos históricos, en dólares corrientes, el oro (970 dólares/onza) y el petróleo (102 dó­lares/barril). El cobre está en 3,90 dóla­res/libra (casi batiendo récord), recupe­rándose de la caída de diciembre (bajó a 2,90 dólares/libra), y la plata tiene el precio más alto en veintisiete años.

¿Es que la economía mundial ha supe­rado la anunciada recesión en los EE. UU. y ha retomado la senda del crecimiento económico, elevando la demanda de materias primas? Pues no. Se acaba de anunciar que el PBI de los EE. UU. apenas creció 0,6% en el cuarto trimestre de 2007 y se vaticina que seguirá cayendo. Por su lado, el desempleo ha aumentado al 4,9%.

¿A qué se debe, entonces, el aumento de las materias primas? Pues a que el dólar, que venía devaluándose desde hace varios años, ha acentuado su caída en las últimas semanas, ya que, como hemos dicho, el Fed bajó las tasas de interés en 2,25% haciendo al dólar aún menos atractivo.

Como la inflación en los EE. UU. y en varios países europeos está aumentando, los inversionistas compran materias pri­mas como una «cobertura» (hedge) contra la inflación. Dicen los analistas que estas, al tener un valor intrínseco (sobre todo el oro, pero también el petróleo y otros commodi-fíes), disminuyen el riesgo de quedarse con dólares en la mano. Agregúese que el pre­sidente del Fed, Ben Bernanke, ha dicho que las tasas de interés podrían bajar más, incluso antes de la próxima reunión del Fed el 18 de marzo. También compran euros, que ahora cuestan 1,53 dólares cada uno.

Hace poco, en su presentación ante el Senado, Bernanke resumió así su visión:

Enfrentamos, en simultáneo, una reduc­ción en la actividad económica, un estrés en los mercados financieros y presiones infla­cionarias que vienen de los precios de las materias primas desde el extranjero; y cada una de estas situaciones es un desafío.

Si Bernanke sube las tasas de interés para combatir la inflación, corre el ries­go de que se hundan más los mercados financieros (que con el reventón de la burbuja hipotecaria han tenido, hasta ahora, pérdidas superiores a los 200 mil millones de dólares) y precipite una cri­sis sistémica. Si las baja para ayudar a los mercados financieros, se debilita el dó­lar y se aviva la  hoguera de la inflación (en enero, los precios al por mayor su­bieron 7,4% anual, la tasa más alta desde 1981). Claramente, Bernanke ha optado por esta última.

Sin embargo, este pequeño mini boom de precios de las materias primas no pue­de tener una duración de largo plazo. Los analistas afirman que estos caerán a medi­da que se acentúe la recesión en los EE. UU., que es el más importante consumidor de materias primas. Esto tendrá consecuen­cias para el Perú, pues disminuirán las exportaciones y, también, las utilidades de las empresas, que a su vez pagarán menos impuestos. Aunque este menor in­greso no tendrá un impacto importante en el año 2008 ya que todavía se arrastran los beneficios del crecimiento económico. Los efectos de la recesión en el país del Norte se sentirían a partir del año 2009.

A modo de conclusión

Lo expuesto indica que ya se están sin­tiendo los impactos de la crisis económi­ca internacional, sobre todo en la infla­ción y el dólar barato. También tenemos que las medidas de política económica para combatir la inflación internacional (en particular la rebaja de aranceles) no han dado resultados positivos y, más bien, están perjudicando a los industriales na­cionales. Por otro lado, el BCRP ha imple-mentado una serie de medidas para fre­nar a los capitales especulativos, pero no ha conseguido detener la caída del dólar. Aquí el problema centra 1 es que el gobier­no quiere combatir la inflación interna­cional abaratando el dólar, por lo que puede esperarse que este siga cayendo.

Uno de los problemas más graves que se puede presentar cuando se desate con fuer­za la recesión internacional concierne a los ingresos fiscales. Si bien actualmente el Perú tiene superávit fiscal, existe un «défi­cit fiscal estructural», que es el que resulta de estimar los ingresos fiscales con los pre­cios internacionales de los minerales del año 2003, es decir, antes de que se produzca el boom de precios. Dice el BCRP que ese déficit se sitúa entre 0,8% y 0,9% del PBI.

En ese sentido, aquí es donde va a sentir­se el impacto negativo para el gobierno de no haber realizado la reforma tributaria (a pesar de que tuvo facultades legislativas) para aumentar los ingresos fiscales, más allá del actual incremento, que es coyuntu-ral, por el alza del precio de los minerales.

La reforma tributaria debió contemplar, prioritariamente, un impuesto a las sobre ganancias mineras y petroleras (para «guar­dar pan para mayo»), así como la elimina­ción de las exoneraciones tributarias al sector financiero. Si se eliminan las exoneraciones a las ganancias de capital en la Bolsa de Valores, a los bonos y a los certificados de depósitos del BCRP aumentan los ingresos tributarios y, a la vez, se desalienta la entra­da de los capitales «golondrinos».       

 

 

 

 

ALIMENTACION:Desaguisado Mundial

Gustavo Capdevila

La crisis alimentaría de los últimos dos meses, con incrementos sustanciales de precios y escasez de productos, resucitó un debate sobre las políticas agrícolas que entremezcla pareceres favorables a reformas estructurales con reclamos de una moratoria inmediata a los biocombustibles.

Las opiniones se multiplicaron esta semana, cuando la Organización de las Naciones Unidas (ONU), a través de la junta ejecutiva de jefes de sus agencias, se dispone a divulgar las recomendaciones para hacer frente a la crisis.

Un experto de la misma ONU, Jean Ziegler, relator especial para el Derecho a la Alimentación, se ilusionó con la posibilidad de que el foro mundial adopte resoluciones para desmantelar la especulación que apuesta a obtener beneficios con las cotizaciones de los productos básicos agrícolas.

Ziegler espera también que la ONU imponga una veda total a la producción de agrocombustibles, porque “es un crimen contra una gran parte de la humanidad”, dijo a IPS.

El académico suizo concluye este miércoles su mandato de relator, iniciado en 2000 con la desaparecida Comisión de Derechos Humanos de la ONU y proseguido desde 2007 con el organismo que la suplantó, el Consejo de Derechos Humanos.

A partir de agosto, Ziegler integrará el Comité Asesor del Consejo, un cuerpo que reemplaza a la también fenecida Subcomisión de Derechos Humanos.

En un balance de su mandato, el relator estimó que el fenómeno de la explosión de los precios del mercado mundial de alimentos se inserta en una tragedia antigua que se prolonga hasta nuestros días: “la matanza cotidiana del hambre”.

Cada cinco segundos, un niño menor de 10 años muere de hambre en el mundo, donde a su vez 854 millones de personas carecen de alimentos esenciales, recordó el experto citando datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO).

Los precios de los alimentos se han encarecido en 48 por ciento, remarcó Ziegler fundado en la misma fuente. Los cereales aumentaron 130 por ciento, el arroz 74 por ciento, mientras la soja registró incrementos de 87 por ciento, y el maíz de 53 por ciento.

La situación se vuelve crítica en lugares como Malí, un tradicional país agrícola de África, que ahora se encuentra bajo la férula del Fondo Monetario Internacional (FMI) con políticas que lo obligan a importar 83 por ciento de sus alimentos, sostuvo el experto.

Ziegler llamó la atención sobre la disparidad del peso de la alimentación en los ingresos de las poblaciones de los países ricos y pobres. Una familia europea, por ejemplo residente en Ginebra, destina a los alimentos entre 19 y 12 por ciento de sus ingresos. En los países del Sur, la comida se lleva entre 85 y 90 por ciento de los haberes de los habitantes pobres, dijo.

El relator atribuyó a Robert Zoellick, presidente del Banco Mundial, el vaticinio de que antes de que las reformas estructurales tengan efecto, dentro de cinco o seis años, los motines del hambre que han afectado en las últimas semanas a unos 36 países se intensificarán y el número de personas muertas “aumentará de manera espantosa”.

Otra experta independiente, Celine Charveriat, de la organización no gubernamental Oxfam, recalcó que además de brindar ayuda urgente a las poblaciones afectadas por la crisis alimentaria, este es el momento para encarar los problemas estructurales que la exacerban, como son la decreciente inversión en la agricultura y las normas comerciales injustas.

Oxfam también comparte la idea de acabar con las políticas de aliento a los biocombustibles en los países ricos porque está “ampliamente reconocido que alimentan los aumentos de precios y la especulación”.

Los biocombustibles –etanol y biodiésel– se destilan a partir de vegetales alimenticios como el maíz, la caña de azúcar, la soja y la palma aceitera, entre otros. Su reciente impulso obedece a que su combustión causa menor contaminación climática que los derivados del petróleo.

Los expertos han pronosticado que los objetivos establecidos en biocombustibles pueden elevar para el año 2025 en otros 600 millones el número de personas con hambre en el mundo.

Ziegler insistió en que una de las principales causas de la crisis alimentaria es la transformación masiva de alimentos en combustibles. Estados Unidos ha quemado una tercera parte de su cosecha de maíz, de 130 millones de toneladas, para obtener etanol, afirmó.

El gobierno de George W. Bush subvencionó con fondos públicos la producción de etanol en 2007. El argumento es que los automotores que ruedan por Estados Unidos contaminan, y el clima está en peligro. Por eso hay que sustituir en lo posible el combustible fósil por el vegetal, que contamina menos, describió Ziegler.

Otro razonamiento que Bush toma en cuenta es que 31 por ciento del petróleo consumido por Estados Unidos proviene del extranjero, especialmente de “regiones que son militarmente poco seguras”, como Medio Oriente. Por lo tanto, hay que reducir esa dependencia, mencionó el relator.

En ese contexto, Ziegler aludió a una frase pronunciada por Bush en un discurso, cuando afirmó que con sus yacimientos submarinos, el Golfo de México “se ha convertido en el Golfo Pérsico, sin terrorismo”.

El relator de la ONU se refirió a la especulación como otra causa de la crisis. El lugar donde se especula es el Chicago Mercantile Exchange, la bolsa más antigua y la mayor del comercio agrícola mundial, que es dominada por cinco o seis grandes sociedades transcontinentales, dijo.

Por ejemplo, Cargill controla 500 millones de toneladas de la cosecha mundial de cereales, lo que equivale a una cuarta parte del volumen total, de unos 2.000 millones de toneladas, sostuvo. En esas condiciones, tiene un enorme poder sobre los precios, el transporte y el almacenaje, dedujo Ziegler.

También la organización no gubernamental Grain sostuvo que las grandes empresas agroindustriales obtienen suculentos beneficios en medio de la crisis alimentaria mundial.

Cargill, número uno del sector cerealero, aumentó sus ganancias en 86 por ciento durante el primer trimestre de este año. Bunge, otro gran comerciante de alimentos, registró incrementos de 77 por ciento en sus beneficios del último trimestre de 2007.

Grain culpa al FMI y al Banco Mundial por haber presionado en los últimos 30 años a los países para que desmantelaran todas las formas de protección de sus agricultores, abriendo los mercados a la agroindustria mundial, a los especuladores y a los alimentos subvencionados que exportan las naciones ricas.

Así, la mayoría de los países en desarrollo se transformaron de exportadores de alimentos en importadores. En la actualidad, cerca de 70 por ciento de las naciones en desarrollo son importadoras netas en ese rubro, dijo Grain. (FIN/200 8)

 

Globalización Capitalista: el camino hacia la barbarie

Enric Mompó

“Los mercados literalmente nos instruyen, nos modelan y nos inducen a convertirnos en unos egoístas insensibles de la peor especie” (Michael Albert).

En la actualidad, ya casi nadie niega la realidad del cambio climático. El mismo George Bush, reticente hasta hace poco a aceptar lo innegable, considera que la humanidad se enfrenta a un gran desafío. El clima cambia a un ritmo cada vez más acelerado e impredecible. Continuamente llegan a nuestros oídos noticias sobre grandes catástrofes en todo el planeta. La Antártida, Groenlandia y los glaciares de las montañas se deshielan vertiginosamente y corren el riesgo de desaparecer en menos de una generación. El desierto avanza y destruye cada año miles y miles de hectáreas de tierra fértil y cultivable.

La sequía y los incendios son una nota cotidiana en nuestros veranos, mientras las autoridades advierten a la población de la acuciante falta de agua, y nos invitan a cerrar los grifos para que no se escape ninguna gota de tan preciado líquido. Los campesinos protestan porque no pueden llevar agua a sus bancales de secano, transformados hace pocos años en flamantes huertas de regadío, mientras los demagogos del PP claman por la construcción de faraónicos trasvases, que serían una mina de oro para las grandes constructoras, pero que no impedirían la creciente desertificación de nuestras tierras.

Los medios de comunicación denuncian el expolio que sufren los bosques y selvas en todo el mundo en aras del comercio de la madera. Cada año miles de especies se extinguen sin remedio. Los orangutanes, gorilas y chimpancés corren el peligro de desparecer en menos de una generación. Los tigres, osos blancos, el lince ibérico y muchas otras especies siguen el mismo camino. Sólo durante el siglo XX el 75% de la biodiversidad agrícola mundial ha desaparecido (a las multinacionales sólo les interesa un puñado de cultivos que les puede dar el máximo de beneficio. La explotación pesquera, gracias a los avances tecnológicos, depreda los bancos de pesca que quedan sin darles tiempo para recuperarse. Apenas un 0,1 de la biodiversidad marina están protegidos. La anchoa del Cantábrico, como antes pasó con el bacalao de Terranova, está al borde de la extinción comercial, mientras la pesca del atún rojo del Mediterráneo puede colapsarse en los próximos años sin que nadie haga nada para evitarlo. Eso sí, las medusas, libres de sus depredadores naturales, se han convertido ya en una plaga veraniega permanente en nuestras costas.

“El descenso de peces ha experimentado dos fases. En la primera, de 1950 a 1985, la bajada fue moderada, tan sólo un 10%. Por el contrario, en la segunda etapa, que abarcaría los últimos 20 años, el balance es terrible: las nuevas flotas pesqueras, capaces de seguir bancos de peces con las más altas tecnologías y de almacenar en sus bodegas decenas de miles de toneladas de ellos, ‘redujeron la fauna en un 80%’”1.

Da la sensación de que no se puede hacer nada. Científicos y gobiernos se reúnen continuamente para tomar medidas que luego no pueden, o no quieren llevar a la práctica. La prensa y los medios insisten en que se hace todo lo posible y que tenemos que sensibilizarnos y apoyar las medidas que se adoptan (hay que cerrar los grifos y regular el agua). Entre la gente se extiende el pesimismo y el escepticismo de que todo está atado y bien atado. Los teóricos de la burguesía  claman que la causa del desastre es la naturaleza humana, y que cualquier intento de cambiar las cosas (léase capitalismo) esta abocado al fracaso. ¡Recordad la URSS!, ¡Mirad lo que pasa en China! ¡Los sueños de la razón producen monstruos! ¡Aceptad que vivís en el mejor de los mundos posibles y encaramaos felices a la noria del consumo!

¿MORIR DE ÉXITO?

La naturaleza humana no es la causante del desbarajuste mundial en el que nos encontramos. La humanidad ha convivido con la naturaleza durante millones de años. Es cierto que protagonizó agresiones al medio ambiente y causó extinciones entre la fauna y la flora. Pero en la mayoría de los casos mantuvo una relación estable con su entorno. Muchas culturas colapsaron porque traspasaron el umbral de la sostenibilidad y agotaron los recursos de los que dependían, pero otras siguieron existiendo. En numerosos casos los pueblos aprendieron de sus errores y estabilizaron formas de explotación de los recursos que les permitió regenerarse.

Las causas de la destrucción no están en la inamovible esencia depredadora de la humanidad. El hombre modifica su entorno, pero simultáneamente cambia con él. Como cualquier organismo se adapta para no perecer. Siendo una especie consciente, tiene la capacidad de aprender de sus errores y modificar su comportamiento. La cínica teoría sobre la “naturaleza humana” no es más que un taparrabos que esconde intereses inconfesables: La burguesía se aferra con pasión a la depredación planetaria, fuente de sus propiedades y beneficios, convencida de que, cuando llegue el momento, la ciencia y la tecnología, puestas a su servicio, encontrarán la forma de salvarlos del desastre.

El capitalismo es un sistema económico que no tolera el estancamiento. El único límite que tiene para desarrollarse es él mismo, con todo lo que esto implica: acumulación de capitales (reinvertidos demandan nuevas ganancias), competencia feroz, crecimiento sin límites marcado por las desigualdades sociales y saqueo de la naturaleza. Los empresarios y los accionistas necesitan un desarrollo continuo, que les permita reproducir hasta el infinito sus inversiones, a riesgo de colapsarse o entrar en recesión. Para sobrevivir en su despiadada carrera por conquistar nuevos porciones del mercado, las empresas capitalistas necesitan rebajar continuamente sus costes de producción, ya sea recortando el poder adquisitivo de los salarios, ya sea ignorando los daños ocasionados al medio ambiente, a través de sus actividades extractivas. De no hacerlo está condenada al fracaso y a la bancarrota.

“Aunque un productor de una industria no se comporte de manera egoísta, otros sí lo harán. Si los altruistas persisten en mantener un comportamiento socialmente responsable, acabarán siendo expulsados del sector porque no podrá ser tan competitivo y los productores sin escrúpulos escalarán a las posiciones más prominentes. La competitividad del mercado destruye la solidaridad al margen de las relaciones de propiedad más amplias”

A lo largo de su historia, las crisis periódicas de superproducción se saldaron con guerras y destrucciones masivas de las fuerzas productivas. El problema en la actualidad es que la existencia en el planeta de miles de bombas nucleares convierte en inviables las tradicionales sangrías económicas. La guerra podría ser un remedio peor que la enfermedad. Las grandes potencias han intentado hasta el momento evitar tan drásticas salidas. La sociedad de consumo y el despilfarro en Europa, USA y Japón han sido en las últimas décadas el recurso que el capitalismo escogió para dar salida a las montañas de productos que salían de sus fábricas y que de otra forma no habrían encontrado salida. Pero para mantener el ritmo de reproducción de los capitales no era suficiente con satisfacer las necesidades de la población de estos países, era necesario crear otras nuevas que estimularan la demanda de nuevos productos. La televisión, el cine y los medios de comunicación se han encargado de convertir el modo de vida occidental en el modelo a imitar. La publicidad promete el paraíso a cambio de consumir. Más y más coches, más y más electrodomésticos, más y más consumo, todo con tal de evitar que el ritmo decline. Cada día salen al mercado nuevos productos que no cumplen lo que prometen, son más rápidos, más manejables, más pequeños y con más capacidad, pero no pretenden mejorar la vida del consumidor, están diseñados para durar un tiempo determinado, después hay que tirarlo y comprar otro, para poder tener “lo último”.

“Todos los días y en toda la superficie del globo, los medios de comunicación ofrecen imágenes que presentan el modo de vida moderno del consumidor occidental, como si fuera el ideal… El mensaje es que lo urbano es moderno y lo rural atrasado, que las importaciones de alimentos precocinados y de objetos manufacturados valen más que lo fabricado localmente… se cautiva a la gente para que prefiera las hamburguesas de McDonald’s a su propia cocina, o los pantalones vaqueros a las ropas nacionales, sino que encima se la incita a olvida su propia personalidad y a imitar a la actriz de Dallas”.

El crecimiento desbocado del capitalismo en la segunda mitad del siglo XX implicó también el aumento del saqueo y la superexplotación del resto del mundo. El proceso de “independencia” de las colonias dio lugar a un nuevo sistema de explotación mucho más sofisticado y perverso. El aumento explosivo de la producción implicó una mayor dependencia de los recursos naturales de los países pobres. Para fabricar más coches que fueran más baratos había que rebajar los precios de las materias primas. Toda una serie de organismos económicos que, como el FMI, el Banco Mundial, o la OCDE, que supuestamente habían nacido para racionalizar el capitalismo y prever nuevas crisis, se convirtieron en los perros guardianes del nuevo orden imperialista. Las antiguas colonias, dirigidas ahora por la burguesía autóctona, pasaron a endeudarse con sus antiguas metrópolis. Para pagar la deuda, tuvieron que aceptar sus condiciones: la apertura de sus mercados, la continuación del saqueo de sus recursos y la aceptación de unos precios para las materias primas impuestos por las potencias imperiales.

El vertiginoso crecimiento de la producción capitalista exige la extracción de cada vez mayores cantidades de recursos naturales, muchos de ellos no renovables (minerales), mientras impide, por su ritmo, que los que sí que pueden se regeneren (las selvas, los animales). El resultado es evidente: la disminución del ritmo de extracción, entre otros del petróleo y el gas natural, con la consiguiente subida de los precios y un futuro de creciente escasez, mientras el ritmo de extinción de las especies se acrecienta cada día.

“Los problemas ecológicos son como una enorme rueda de inercia que cada día hacemos girar un poco más rápido. Esa rueda ya gira demasiado deprisa, y muchos de los estragos ya son irreversibles”.

La sociedad de consumo se convierte en una máquina infernal que excluye a cada vez mayor número de personas. El capitalismo promueve una filosofía de vida basada en la competencia y la satisfacción individual. Destruye la conciencia de clase y cualquier atisbo de solidaridad. A medida que el reino de la abundancia se transforme en el de la escasez, la calidad de vida de la población se deteriorará progresivamente. La sociedad de consumo que normalmente se asocia al placer y la felicidad, está dando paso a un panorama de frustración social. La división entre los que todavía gozan del llamado estado del bienestar y los que son expulsados del mismo se acentúa. Quedarse sin trabajo o ver como se reduce el poder adquisitivo de tu salario equivale a no poder acceder a los nuevos productos que salen al mercado, no poder ir a la moda, perder reconocimiento social, o respeto a uno mismo. Las bolsas de pobreza no sólo se extienden por los antiguos países coloniales, también lo hacen por las metrópolis. Millones de seres humanos son excluidos y tienen que contentarse con ver el pastel en el escaparate. Esto es una fuente creciente de odio y frustración para millones de desheredados. Faltos de una alternativa consciente y consecuente, los estallidos de violencia colectiva en USA, o la furia de la juventud de las banlieuses en Francia es una de las consecuencias de esta marginación social.

El capitalismo una especie nefasta de rey Midas, convierte todo lo que toca en mercancía, la tierra, las plantas, los animales y los seres humanos. Todo está sujeto al proceso de mercantilización, o dicho de otra forma, todo puede ser fuente de beneficios.

“Sólo tenemos una cantidad limitada de bosques, de agua y de tierra. Si usted lo transforma todo en aires acondicionados, en patatas fritas, en coches, en algún momento usted no tendrá nada”.

El capitalismo necesita crecer de forma indefinida, aunque sea a costa del bienestar de la humanidad y la destrucción de la naturaleza. El crecimiento de la economía, lejos de ser el remedio, es el origen del problema. El crecimiento actual no responde a las necesidades de los seres humanos, sino a la dinámica perversa del capital, y en la actualidad sobrepasa la capacidad del planeta. Se produce más de lo que necesita. La existencia de miles de millones de seres humanos en la miseria no es una consecuencia de la falta de desarrollo de las fuerzas productivas, sino de un sistema económico irracional, que tiene como objetivo, no la satisfacción de las necesidades básicas de las personas, sino el aumento de las ganancias capitalistas. Los recursos naturales son limitados y el planeta no puede soportar indefinidamente un sistema que pretende un desarrollo permanente de la producción. Si todos los seres humanos consumiéramos como los norteamericanos o los europeos, los límites físicos del planeta se rebasarían ampliamente. Más consumo implica más explotación de recursos naturales, es decir, la causa del cambio climático, de la contaminación, de las montañas de residuos que no se reciclan, de la degradación de los espacios naturales y de la extinción de las especies.

EL ENGAÑO DEL “CRECIMIENTO SOSTENIBLE”.

“Una más gran producción es la clave de la prosperidad y de la paz”. Con estas palabras, el presidente norteamericano Truman, en su discurso de investidura anunció un programa de ayuda internacional que acabaría con la miseria, gracias a la actividad industrial y el aumento del nivel de vida. Seis décadas después, la pobreza en el mundo no ha desaparecido y la diferencia entre las metrópolis y la mayoría de los antiguos países coloniales no cesa de crecer. La ciencia y la técnica, al servicio del capitalismo, no sólo se muestran incapaces de acabar con el problema, sino que lo agravan.

El desarrollismo en el seno de la globalización es la continuidad de la vieja política colonial, por otros medios. Calificar a un país como “subdesarrollado” frente a otros “desarrollados” conlleva toda una carga de menosprecio. Siguiendo el criterio impuesto por las grandes potencias, la aspiración de los países parias o “subdesarrollados” sólo puede ser una: “desarrollarse”, seguir las recetas milagrosas dictadas por los charlatanes de la feria global. El BM y el FMI les exigen planes de desarrollo que en la práctica no son otra cosa que la apertura de sus mercados a la depredación de las multinacionales. Países como Argentina en 2001, que en su momento fueron sus alumnos más disciplinados, se derrumbaron. Las cifras cantan y sólo los ingenuos, o los que quieren engañar o engañarse a si mismos, pueden creer que el desarrollo erradicará la miseria del mundo. Su función en realidad es ayudar al crecimiento capitalista, conquistar nuevos mercados, destruir las economías autóctonas, uniformar a los consumidores en todo el mundo en beneficio de sus productos y explotar hasta el agotamiento los recursos de los países que les suministran materias primas a precios de saldo.

El mito del desarrollo sostenible, como instrumento de lucha contra la pobreza necesita de ésta para sobrevivir. En la práctica no hace otra cosa que agravarla. Los viejos sistemas de solidaridad comunitaria y los mecanismos proteccionistas son tachados de obsoletos y de ser un obstáculo para el desarrollo. Se desarma a la industria y el comercio local para entregarlos atados de pies y manos. Sin embargo el engaño del “desarrollo” hace tiempo que empezó a resquebrajarse. Por eso una corte de economistas, filósofos y sociólogos, decidió añadirle otros calificativos (sostenible, responsable, social), con el propósito de hacerlo tragable a la opinión pública. Resulta esperpéntico ver a los zorros manifetar su preocupación por el gallinero. Los mayores contaminadores del planeta, como British Petroleum, Total-Elf-Fina, Suez, Viviendi, Monsanto (el principal productor mundial de transgénicos), Novartis, Nestlé apoyan con su firma manifiestos a favor del desarrollo sostenible.

La palabra “desarrollo” encubre otro término más crudo: “crecimiento” capitalista, con todas sus implicaciones (acumulación de capital, explotación de la fuerza de trabajo, imperialismo, saqueo de los recursos naturales). El calificativo “sostenible” sólo sirve para tranquilizar la conciencia de una masa de población cada vez más crítica con las consecuencias (cambio climático, pérdida de biodiversidad…). Si el desarrollo puede “sostenerse” es porque existe la forma de paliar sus consecuencias negativas. La ciencia y la técnica, transformadas en una especie de pensamiento mágico acaban sirviendo de coartada a los desmanes del capitalismo. Se inventan automóviles que contaminan menos y electrodomésticos que gastan menos. Los científicos se reúnen y los gobiernos deciden a combatir las causas del cambio climático, se vuelve a hablar de centrales nucleares más baratas y seguras. Todo esto provoca un efecto adormecedor entre la población. Si los gobiernos y los científicos hablan de “desarrollo sostenible” será porque saben de lo que hablan.

“Condicionado por la ideología del consumo y prisionero de una fe ciega en la ciencia, nuestro mundo busca una respuesta que no contravenga su deseo en crecimiento exponencial de objetos y servicios sin perder la buena conciencia”.

Los defensores del “desarrollo sostenible” enmascaran la realidad detrás de un amplio surtido de mitos, que los medios de comunicación se encargan de vender como ciencia. Se asocia el crecimiento a la felicidad y el bienestar y se oculta que los beneficios acaban en manos unos pocos. El PNB se convierte en la mentira estadística utilizada para encubrir sus efectos negativos. Un estudio sobre el crecimiento en USA en el que se contabilizaron las pérdidas provocadas por la degradación ambiental y la contaminación reveló que, a partir de los años 60, el progreso estaba estancado e incluso había retrocedido, mientras que el PNB crecía sin cesar. Arrasar un bosque para transformarlo en papel y madera incrementa el PNB, dejarlo intacto no, sin embargo el bosque evita la erosión del suelo y retiene el agua que nos es necesaria, por lo que su supervivencia contribuye al bienestar social.

La idea perversa que defiende es que la felicidad y el bienestar dependen del crecimiento de las fuerzas productivas. A más coches y electrodomésticos mayor calidad de vida. Sin embargo ocultan la amenaza que se cierne sobre la humanidad. ¿Cómo hacer compatible el aumento de la producción, con los recursos limitados del planeta? El engaño es recurrir a la ciencia y a la técnica, como si éstas fueran capaces por si solas de solucionar cualquier problema que se plantee.

“Algunos científicos replican que ‘ya se encontrará otra cosa’, que ‘el humano posee una capacidad de evolución fuera de lo común’ y que ‘los proyectos técnicos permitirán encontrar una fuente de energía que no contamina e infinita’… está más cerca de las creencias que de una verdadera agudeza científica…”.

El conocimiento de las leyes naturales convirtió al hombre en la especie dominante del planeta. Pero lo que la ciencia no puede hacer en ningún caso es contradecirlas. El vertiginoso e irracional crecimiento capitalista, cumpliendo la ley de la entropía, nos lleva al desastre.

“La transformación del mundo por el fuego de las máquinas térmicas de la revolución industrial ha tenido enormes consecuencias teóricas y prácticas, puesto que condiciona nuestra relación con la biosfera y nuestras concepciones del desarrollo económico”.

II Parte

APRENDER DE LOS ERRORES. RESPONDER A LOS NUEVOS RETOS

“Confirmo que no me gusta el ideal de vida que defienden aquellos que creen que el estado normal de los seres humanos es una lucha incesante por avanzar y que aplastar, dar codazos y pisar los talones al que va delante, características del tipo de sociedad actual, constituyen el género de vida más deseable para la especie humana” (Stuart Mill)

La tarea es inmensa. Nuestra época se caracteriza por una aparente falta de alternativas. Aunque el capitalismo manifieste síntomas de no estar bien de salud, la mayoría de sus críticos no va más allá de un tímido reformismo que se limita a cambios en los métodos de gestión que supuestamente eliminarían sus aspectos más negativos. Hablar de “capitalismo con rostro humano” (social, ecológico…) sería una solemne imbecilidad, sino fuera en realidad una farsa destinada a engañar a los incautos o a los que quieren ser engañados.

CAMBIAR ALGO PARA QUE NO CAMBIE NADA.

Creer que el capitalismo puede domesticarse implica no comprender su naturaleza. La globalización es la que es, porque no puede ser de otra manera, responde directamente a las necesidades del gran capital. No existen otros capitalismos (pueden existir matices pero son adaptaciones locales), de la misma forma que no pueden haber diferentes globalizaciones (capitalistas). Los países que durante décadas desarrollaron lo que vino a llamarse “sociedad del bienestar” hace tiempo que empezaron a desmontarlo. La naturaleza competitiva del capitalismo lleva a que las multinacionales trasladen sus industrias a los antiguos países coloniales, donde la legislación es más laxa y permite más contaminación ambiental, salarios más bajos y menos derechos sociales. De lo contrario se exponen a perder cuota y a ser expulsados del mercado. Esto no quiere decir que justifiquemos las deslocalizaciones, todo lo contrario, lo que afirmamos es que esta dinámica es irreversible dentro del capitalismo. El “Estado del bienestar” se desmorona progresivamente porque los gobiernos europeos, al servicio del gran capital, se ven obligados a hacerlo para acudir en ayuda de las multinacionales.

Tal como hemos señalado, para sobrevivir el capitalismo arrastra a la humanidad y al planeta entero. Se extinguen las especies, se destruyen las selvas, el hambre y la miseria crecen. Todo esto no está provocado por una conciencia maligna, sino por un sistema económico irracional. La burguesía no quiere destruir el planeta, pero antes que nada lo que quiere salvar son sus privilegios, sus propiedades y su tren de vida. Por esa misma regla de tres, está condenada a buscar la cuadratura del círculo, es decir, la combinación imposible del crecimiento permanente (que necesita para acumular capital), la estabilidad social y la preservación del medio ambiente. Como esto es imposible, la primera condición acaba prevaleciendo sobre las otras dos, es decir, acaba ampliando la fractura social entre privilegiados y desposeídos, y destruyendo el medio ambiente.

Cualquier intento del capitalismo para evitar la catástrofe tiene los límites de su propia naturaleza. Ningún sistema social y económico se suicida. Suponiendo que detrás de los congresos internacionales existan buenas intenciones para paliar el cambio climático y evitar la extinción de las especies, nunca podrán ir más allá. La burguesía y sus representantes están condenados a poner parches a su propia obra destructora.

Los sumos sacerdotes del gran capital anuncian la llegada de la religión laica y proclaman la llegada de una nueva era: la del capitalismo verde y del desarrollo sostenible. La mano invisible del mercado conseguirá el equilibrio permanente entre la economía, la naturaleza y la humanidad. En torno al mito ecocapitalista se ha creado una industria con beneficios multimillonarios. Se trata de lanzar políticas “verdes”, “ecológicas” y de “crecimiento sostenible”, destinadas a calmar el malestar y adormecer la conciencia crítica de la población. El mensaje está claro: cuando llegue el momento, el capitalismo logrará solucionar todos los males que provoca.

Digan lo que digan los aprendices de brujo, la barita mágica de la ecoeficiencia tampoco burla las leyes del capitalismo. Es cierto que los procesos de producción economizan energía y recursos. La causa no es la conciencia ecológica, sino porque de esta manera los productos que salen al mercado son más baratos, atractivos y rentables. Veamos algunos ejemplos. Los automóviles hoy en día consumen menos combustible que hace décadas (aunque están construidos para durar menos). Sin embargo los 600 millones de vehículos que existen en el planeta contrarrestan con creces los efectos positivos de la tendencia. Resultado: El ritmo de agotamiento de los recursos naturales se acelera y se contamina más que nunca. Lo mismo pasa con los electrodomésticos, hoy son más baratos, rápidos, seguros, buenos para la salud, ligeros y pequeños y además consumen menos energía. Las bombillas de bajo consumo están sustituyendo a las tradicionales, con el consiguiente ahorro de electricidad que esto supone. Sin embargo el capitalismo necesita que aumente el consumo porque esto implica mayores beneficios. Resultado: el gasto de energía aumenta. En Catalunya, después de todas las campañas de racionalización del consumo energético, financiadas por los distintos gobiernos, la demanda ha crecido entre 2000 y 2006 el 42% en los servicios y un 36% en el sector doméstico. Según un organismo tan poco sospechoso de anticapitalismo como la OCDE, el consumo de energía por unidad disminuyó una media del 25% entre 1970 y 1988 en los países que forman parte de este organismo. Sin embargo esta disminución del consumo no ha conducido a una reducción global, sino todo lo contrario, en el mismo período aumentó en un 30%.

La ecoeficiencia sólo es eficaz cuando se aplica una política basada en la austeridad racional, y no en el aumento del consumo desenfrenado, destinado a incrementar los beneficios de los inversores. Su eficacia queda contrarrestada por el aumento constante de la producción, de los transportes, de la construcción de nuevas viviendas, de más y más aparatos climatizadores. El despilfarro, el consumismo y la aparición constante de nuevos productos en el mercado que no aportan nada a la calidad de vida, no son excesos corregibles, sino la esencia misma del capitalismo.

Los mismos que defienden el crecimiento como motor contra todos los males de la humanidad, consideran que también es la mejor arma contra la degradación ambiental. Como argumento presentan una realidad superficialmente incuestionable: En los países ricos, es decir, en las metrópolis imperialistas, la situación medioambiental ha mejorado en las últimas décadas. Entre líneas: los problemas ecológicos se solucionan con el crecimiento económico. No podemos, ni debemos hacer nada. Sin embargo el cuento se cae por su propio peso. El medio ambiente no puede analizarse a nivel local, sino mundial. Lo contrario es hacer trampa. Las multinacionales trasladan la industria contaminante a los antiguos países coloniales, donde no hay leyes reguladoras. Las metrópolis importan materias primas y exportan residuos tóxicos e industrias contaminantes. La polución real no se reduce, pero se crea la ilusión de que la degradación se atenúa y mejora el medio ambiente en los países ricos. Veamos un ejemplo, la industria farmacéutica es de las más contaminantes, esto llevó al gobierno y las multinacionales norteamericanas a concentrar su industria en Puerto Rico, un supuesto estado asociado que en realidad no deja de ser una colonia. La isla cuenta con la segunda concentración de industria farmacéutica del mundo. La realidad es tozuda, la contaminación crece con el desarrollo y el enriquecimiento capitalista.

Pero con la exportación de residuos tóxicos hacia las antiguas colonias lo que en realidad hacen los países ricos es escupir hacia el cielo. La contaminación de la que se deshacen por la puerta principal, volverá de nuevo por la puerta trasera.

BUSCANDO LA PIEDRA FILOSOFAL

Científicos y economistas aceptan que estamos al final de la era del petróleo barato y que otros recursos no renovables irán pronto por el mismo camino. Las diferencias se limitan a cuando será ese momento.

“La escasez de recursos se está erigiendo ya en este momento en un factor de agravamiento de tensiones en diversas regiones del mundo. En el siglo que ahora empezamos, esa está destinada a ser una de las causas principales de guerra… Pero el uso clave al que se destinarán dichas (nuevas) tecnologías será el control de los cada vez más escasas reservas de petróleo, gas natural, agua y demás factores productivos esenciales de la sociedad industrial”.

Los precios del petróleo se encarecerán progresivamente. El carbón y otros minerales, además de ser todavía más contaminantes (acelerando el cambio climático), sólo son un parche al problema. Por supuesto, los ecocapitalistas recurren de nuevo a la cantinela de las centrales nucleares más baratas, más limpias (¡ecológicas!) y más seguras. Mienten. No sólo no han encontrado una respuesta a qué hacer con los residuos radioactivos (algunos duran miles de años), ni como acabar con las centrales una vez han cubierta su vida útil, sino que el último terremoto en Japón demostró que las nuevas tecnologías se han mostrado incapaces de mejorar la seguridad frente a una catástrofe o un accidente. Otros venden la idea de que estamos en el umbral de la era del Hidrógeno, una energía limpia e ilimitada. Sin embargo hasta hoy la profecía no se ha cumplido. Los actuales métodos conocidos para producir hidrógeno libre son caros y contaminantes.

El presidente Bush proclama que la nueva piedra filosofal es la bioenergía procedente de la caña de azúcar y del maíz. Por el momento lo que ha conseguido es que se disparen los precios y que en algunos países como Méjico se multipliquen las manifestaciones por la escasez del maíz, que los especuladores han atesorado para hacer pingües negocios. La nueva producción es una amenaza contra los pobres y el medio ambiente. Miles de hectáreas de selva corren el peligro de ser deforestadas. Miles de hectáreas de tierras cultivables pueden ser apartadas del consumo humano en las antiguas colonias, para ser destinadas a la producción y el consumo que demandan los mercados. Bush, el representante de las petroleras no busca alternativas, sino disminuir la dependencia norteamericana de Venezuela y Oriente Medio. Pero ni así es suficiente, harían falta varios planetas como el nuestro para proporcionar toda la energía necesaria. Además la bioenergía, tampoco es un combustible limpio y su combustión expulsa grandes cantidades de gases que favorecen el efecto invernadero.

Las energías limpias y renovables, como la eólica o la solar, por lo menos en el actual nivel de conocimientos de la ciencia y la técnica, son totalmente insuficientes para satisfacer la demanda. Pero además presentan un problema político. El capitalismo necesita el control y la centralización de las energías para impedir su democratización. Las multinacionales y sus gobiernos invierten miles de millones de euros en la investigación de “sus” energías (nucleares, petróleo, carbón…), pero apenas en las fuentes alternativas. Una energía renovable, barata y fácilmente obtenible, no sólo acabaría con uno de los negocios más fabulosos y rentables que existen, sino que tendría consecuencias imprevisibles. Ni las multinacionales, ni los gobiernos, están dispuestos a invertir en la investigación de estas fuentes energéticas, mientras no exista la seguridad de que seguirán controlando su producción, uso y disfrute.

La irracionalidad capitalista no es la solución, sino la causa de nuestros males. Es una estupidez pedir el remedio a lo que agrava la enfermedad. El capitalismo con rostro humano (y el “desarrollo sostenible”), es una amenaza mortal, un espejismo que nos conduce hacia las arenas movedizas. Pero la alternativa no es, no puede ser, más de lo mismo, de forma corregida y aumentada. El socialismo sólo tiene razón de ser en tanto en cuanto responde a los males que fomenta el capitalismo. Desde esta perspectiva su objetivo no es más de todo para todos, sino cambiar la cantidad por la calidad. Serge Latouche nos lo explica de forma casi poética:

“… sería necesaria una tecnología, que fuera también otra, y por ejemplo, apropiada para salir del tecnicismo de la sociedad tecnológica. Haría falta otra economía, evidentemente, con otra racionalidad más razonable que racional. Sería necesario otro saber, otra visión de la ciencia que nuestra tecnociencia promoteica, ciega y sin alma. Haría falta, sin duda, otra concepción del progreso, otra concepción de la vida (Y en ese mismo caso, de la muerte), otra concepción de la riqueza (y también de la pobreza…). Todo esto supondría probablemente otra concepción del tiempo, que no fuera tan lineal, acumulativo, continuo, etc. Y, por qué no, otra concepción del espacio, otras relaciones entre las generaciones, entre los sexos, (y yo añado, entre las especies), etc. Se trata pues, finalmente, de una alternativa al desarrollo realmente existente, mucho más que otro desarrollo, otro desarrollo sencillamente concebido y corregido”.

Está todo dicho.

III Parte

LA HUMANIDAD EN LA ENCRUCIJADA

“Entre quienes vienen a este mundo a hacer negocios, y quienes vienen a vivir, no hay reconciliación posible”.

El capitalismo ha llevado a la humanidad a una encrucijada, la de tener que escoger entre la barbarie, que no es otra cosa que llevar al sistema hasta sus últimas consecuencias, o la de encontrar una alternativa que lo supere definitivamente. Rosa Luxemburgo lo sintetizó admirablemente en una sola frase: “Socialismo o barbarie”. Pero la degeneración de la primera revolución socialista triunfante de la historia, fruto del aislamiento y del atraso en el que se encontraba la Rusia postrevolucionaria, y el surgimiento del estalinismo y de los estados burocráticos ensució y deformó la idea del socialismo hasta hacerla aborrecible.

La revolución europea, como paso previo a la construcción del socialismo nivel mundial fracasó. En su lugar se dio el surgimiento del fascismo y dos terroríficas guerras que produjeron decenas de millones de muertos y la destrucción masiva de fuerzas productivas que el capitalismo necesitaba para recuperarse de su parálisis. Ya en los años cincuenta, el crecimiento capitalista sepultó en Europa la idea revolucionaria, crecimiento que permitió a la burguesía imperial comprar a los trabajadores en USA, Europa y Japón. Durante décadas, en estos países el capitalismo ha sido equiparado a bienestar y desarrollo del nivel de vida. El ideal era un coche último modelo, electrodomésticos y una segunda vivienda que les permitiera integrarse en la sociedad de consumo y ascender en su estatus social. Había que imitar el estilo de vida de la burguesía. Frente al mito del capitalismo con rostro humano en todo su esplendor  la vieja bandera del socialismo parecía haber perdido definitivamente su atractivo.

La desaparición de la URSS y los viejos estados burocráticos, la restauración de un capitalismo mafioso en todos ellos y en China, y los crecientes síntomas de senilidad del sistema, vuelven a poner sobre la mesa la idea de que éste debe y tiene que ser superado. So pena de que su supervivencia arrastre a la humanidad y al planeta entero a una espantosa barbarie.

Resulta cómico ver a numerosos alternativos empantanados en ponerle un nombre a la cosa, que no suene a socialismo (democracia participativa, eudemonismo, parecon). Otros prefieren abrazar la causa de una democracia idealizada y sin calificativos, en la que la voluntad popular prevalecería por encima de los intereses del gran capital. El problema es como ponerle el cascabel al gato, sin que suene a demasiado revolucionario. Como llegar a esa situación en la que por arte de magia el viejo sistema se superado, para llegar a un no sé qué, que a menudo recuerda al capitalismo pero con una nueva máscara “humanizada”. El retroceso de la conciencia que se ha dado en los últimos años parece que ha llevado a muchos “alternativos” a una regresión a épocas premarxistas. Parece como si no hubiéramos aprendido nada.

“Hoy en día, nos resulta más fácil imaginar el total deterioro de la Tierra y de la naturaleza que el derrumbe del capitalismo; puede que esto se deba a alguna debilidad de nuestra imaginación”.

Las primeras experiencias en la construcción del socialismo fracasaron, pero esto no lo convierte en una “utopía” como dicen sus adversarios. La superación del capitalismo es una necesidad histórica que no puede seguir postergándose indefinidamente. Cuanto más tardemos en construirla y desarrollarla, cuanto más tarde el capitalismo en ser relegado a los museos de historia, más empobreceremos el planeta y más sufrimiento ocasionará. Repensar el socialismo no quiere decir darle otro nombre, para dar la impresión de que estamos hablando de otra cosa. Tenemos que defender la idea sin contemplaciones. Miles y miles de revolucionarios defendieron y pagaron con su vida la defensa del ideal socialista, frente a la degeneración estalinista y burocrática. Pero repensar el socialismo también implica reflexionar en los errores y las ingenuidades que se cometieron en el pasado. Pensar qué circunstancias nos llevaron a tal aberración.

Alguien dijo que si en los países del este europeo hubiera existido el socialismo, el muro de Berlín habrían tenido que ponerlo los capitalistas. Sin duda el tema es más complejo. Pero esa idea apunta a algo muy interesante: la de que el socialismo tiene mucho más que ofrecer en términos de felicidad y bienestar humano (en el que se incluye un mayor respeto al medio ambiente y a los seres vivos que nos acompañan) que el capitalismo y su sociedad de consumo.

SOCIALISMO ES…

Marx y Engels nunca dieron una definición acabada de socialismo. Porque no era un producto mental, como sí lo había sido para los socialistas utópicos, sino la respuesta a los retos del capitalismo. Ellos analizaron el capitalismo de su época e hicieron un esbozo de la alternativa. Lamentablemente la idea de la inminencia del socialismo demostró ser falsa. Ha pasado un siglo y medio y el capitalismo con sus altos y bajos, ha sobrevivido y añadido nuevas páginas de dolor y barbarie. Evolucionó hacia la fase imperialista, y en la actualidad podemos hablar de una nueva fase senil, caracterizada por una naturaleza cada vez más mafiosa. Tal como hemos reflejado con anterioridad, el actual sistema, en el que prevalece sobre todas las cosas los intereses de reproducción infinita del gran capital, constituye cada vez más una mortal amenaza para la existencia de la humanidad, e incluso de la vida misma en la Tierra.

Con frecuencia se ha acusado a Marx y Engels de menospreciar la cuestión ecológica y de tener una visión desarrollista del socialismo. La acusación además de ser injusta, es absurda. Los dos revolucionarios vivieron a mediados del siglo XIX, y por consiguiente sus análisis estaban sujetos a la realidad de aquel momento. En sus escritos denunciaron la depredación que el capitalismo llevaba a cabo sobre la naturaleza.

“… todo progreso de la agricultura capitalista no es sólo un progreso en el arte de esquilmar al obrero, sino también en el arte de esquilmar la tierra”. Supieron analizar como nadie lo había hecho la naturaleza del capitalismo y sus perspectivas, pero no eran profetas. Estaban convencidos de el socialismo acabaría la explotación del hombre por el hombre y pondría remedio a los males que ocasionaba el capitalismo, pero entre ellos no estaba todavía un crecimiento económico que hubiera rebasado la capacidad del planeta y que supusiera una amenaza para la vida en la Tierra.

“Considerada desde el punto de vista de una formación socioeconómica superior (el socialismo), la propiedad privada de la tierra en manos de determinados individuos parecerá tan monstruoso como la propiedad privada de un hombre sobre sus semejantes. Ni la sociedad en su conjunto, ni la nación, ni todas las sociedades que coexistan en un momento dado son propietarias de la tierra. Son simplemente sus poseedoras, sus usufructuarias, llamadas a usarla como boni patres familias (buenos padres de familia) y a transmitirla mejorada a las futuras generaciones”.

El socialismo que hoy queremos construir tiene que responder a los retos de nuestro tiempo. El nuevo sistema tiene que subvertir los valores impuestos por el capitalismo. El mito del crecimiento, como muchos otros, debe ser cuestionado seriamente, porque, a diferencia de lo que ocurría en época de Marx y Engels, en la actualidad la humanidad ha cruzado ya el umbral de la sostenibilidad.

“…el espacio bioproductivo consumido per cápita de la humanidad era de 1,8 hectáreas. Un ciudadano de Estados Unidos consume, de media, 9,6 hectáreas; un canadiense, 7,2; un europeo medio, 4,5. Estamos, pues, lejos de la igualdad planetaria y, más aún, de un modo de civilización sostenible necesario, limitado a 1,4 hectáreas, admitiendo que la población permaneciera estable”.

El planeta no puede soportar indefinidamente el consumo de recursos al que está sometido. El socialismo tiene que responder a éste y a otros muchos retos a los que nos enfrentamos, pero la respuesta tiene que estar al servicio de la inmensa mayoría de los seres humanos y no de una pequeña y codiciosa minoría. Frente al crecimiento desaforado capitalista la única alternativa posible es el decrecimiento económico, una nueva forma de desarrollo que sustituya la cantidad (el consumismo que agota los recursos naturales) por la calidad (una economía al servicio de la sociedad y no al revés). Esto no significa que defendamos la socialización de la miseria, sino que comprendemos que la forma de vida en los países imperialistas tiene que sufrir una drástica modificación hacia formas de vida más auténticas y acordes con el ser humano. El decrecimiento en los países imperialistas tiene que complementarse con un desarrollo de las fuerzas productivas, respetuoso con el medio ambiente, al servicio de la mayoría en los antiguos países coloniales. Defender el decrecimiento es en realidad plantear otro tipo de desarrollo, mejorar la belleza y la habitabilidad de nuestras ciudades, recuperar los paisajes, la pureza del agua y la belleza de nuestros ríos y mares, volver a respirar aire sin contaminar, recuperar el sabor de nuestros alimentos, acabar con el ruido de nuestras poblaciones, incrementar los espacios verdes, preservar y recuperar la fauna y la flora. En pocas palabras, recuperar una auténtica calidad de vida para el ser humano.

El capitalismo es el mundo de lo efímero, del usar y tirar, de la moda, donde se fabrican millones de artefactos de duración limitada (después se convierten en residuos que en la mayoría de los casos no se reciclan) y que tarde o temprano tienen que ser reemplazados. El socialismo tendrá que responder a este demencial derroche, fabricando otros de larga duración (a los que, en cualquier caso, se les puedan añadir las mejoras que aparezcan posteriormente).

SOCIALISMO NO ES…

La idea del decrecimiento en el seno del capitalismo es una utopía reaccionaria que plantea que es posible domesticar a la fiera. El decrecimiento capitalista, es decir la destrucción de fuerzas productivas, nos llevaría a la recesión y el colapso. Este fenómeno no sería ninguna novedad. El capitalismo a lo largo de su historia ya ha sufrido brutales recesiones. En los años veinte del siglo pasado sufrió una crisis sin precedentes, como consecuencia del estancamiento de las fuerzas productivas. Millones de trabajadores fueron expulsados del mercado laboral y la calidad de vida y el poder adquisitivo de los salarios se desmoronó por completo en Europa y USA.

En la actualidad, para satisfacer las necesidades de reproducción infinita del capital ya no es suficiente con un crecimiento que agote los recursos del planeta. Desde hace décadas el crecimiento del PIB de los países imperialistas tiende de nuevo al estancamiento. Para escapar a la parálisis, la burguesía internacional se ha transformado en vendedora de humo. La actual fase se caracteriza por una especie de capitalismo de casino, donde la mayor parte de las inversiones son de carácter especulativo. Diariamente las plazas financieras invierten unos 1.300 millones de dólares, es decir, 30 veces más que el PIB de todos los países industriales juntos. Esto quiere decir que el 95% de dicha suma sólo es capital ficticio que puede desaparecer en cualquier momento, víctima de un derrumbe bursátil, como acaba de ocurrir este mes de agosto.

La idea del decrecimiento sólo es válida bajo una óptica socialista, donde la destrucción controlada y racional de fuerzas productivas dé lugar, no a millones de parados, sino a una fuerte reducción de las horas de trabajo, para ser sustituidas por tiempo libre, ocio, educación y otras formas de relación y expresión de los seres humanos. Hoy la técnica permite que la jornada de trabajo pueda reducirse a unas pocas horas. J. M. Keynes defendía que con tres horas era suficiente. Sin embargo en más de un siglo y a pesar de los avances tecnológicos, la jornada de trabajo apenas ha variado en el mundo.

La humanidad produce hoy por encima de sus necesidades (incluso cuando están sobredimensionadas por la sociedad de consumo), por lo tanto la expoliación de los recursos naturales puede reducirse sin provocar graves problemas, permitiendo la recuperación de los renovables (organismos vivos) y reduciendo al máximo los no regenerables (minerales) gracias al reciclaje de los residuos. Aspirar a más bienes (como exige la sociedad de consumo) va acompañada de una pérdida significativa de tiempo libre (horas extras, estrés…) y de relaciones (soledad, pérdida de vínculos sociales…).

“Una sociedad ecológicamente sostenible sólo será estable si se dota de una moralidad dominante de frugalidad y suficiencia, si estos valores y las prioridades que implican se aceptan como los mejores”.

Frecuentemente la izquierda revolucionaria o alternativa (no hablemos de la llamada “izquierda” capitalista que abraza sin complejos la filosofía del capitalismo salvaje) arrastra posiciones que no tienen nada que ver con la realidad. Muchos todavía creen que socialismo es más de todo para todos. Contra toda evidencia, la alternativa sería una especie de consumismo “socialista”, en la que el fin del reinado de la necesidad habría dado paso a una nueva sociedad de la abundancia sin límites. Mientras los embaucadores “neoliberales” defienden que el crecimiento es el remedio de todos los males, éstos defienden que lo que hace falta es otra clase de “crecimiento”. En el fondo no es más que el viejo pensamiento mágico del capitalismo, con nuevos ropajes.

La planificación socialista de la economía ha de tener en cuenta los ciclos de renovabilidad de los seres vivos, y con que recursos contamos en este planeta finito. El capitalismo aplica la máxima de “pan para hoy y hambre para mañana” porque está preso de sus propias contradicciones, generadas por la necesidad de crecimiento ilimitado de la plusvalía. El capitalismo es capaz de destruir la selva amazónica, porque necesita más y más beneficios. Una vez haya acabado con dicho recurso ya buscará otros para depredar. Invertir para regenerar los bosques es demasiado costoso para los empresarios e inversores. Después… dios proveerá.

Nos enfrentamos a un problema que se escapa a todo tipo de control. A principios del siglo XXI, rebasamos los 6.000 millones de seres humanos, en 2050 habremos llegado a los 8.000 millones. Un planeta con capacidad finita como el nuestro no puede mantener esta población sin quedar devastado, y menos todavía si el modelo de vida a imitar es la sociedad de consumo. Los resultados ya hemos empezado a verlos, el proceso de destrucción del medio ambiente, se acentúa con la explosión demográfica. El capitalismo no puede ni quiere planificar un decrecimiento demográfico, simplemente la población que no interesa para la explotación y el consumo, es expulsada del mercado y condenada a vivir en la miseria más absoluta, o a morir víctima de las hambrunas y enfermedades. Y si acaba convirtiéndose en una molestia, para eso están las guerras de exterminio, gracias a la sofisticada tecnología armamentística con la que cuenta. Sólo una planificación socialista puede llevar a cabo un decrecimiento de la población mundial, que no comporte violencia y exterminio. En muchas sociedades coloniales o semicoloniales, el número de hijos de una familia equivale a la seguridad social y al sistema de pensiones de los países imperialistas. Una sociedad que proteja a sus miembros y les asegure una vida digna y segura es el mejor mecanismo de control demográfico con que podemos contar. El mejor ejemplo es la evolución que ha tenido en Europa, USA y Japón, donde desde hace más de medio siglo el crecimiento de la población se ha ido acercando al cero, o incluso ha iniciado un proceso de declive.

SOCIALISMO Y DEMOCRACIA PARTICIPATIVA

La ciencia y la técnica son las herramientas más preciadas de la humanidad, nosotros las hicimos a ellas y ellas nos hicieron a nosotros. Pero no son un fetiche mágico que nos salvará de nuestros excesos. El socialismo permite la gestión científica (una ciencia y una técnica al servicio de la mayoría y libre de la presión capitalista) y democrática (controlada y protagonizada por los trabajadores y las clases populares).

“No es posible construir una sociedad ecológica sin poner radicalmente en cuestión las estructuras de poder y de propiedad. Ni es posible sin introducir radicales medidas de limitación en el consumo de energía y de materiales”.

Marx y Engels defendieron que los oprimidos no tenían que apoderarse de la máquina del Estado, sino demolerlo para sustituirlo por sus propios organismos democráticos. El Estado y las instituciones capitalistas, incluso en la llamada la democracia representativa, están al servicio de las clases poderosas. Los “representantes” ponen su “representatividad” al servicio del mejor postor. En la democracia representativa sólo tenemos el derecho a elegir al que será el dictador durante los próximos años. Una vez elegidos tienen a su disposición la información y el poder, “legitimado” por los votos, que les permite decidir lo que se va a hacer en los próximos años. El socialismo no se implantará sin resistencia, ni la nueva forma de vida se impondrá sin obstáculos por parte de los poderosos y de los que prefieren seguir viviendo de la forma actual. Los cambios tendrán que ser impuestos o nunca se podrán llevar a cabo. Pero la imposición no vendrá de fuera de la sociedad, sino mediante mecanismos (consejos de trabajadores y consumidores) en los que participará la inmensa mayoría de la sociedad.

“La revolución, sin embargo, es primordialmente el despertar de la personalidad humana en el seno de las masas, en esas masas que supuestamente no poseían ninguna personalidad. Pese a la crueldad ocasional y a la sanguinaria inexorabilidad de sus métodos, la revolución se caracteriza, inicialmente y, por sobre todo, por un creciente respeto a la dignidad del individuo y por un interés cada vez mayor por los débiles”.

Acabar con el capitalismo implica también abandonar la alienante división del trabajo actual, las viejas formas en las que una minoría controla y dirige la producción, frente a una mayoría precaria y reemplazable. El socialismo tiene que acabar con todas las lacras del pasado que propician la aparición de las clases sociales. Acabar no sólo con la división entre opresores y oprimidos, sino también con la de gestores y gestionados. El control de la ciencia y la técnica por unos pocos, es el caldo de cultivo para futuras divisiones que a la larga pueden transformarse en clases sociales, y por consiguiente en el resurgimiento de nuevas fórmulas de explotación del hombre por el hombre.

Esto abre viejos debates que nunca terminaron de resolverse: el socialismo ¿conlleva una planificación centralizada, o por el contrario exige una dispersión del control de la economía?, ¿centralización o autogestión? La discusión en realidad está viciada por los errores y degeneraciones del pasado. Muchos consideran la centralización política y económica que llevaron a cabo los bolcheviques como la madre de todos los males. Por supuesto, los revolucionarios rusos eran humanos, cometieron muchos errores e ingenuidades, como no podía ser de otro modo, ya que era la primera experiencia triunfante que se llevaba a cabo, pero es que además, tenemos que tener en cuenta que no desarrollaban sus esfuerzos en el terreno ideal que ellos hubieran querido, sino en el mundo real, en un país atrasado y destrozado por dos guerras, donde la inmensa mayoría de la población eran campesinos analfabetos, donde apenas habían técnicos e intelectuales que pudieran desarrollar las tareas de dirección, gestión y administración, pero con el agravante de que la inmensa mayoría de ellos se incorporaron al proceso por oportunismo, o porque no tenían más remedio. En estas circunstancias no puede sorprender a nadie las aparentes contradicciones de los revolucionarios: el fordismo en los procesos de producción, la centralización extrema de la política y la economía y el rápido deterioro de la democracia de los soviets, la aparición de una casta de gestores y administradores, es decir, de burócratas que acabaron acaparando el nuevo poder. Lenin nunca dijo que el primer estado obrero de la historia fuera socialista, él hablaba de capitalismo sin burguesía. La primera condición que la Rusia revolucionaria tenía que superar, si quería sobrevivir, era la miseria. El desarrollismo, es decir, bolchevismo más electricidad, era una política a la que los bolcheviques estaban obligados a recurrir.

Aprendiendo del pasado, lo primero que tenemos que tener en cuenta es que socialismo implica democratización del conocimiento. La ciencia y la técnica al alcance de todos. El socialismo exige una condición básica, una cultura al servicio de todos. En una situación en la que hay una minoría que tiene el conocimiento, y una mayoría que está excluida del mismo, tarde o temprano las diferencias de castas y luego de clases sociales no tardan en resurgir. Hay que terminar de una vez por todas con la especialización del trabajo y del pensamiento que promueve el capitalismo, liquidar el corporativismo en los centros de producción, crear estructuras que permitan que todos los trabajadores de una fábrica puedan ocupar cualquier puesto. La planificación democrática en los centros de trabajo exige que todos estén en las mismas condiciones para opinar sobre todo. Algunos dirán, esto es la autogestión. Por supuesto que sí, lo que ocurre es que la planificación socialista exige también un cierto grado de centralización de la economía, sino fuera así, no podríamos hablar de planificación, y menos “socialista”.

Veamos un ejemplo que nos puede ayudar a comprenderlo: las colectivizaciones en la Catalunya revolucionaria de 1936. La autogestión espontánea que se produjo, a raíz del vacío de poder que se dio en los primeros meses de la guerra y la revolución española, llevó a una especie de capitalismo popular en la que los salarios entre unas fábricas colectivizadas y otras, habían empezado a diferenciarse. Esto llevó a los revolucionarios anarcosindicalistas a tener que tomar cartas sobre el asunto y empezar a buscar formas de planificación que evitarán recaer en los vicios de la vieja sociedad capitalista.

La autogestión y la planificación están condenadas a entenderse. La construcción de una carretera, el fomento de energías no renovables, o la lucha por combinar la preservación del medio ambiente con una producción que satisfaga las necesidades básicas de la población, exige un grado de planificación centralizada. En cualquier caso tendremos que buscar los mecanismos para que esto no suponga el monopolio del conocimiento en manos de unos pocos planificadores, porque entonces estaríamos en las mismas.

SEMBRAR SEMILLAS DE FUTURO.

Los cínicos y los que niegan la realidad insisten en que nuestra sociedad no está dispuesta a abandonar sus viejos hábitos y que si la ciencia y la técnica (el pensamiento mágico) no encuentran la solución, estamos condenados a la catástrofe. Pero las cosas no son así. El capitalismo mafioso y senil genera cada vez más insatisfacción y malestar. Cuando el desempleo no crece en las sociedades imperialistas, crece la precariedad. El poder adquisitivo de los salarios se reduce, y los empresarios se aprovechan descaradamente de la desesperación de los miles y miles de inmigrantes que llegan para encontrar trabajo, para hacerlos competir con los trabajadores autóctonos. En Alemania, con más de 38 millones de trabajadores activos, existen 5 millones que cobran salarios de 400 euros mensuales. El malestar es desviado hacia el racismo y la xenofobia que dividen a los trabajadores y son inofensivos para los culpables. El estado del bienestar hace años que ha entrado en una recesión que tiende a reducirlo a su mínima expresión. Millones de jóvenes y no tan jóvenes tienen cada vez más problemas para mantenerse en la noria capitalista.

La cuestión es hasta cuando el capitalismo podrá seguir controlando la conciencia de la juventud y los trabajadores en los países imperialistas. Hay síntomas de su capacidad es limitada y que ha empezado a reducirse, pero no parece que su fin esté próximo. Esto más que una desgracia, puede ser una ventaja, porque nos da un tiempo precioso para sembrar la semilla que tarde o temprano fructificará. Hay que repensar la idea del socialismo, enriquecerla y profundizarla, para que poco a poco impregne en la conciencia de los trabajadores y de los movimientos alternativos.

“Sólo puede moverse a los seres humanos a cambiar sus acciones si tienen esperanza. Y sólo pueden tener esperanza si tienen visión; y sólo pueden tener visión si se les muestran alternativas”

 

Capitalismo, Imperialismo, Mundialización

Samir Amin.

Samir Amin es Director del Forum du Tiers Monde (Dakar-Senegal) y presidente del Forum Mondial des Alternatives.

Restablecida la lógica unilateral del capital, ésta se expresa en políticas que presentan las mismas características en todos lados: reducción del gasto público social, restablecimiento sistemático de la desocupación, desregulaciones, privatizaciones, etc. El discurso dominante impuso, desde hace veinte años, el uso del término mundialización (a veces escrito en “franglés”, “globalisation”) para designar, de manera general, los fenómenos de interdependencia a escala mundial de las sociedades contemporáneas. El término nunca es relacionado con las lógicas de expansión del capitalismo, y menos aún con las dimensiones imperialistas de su despliegue.

Esta falta de precisión deja entender que se trata de una fatalidad, que es independiente de la naturaleza de los sistemas sociales -la mundialización se impondría a todos los países de la misma forma, sea cual sea su opción de principio, capitalista o socialista-, y que actúa entonces como una ley de la naturaleza producida por el estrechamiento del espacio planetario.

Me propongo demostrar que este tipo de discurso es un discurso ideológico destinado a legitimar las estrategias del capital imperialista dominante en la actual fase. Por lo tanto, los límites objetivos de la mundialización pueden ser reconsiderados a la luz de políticas diferentes a las que hoy son presentadas como las únicas posibles y cuyos contenidos y efectos sociales también serían diferentes. La forma de la mundialización depende entonces, en definitiva, de la lucha de clases.

1. La mundialización no es un fenómeno nuevo, y la interacción de las sociedades es sin duda tan antigua como la historia de la humanidad (Arrighi, 1994; Bairoch, 1994; Braudel, 1979; Gunder Frank, 1978; Szentes, 1985; Wallerstein, 1989). Desde hace por lo menos dos milenios las “rutas de la seda” vehiculizaron no solamente las mercaderías sino que también permitieron las transferencias de conocimientos científicos y técnicos, y de las creencias religiosas que marcaron -por lo menos en parte- la evolución de todas las regiones del mundo antiguo, asiático, africano y europeo. Las formas de estas interacciones y sus impactos eran sin embargo diferentes a las de los tiempos modernos -los del capitalismo.

La mundialización no es separable de la lógica de los sistemas que vehiculizan su despliegue. Los sistemas sociales anteriores al capitalismo, que califiqué en su momento de tributarios, estaban fundados en lógicas de sumisión de la vida económica a los imperativos de la reproducción del orden político-ideológico, en oposición a la lógica del capitalismo que invirtió los términos (en los sistemas antiguos el poder es la fuente de riqueza, en el capitalismo la riqueza funda el poder, escribí en relación a esto). Este contraste entre los sistemas sociales antiguos y modernos establece una diferencia mayor entre los mecanismos y los efectos de la mundialización en la antigüedad y aquellos propios del capitalismo.

La mundialización de los tiempos antiguos ofrecía “oportunidades” a las regiones más atrasadas para que éstas pudieran acercarse a los niveles de desarrollo de las más avanzadas (Amin, 1996). Estas posibilidades fueron o no aprovechadas según los casos. Pero esto dependía exclusivamente de determinaciones internas propias de las sociedades en cuestión, sobre todo en cuanto a las reacciones de sus sistemas políticos, ideológicos y culturales a los desafíos que representaban las regiones más avanzadas. El ejemplo más ilustrativo del notable éxito de este orden es provisto por la historia europea, región periférica y atrasada hasta bien entrada la Edad Media en comparación con los centros del sistema tributario (China, India y el mundo islámico). Europa recuperó su atraso en un período breve -entre 1200 y 1500- para afirmarse, a partir del Renacimiento, como un centro de nuevo tipo, potencialmente más poderoso y portador de nuevas y decisivas evoluciones respecto a todos sus

predecesores. Atribuí esta ventaja a la mayor flexibilidad del sistema feudal europeo, precisamente, porque era una forma periférica del mundo tributario.

2. En contraste, la mundialización de los tiempos modernos asociada al capitalismo es por naturaleza polarizante (Amin, 1997). Con esto quiero decir que la propia lógica de la expansión mundial del capitalismo produce una desigualdad creciente entre quienes participan del sistema. Es decir, que esta forma de mundialización no ofrece una posibilidad de rattrapage que será aprovechada o no según las condiciones internas propias de los países en cuestión. El rattrapage de los atrasos requiere siempre la implementación de políticas voluntaristas que entran en conflicto con las lógicas unilaterales de la expansión capitalista; políticas que, en función de esto, deben ser calificadas de “políticas antisistémicas de desconexión”.

Este último término que he propuesto no es sinónimo de autarquía o un absurdo intento de “salir de la historia”. Desconectar significa someter los vínculos con el exterior a las prioridades del desarrollo interno. Por lo tanto, este concepto es antagónico al que es preconizado y que llama a “ajustarse” a las tendencias mundialmente dominantes, ya que este ajuste unilateral se traduce para los más débiles en una acentuación de su “periferización”. Desconectar significa transformarse en un agente activo que contribuye a moldear la mundialización, obligando a ésta a ajustarse a las exigencias del desarrollo propio.

La demostración de esta tesis reposa en la distinción que propongo realizar entre el mecanismo general a través del cual se expresa la dominación de la ley del valor, propia del capitalismo, y la forma mundializada de esta ley. En el capitalismo lo económico se emancipa de la sumisión a lo político y se transforma en la instancia directamente dominante que comanda la reproducción y la evolución de la sociedad. De esta forma, la lógica de la mundialización capitalista es, ante todo, la del despliegue de esta dimensión económica a escala mundial y la sumisión de las instancias políticas e ideológicas a sus exigencias.

Por lo tanto, la ley del valor mundializada que comanda este proceso no puede ser reducida a la ley del valor que opera a nivel mundial tal como ella opera en el plano abstracto del concepto de modo de producción capitalista. La ley del valor, analizada a ese nivel, supone la integración de los mercados a escala mundial solamente en las dos primeras de sus dimensiones: los mercados de productos y de capital tienden a ser mundializados, mientras que los mercados de trabajo permanecen segmentados. En este contraste se expresa la articulación, característica del mundo moderno, entre por un lado una economía cada vez más mundializada, y por el otro la permanencia de las sociedades políticas (Estados independientes o no) diferenciadas. Este contraste por sí mismo genera la polarización mundial: la segmentación de los mercados de trabajo produce necesariamente el agravamiento de las desigualdades en la economía mundial. La mundialización capitalista es polarizante por

naturaleza.

3. La polarización que caracteriza a la mundialización capitalista revistió formas asociadas a las características principales de las fases de la expansión capitalista, que se expresan en formas apropiadas de la ley del valor mundializada. Estas son producidas, por un lado, por la articulación de las leyes del mercado trunco (como consecuencia de la segmentación del mercado de trabajo) y, por el otro, por las políticas de Estado dominantes, que se asignan el objetivo de organizar este mercado trunco en sus formas apropiadas. Separar lo político de lo económico no tiene aquí ningún sentido; no hay capitalismo sin Estados capitalistas, salvo en la imaginación de los ideólogos de la economía burguesa. Estas formas políticas apropiadas articulan los modos de dominación social internos propios a las sociedades del sistema y sus modos de inserción en el sistema mundial, ya sea como formaciones dominantes (centrales) o dominadas (periféricas).

En la fase mercantilista (1500-1800) que precede a la revolución industrial -y que por esta razón podemos considerar como una transición del feudalismo al capitalismo acabado- encontramos la conjunción entre formas políticas apropiadas -la monarquía absolutista del Antiguo Régimen, fundada sobre el compromiso social feudalidad/burguesía mercantil- y las políticas de implementación de las primeras formas de polarización: la protección militar y naval de los monopolios del gran comercio, la conquista de las Américas y su modelado como periferias del sistema de la época (que se “especializa” en producciones particulares útiles a la acumulación del capital mercantil), y la trata de negros que se encuentra asociada a ésta (Braudel, 1979; Gunder Frank, 1978; Wallerstein, 1989).

De la Revolución Industrial a los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial (1800-1950) se extiende una segunda fase de la mundialización capitalista fundada en el contraste entre centros industrializados/periferias a las que se les niega la posibilidad de la industrialización (Arrighi, 1994; Bairoch, 1994). Este contraste, que define una nueva forma de la ley del valor mundializada, no es un producto natural de las “ventajas comparativas” invocadas por la economía burguesa. Este contraste toma forma a través de la implementación de medios que revisten tanto dimensiones económicas (el “libre cambio” impuesto a los partenaires de la nueva periferia en formación) como políticas (las alianzas con las clases dominantes tradicionales de la nueva periferia, su inserción en el sistema mundial, la intervención de las cañoneras y, por último, la conquista colonial).

Estas formas de la mundialización se articulan en base a sistemas políticos propios de los centros industriales, nacidos ya sea de las revoluciones burguesas (Inglaterra, Francia, Estados Unidos), o de unificaciones nacionales que substituyen a éstas en la constitución de los mercados nacionales (Alemania, Italia), o, por último, de modernizaciones “despóticas iluminadas” (Rusia, Austria-Hungría, Japón). La variedad de las alianzas sociales hegemónicas propias de estas formas no debe hacernos olvidar su denominador común: todas estas formas apuntan a aislar a la clase obrera. Determinan igualmente las formas y los límites de la democracia burguesa de la época.

Este complejo sistema conoce una marcada evolución, entre otras cosas, por el paso a la dominación de los monopolios en la economía industrial y financiera de los centros -a partir de finales del siglo XIX- y, desde 1917, por la desconexión de la URSS. La mundialización se caracteriza entonces por la acentuación de los conflictos inter-centros (inter-imperialistas) y por la aceleración de la colonización de las periferias, una de las cuestiones más importantes de esta competencia agravada (Amin, 1993; Bellamy Foster, 1986). En conjunción con esta evolución se dibujan nuevas formas políticas que asocian al sistema -al menos parcialmente- a los representantes políticos de la clase obrera de los centros, aunque estos sistemas de “social-imperialismo” sólo son embrionarios en aquella época. Hasta el New Deal Norteamericano y el Frente Popular francés -a finales de los años 1930-, los bloques hegemónicos siempre habían sido anti-obreros.

La Segunda Guerra Mundial modificó las condiciones que guiaban la expansión capitalista polarizante de este siglo y medio de historia moderna. La derrota del fascismo modificaba profundamente las relaciones sociales de fuerza a favor de las clases obreras, que adquirieron en los centros posiciones que nunca habían conocido con anterioridad en el capitalismo; a favor de los pueblos de las periferias, cuyos movimientos de liberación reconquistaron la independencia política de sus naciones; a favor del modelo soviético del socialismo realmente existente, que aparecía como la forma más eficaz del proyecto de desconexión y de rattrapage. Al mismo tiempo, la consolidación de la predominancia norteamericana sobre todos los otros centros capitalistas modificaba las condiciones de la competencia inter-imperialista.

En otras oportunidades propuse una lectura del medio siglo de posguerra (1945- 1990) fundada en la articulación entre los sistemas político-sociales de los tres conjuntos que constituyen el mundo por un lado, y de las formas de la mundialización que la acompañan por el otro (Amin, 1993).

A nivel de la organización interna de las sociedades en cuestión, encontramos pues: (i) el gran compromiso social capital-trabajo que caracteriza a los antiguos centros (el Estado de Bienestar, las políticas keynesianas, etc.); (ii) los modelos nacionalistas populistas modernizadores del Tercer Mundo; (iii) el modelo soviético de socialismo (prefiero hablar de “capitalismo sin capitalistas”). La mundialización que caracteriza a esta tercera gran fase de la historia moderna es negociada (por los Estados), encuadrada y controlada por los compromisos que estas negociaciones garantizan. Sus condiciones no son dictadas unilateralmente por el capital de los centros dominantes, como en las fases precedentes. Esta es la razón por la cual esta fase está dominada por el discurso del “desarrollo” (es decir, el del rattrapage) y por prácticas de desconexión anti-sistémicas que están en conflicto con las lógicas unilaterales de despliegue del capitalismo.

Esta fase se encuentra hoy terminada con la erosión y el posterior hundimiento de los tres modelos societarios que la fundaban (el debilitamiento del Estado de Bienestar en Occidente, la desaparición de los sistemas soviéticos, la recompradorisation de las periferias del Sur) y la recomposición de relaciones de fuerza favorables al capital dominante. Más adelante volveré sobre la cuestión de las alternativas a la mundialización, y sobre los conflictos que resultan de éstas. En este análisis, el énfasis puesto en la polarización inmanente a la expansión mundial del capitalismo es esencial. Este carácter permanente de la mundialización capitalista es simplemente negado por la ideología burguesa dominante, que persiste en afirmar que la mundialización ofrece una “oportunidad” que las sociedades pueden aprovechar o no, según razones que les son propias. Pero lo que según mi punto de vista resulta más grave, es que el pensamiento socialista (incluido el del marxismo histórico)

compartió, al menos en parte, la ilusión de rattrapage posible en el marco del capitalismo.

La teoría de la mundialización capitalista que propongo, y de la cual esbocé las grandes líneas, hace de este concepto un sinónimo de imperialismo. El imperialismo no es pues un estadio -el estadio supremo- del capitalismo, sino que constituye su carácter permanente.

4. El discurso de la ideología dominante de las fases recientes del capitalismo, sometido a las exigencias de las relaciones de fuerza propias a estas fases sucesivas, formula un concepto de la mundialización que le es propio. El término “mundialización” es aquí un sustituto del concepto “imperialismo”, prohibido en esos discursos. De 1880 a 1945 este discurso es liberal, nacional e imperialista (en el sentido leninista del término). Liberal en la medida en que está fundado sobre el principio de la autorregulación de los mercados aún si, de hecho, las políticas de Estado encuadran su funcionamiento para ponerlos al servicio de la reproducción de las alianzas sociales dominantes (protegiendo la agricultura de los pequeños campesinos para asegurarse su apoyo electoral contra la clase obrera, por ejemplo). Nacional en la medida en que la reproducción del mercado nacional auto-centrado constituye el eje de las políticas de Estado, en sus dimensiones interna y externa.

Imperialista en la medida en que, en la época de los monopolios dominantes, estas políticas acusan la competición internacional que las transforma en conflictos violentos inter-Estados.

A menudo, el discurso dominante admite las dos primeras características, que legitima asociándolas al ejercicio de la democracia parlamentaria. Pero no ocurre lo mismo con el carácter imperialista, del que nunca se habla. Por otro lado, el propio término de “mundialización” es desconocido, o bien confundido de forma oprobiosa con el de “cosmopolitismo antipatriótico”. Por el contrario, lo que este discurso vehiculiza es un nacionalismo chauvinista que tiene por función lograr la adhesión de la mayoría, si no de la totalidad de los ciudadanos, al Estado de los monopolios. La mundialización de hecho que domina la escena es entonces aquella definida por la colonización y el desprecio por los pueblos no europeos. Pero de esto no se habla, o se menciona muy poco; se da por “sobreentendido”. El quiebre que se inaugura en 1917 a través de la proclamación de un objetivo societario socialista no es aceptado: sólo se trata de una aberración irracional y salvaje…

En el período de la posguerra el discurso dominante es otro; lo califico como social y nacional operando en el contexto de una mundialización controlada (Amin, 1993). Por social entiendo el hecho de que está fundado precisamente en compromisos sociales históricos que “integran” (o que se proponen integrar -y lo logran en gran medida) las clases obreras en el centro, las clases populares en el Este y en el Sur. Social no es sinónimo de socialista, aún si este calificativo ha sido empleado a diestra y siniestra al servicio de los proyectos societarios en cuestión. Nacional en el sentido de que los compromisos son definidos en el marco de los Estados políticos construidos por políticas sistemáticas de los poderes públicos nacionales.

El término de “mundialización” forma parte de este discurso, aún si el mismo está reservado exclusivamente al “mundo libre”, excluyendo a los países comunistas proclamados “totalitarios”. Esta mundialización es legitimada por consideraciones casi naturales próximas a las que se encuentran en el discurso contemporáneo: el “achicamiento” del planeta. Sin embargo, su dimensión imperialista es cuidadosamente desvinculada de la forma colonial anterior, que fue vencida por los movimientos de liberación de los pueblos de la periferia. El conflicto de los imperialismos es también silenciado, el alineamiento detrás de los Estados Unidos -que se transformó en una especie de super-imperialismo- es aceptado y aún publicitado en nombre de la defensa común contra el comunismo. Inclusive la propia construcción europea no cuestiona esta jerarquía mundial, aceptando articularse en torno a la OTAN.

El capitalismo mundializado de la posguerra es particular por dos razones. En primer lugar, porque funciona en base a relaciones sociales que otorgan al trabajo un lugar que no refiere a la lógica propia del capitalismo, sino que expresa un compromiso entre esta lógica y lógicas populares y nacionales antisistémicas. El crecimiento de los salarios que acompaña el de la productividad, el pleno empleo, la seguridad social, el rol preponderante del Estado en el proceso de industrialización, la redistribución del ingreso a través de los impuestos, sin contar las grandes reformas agrarias o las colectivizaciones, no responden a la lógica del máximo beneficio, que es la que comanda al modo de producción capitalista.

Estos fenómenos, por el contrario, expresan las ambiciones de proyectos societarios populares y nacionales. Este compromiso entre lógicas societarias conflictivas obliga al capital a ajustarse a las reivindicaciones de los trabajadores y de los pueblos. Es este límite el que permitió, paradójicamente, que este período histórico se caracterizara por un fuerte crecimiento, sin igual, a escala mundial. El modelo se sitúa pues en las antípodas del propuesto e impuesto hoy, que se funda en la lógica exclusiva del capital y en la pretensión de que corresponde a los trabajadores y a los pueblos realizar el esfuerzo para “ajustarse”, lo que a su vez confina a la economía al estancamiento. Como complemento de estos compromisos sociales, la mundialización que los acompaña es controlada por los Estados que son sus garantes. El período es pues un período de reducción de los efectos polarizadores de la lógica unilateral de la expansión del capitalismo, reducción traducida por los

Fuertes ritmos de industrialización de los países del Este y del Sur.

Los modelos societarios que habían logrado imponer los compromisos evocados alcanzaron sus límites históricos como resultado de su propio éxito. Habiéndose agotado sin haber creado las condiciones que permitieran a las fuerzas populares y democráticas avanzar aún más, los temas que fundaban su legitimidad (el Estado de Bienestar y el progreso material continuo, la construcción del socialismo, la afirmación de las naciones modernizadas del Tercer Mundo) aparecieron como ilusiones. En aquel momento estaban reunidas las condiciones para permitir una ofensiva masiva del capital, decidido a imponer su lógica unilateral. Luego del rechazo por parte de la OCDE del proyecto de “Nuevo Orden Económico Internacional”, propuesto por los países del Tercer Mundo en 1975 (un proyecto de rejuvenecimiento de la mundialización controlada que hubiera permitido la continuación del crecimiento general), la recompradorisation del Tercer Mundo recobra actualidad (Amin, 1989).

Esta se manifiesta en los programas llamados de “ajuste estructural”, programas que tienden al desmantelamiento de las conquistas del nacionalismo populista de las décadas anteriores. Después de que Thatcher y Reagan hayan proclamado su voluntad de desmantelar el Estado de Bienestar a partir de 1980, seguidos prontamente por los países de la OCDE , el neoliberalismo se transformará en la ideología dominante. Por último, el derrumbe de los sistemas soviéticos de Europa y de la URSS a finales de la década de 1980 permitió la “reconquista” de estas sociedades por parte de un capitalismo salvaje que navega “viento en popa”.

5. Restablecida la lógica unilateral del capital, ésta se expresa en la implementación de políticas que presentan las mismas características en todos lados: tasas de interés elevadas, reducción del gasto público social, desmantelamiento de las políticas de pleno empleo y prosecución sistemática del restablecimiento de la desocupación, desgravación fiscal en beneficio de los ricos, desregulaciones, privatizaciones, etc. El conjunto de estas medidas significa el retorno de los bloques hegemónicos anti-obreros, anti-populares. Esta lógica funciona en beneficio exclusivo del capital dominante y, singularmente, de sus segmentos más poderosos -que son también los más mundializados-, el capital financiero.

La “financiarización” constituye de esta manera una de las principales características del actual sistema, tanto en sus dimensiones nacionales como en su dimensión mundial. Esta lógica exclusiva del capital se expresa en la supresión de los controles de las transferencias de capitales de toda índole (los destinados a la inversión o a la especulación), y por la adopción del principio de cambios libres y fluctuantes (Amin, 1995; Amin et al, 1993; Braudel, 1979; Chesnais, 1994; Kreye, Frobel y Heinrichs, 1980; Pastré, 1992).

El restablecimiento de la ley unilateral del capital no inaugura una nueva fase de expansión. Por el contrario, produce una espiral de estancamiento, en la medida en que la búsqueda de la máxima rentabilidad provoca, si no encuentra obstáculos sociales importantes, la profundización de la desigualdad en la distribución de las riquezas (ley de pauperización de Marx). Esta situación se verifica en todos los partenaires del actual sistema: tanto en el Oeste, como en el Este y en el Sur, al igual que en el plano internacional. Esta desigualdad produce a su vez la crisis, es decir, un sur -plus creciente de capitales que no encuentran salida en la expansión del sistema productivo.

Los poderes de turno están preocupados exclusivamente por la gestión de esta crisis y son incapaces de encontrarle una solución. Detrás del discurso neoliberal mundializado se esconden, pues, políticas perfectamente coherentes de gestión de la crisis cuyo único objetivo es el de crear salidas financieras al surplus de capitales, como manera de evitar lo que más teme el capital: la desvalorización masiva. La “financiarización” es la expresión de esta gestión, tanto a nivel nacional como a escala mundial. Las elevadas tasas de interés, los cambios fluctuantes y la libertad para realizar transferencias especulativas, las privatizaciones, al igual que el déficit de la balanza de pagos de los Estados Unidos y la deuda externa de los países del Sur y del Este, cumplen estas funciones.

El discurso sobre la mundialización debe ser resituado en el marco de la gestión de la crisis. A las dimensiones económicas de la misma se suman las estrategias políticas complementarias, que calificaría de igual forma de medios de gestión de la crisis. El objetivo central de estas políticas es desmantelar las capacidades de resistencia que podrían representar los Estados, de forma tal de hacer imposible la constitución de fuerzas sociales populares eficaces. El etnicismo es invocado a tales efectos, para legitimar la “explosión” de los Estados: detrás de consignas como “todas las Eslovenas o Chechenias posibles”, objetivo que se persigue con gran cinismo, se esconde un pretendido discurso democrático de reconocimiento de los “derechos de los pueblos”.

Con este fin también se recurre a otros medios, que van desde el apoyo a los fundamentalismos religiosos hasta las manipulaciones de la opinión. Constatamos que las intervenciones en favor de la “democracia” y de los derechos humanos están sometidas estrictamente a los objetivos estratégicos de los poderes imperialistas. La regla es “dos pesos, dos medidas”. De manera general, estas políticas vacían de todo contenido las aspiraciones democráticas de los pueblos y preparan la gestión del caos por intermedio de lo que yo llamo una “democracia de baja intensidad”, en paralelo a las intervenciones -aún las intervenciones militares de “baja intensidad”- que promueven las guerras civiles.

6 . Ni la utopía reaccionaria de la mundialización desenfrenada y del neoliberalismo generalizado, ni las prácticas de la gestión política del caos (y no de cualquier nuevo orden mundial) que esta utopía supone, son sostenibles. Para atenuar los efectos destructores de la misma y limitar el peligro de violentas explosiones, los sistemas de poder intentan poner un mínimo de orden en medio del caos. Las regionalizaciones concebidas en este marco persiguen esta finalidad atando a las diferentes regiones de la periferia a cada uno de los centros dominantes: el ALENA (NAFTA, en inglés) somete a México (y, en perspectiva, a toda América Latina) al carro norteamericano; la asociación AC P -CEE, los países de Africa al de la Europa Comunitaria ; el nuevo ASEAN podría facilitar la implementación de una zona de dominación japonesa en el Sudeste Asiático (Amin, en prensa; Yachin y Amir, 1988).

La propia construcción europea es arrastrada en el torbellino de esta reorganización neo-imperialista asociada al despliegue de la utopía neoliberal. La sumisión del proyecto europeo a los imperativos neoliberales, expresada en el Tratado de Maastricht en la prioridad asignada a la creación de una moneda común (el euro) cuya gestión precisamente está fundada en principios neoliberales en detrimento de la consolidación de un proyecto político y social común progresista, fragiliza al propio proyecto europeo, y lo fragilizará aún más a medida que los movimientos sociales de protesta y de rechazo a las políticas neoliberales en curso se amplifiquen.

Las contradicciones de la mundialización en curso son gigantescas y todo indica que éstas se agravarán, tanto por la resistencia de los pueblos -en los centros y en las periferias- como por la acentuación de las divergencias en el seno del bloque imperialista dominante, que el aumento de las resistencias no hará más que profundizar. La más importante de estas contradicciones reside en el llamativo contraste que oponen las dos nuevas mitades del sistema mundial. Constatamos en efecto que todo el continente americano, Europa Occidental y su anexo africano, los países de Europa Oriental y de la ex URSS, Medio Oriente y Japón, están afectados por la crisis asociada a la implementación del proyecto neoliberal mundializado. Por el contrario, el Este asiático -China, Corea, Taiwán, el sudeste asiático- escapa a esta situación, precisamente porque los poderes que allí gobiernan rechazan el sometimiento a los imperativos de la mundialización desenfrenada que se impuso en el resto

del mundo. India se encuentra a mitad de camino entre este “Oeste” y este “Este” nuevos.

Esta opción asiática -cuya discusión acerca de las raíces históricas nos alejaría de nuestro tema de análisis- está ligada al éxito de la región, cuyo crecimiento económico se acelera al mismo tiempo en que éste se frena en el resto del mundo. La estrategia de los Estados Unidos está guiada por la voluntad de quebrar esta autonomía que Asia del Este conquistó en sus relaciones con el sistema mundial. Esta estrategia se empeña en desmantelar a China, en torno a la cual podría cristalizar progresivamente el conjunto de la región del Este asiático. Apuesta por la independencia de Japón, que necesita del apoyo de Washington para enfrentar no solamente a China, sino también a Corea e incluso al sudeste asiático, proponiendo para ello substituir la regionalización asiática informal en curso por una región Asia-Pacífico (APEC).

Europa constituye la segunda región llamada a padecer las previsibles turbulencias. El futuro del proyecto de la Unión Europea está efectivamente amenazado por el empecinamiento neoliberal de sus clases dirigentes y por las previsibles y crecientes protestas de sus clases populares (Toulemon, 1994). Pero este proyecto también se encuentra amenazado por el caos en el Este, ya que a corto plazo la lógica del neoliberalismo conduce a la opción de la “latinoamericanización” de Europa del Este y de los países de la ex URSS. Esta periferización, que funcionará quizás principalmente en beneficio de Alemania, contribuye a una evolución global hacia una “Europa alemana”. En el mediano plazo esta opción favorece el mantenimiento de la hegemonía norteamericana a escala mundial, mientras que Alemania opta, al igual que Japón, por permanecer bajo la influencia de Washington. Pero a más largo plazo esta opción arriesga despertar las rivalidades intraeuropeas que hoy están latentes.

En otras regiones del mundo las cosas tampoco estás resueltas de antemano. En América Latina, el ALENA coincidió, no por casualidad, con la revuelta de Chiapas en México. Y el proyecto de extensión del modelo propuesto por el ALENA al conjunto del continente se enfrenta ya en las capitales del sur al cuestionamiento de la mundialización desenfrenada. Aunque el proyecto del Mercosur (Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay y abierto a Chile y Bolivia) haya sido concebido en sus inicios en los marcos de la óptica neoliberal, no está dicho que no pueda evolucionar en dirección hacia una autonomización -aún relativa- de la región.

Hasta ahora, la gestión de las contradicciones de la mundialización ha dado una nueva oportunidad al mantenimiento de la hegemonía norteamericana. “Menos Estado” significa menos Estado en todos lados, salvo en Estados Unidos, que, por el doble monopolio del dólar y de la potencia de intervención militar, y sostenido por Alemania y Japón (que ocupan brillantemente su rol de segundos), mantiene su posición hegemónica a escala global frente a Asia del Este, a quien Washington intenta privar de alianzas posibles con Europa y con Rusia.

7. El futuro del sistema mundial sigue siendo una incógnita, al igual que las formas de la mundialización a través de las que se expresarán las relaciones de fuerza y las lógicas que guiarán la eventual estabilidad del mismo. Esta incertidumbre permite -a quien lo desee- librarse al gratuito juego de los “escenarios”, ya que todo puede ser imaginado. Por el contrario, propongo concluir el análisis de la mundialización aquí presentado examinando por un lado las tendencias de la evolución coherentes con la lógica interna propia del capitalismo, y por el otro los objetivos estratégicos antisistémicos que las luchas populares podrían fijarse en las condiciones actuales.

Ya he sugerido que las tendencias de la evolución del capitalismo contemporáneo se articulan en torno al refuerzo de lo que he llamado los “cinco monopolios” que caracterizan a la mundialización polarizante del imperialismo contemporáneo: (i) el monopolio de las nuevas tecnologías; (ii) el del control de los flujos financieros a escala mundial; (iii) el control del acceso a los recursos naturales del planeta; (iv) el control de los medios de comunicación; (v) el monopolio de las armas de destrucción masiva (Amin, 1996; Amin, 1997; Amin et al, 1993; González Casanova et al, 1994).

La implementación de estos monopolios es operada por la acción conjunta, complementaria pero también a veces conflictiva, del gran capital de las multinacionales industriales y financieras y de los Estados que se encuentran a su servicio (de allí la importancia de los monopolios de naturaleza no económica mencionados aquí). Tomados en conjunto, estos monopolios definen nuevas formas de la ley del valor mundializada, permitiendo la centralización en beneficio de este gran capital de las ganancias y sobreganancias provenientes de la explotación de los trabajadores; una explotación diferenciada fundada en la segmentación del mercado de trabajo. Esta nueva etapa del desarrollo de la ley del valor mundializada no permite pues el rattrapage a través de la industrialización de las periferias dinámicas, sino que funda una nueva división internacional desigual del trabajo en la cual las actividades de producción localizadas en las periferias, subalternizadas, funcionan como

subcontratistas del capital dominante (un sistema que evoca el “putting out” del capitalismo primitivo).

No es difícil, pues, imaginar el tablero de una mundialización futura en sintonía con la dominación de esta forma de la ley del valor. Los centros dominantes tradicionales conservarían su ventaja, reproduciendo las jerarquías ya visibles: los Estados Unidos conservarían su hegem