La sociología ante la crisis económica

Eduardo Moyano Estrada.

NO sólo los economistas están legitimados para opinar sobre la crisis económica. También los sociólogos debemos intervenir en el debate. La economía, como nos enseñó Karl Polanyi en su magistral obra La gran transformación, está inserta en relaciones sociales, que son las que explican en última instancia los acontecimientos económicos. La crisis no sólo se manifiesta en los grandes indicadores macroeconómicos, sino en ámbitos concretos de la vida social: incremento del desempleo, aumento de las desigualdades, reactivación de las situaciones de pobreza en las familias, quiebra de la cohesión social,… Son temas que entran de lleno en el campo de la sociología.
Además, la actual crisis económica no es fruto del comportamiento perverso de unos financieros desaprensivos e irresponsables, sino el iceberg de una crisis de valores en el seno del capitalismo. Los grandes principios morales que le daban legitimidad (tales como la confianza entre los agentes económicos y el papel regulador de las instituciones), se han desmoronado ante la hegemonía de un discurso neoliberal que ha venido apostando por la autonomía del mercado y por la retirada del Estado de sus funciones de equilibrio y regulación del sistema económico.

Del reaganismo y thatcherismo, pasando por el periodo de hegemonía de los neocon, se heredó un capitalismo salvaje (bautizado con el eufemismo de capitalismo popular) en el que nos hicimos la ilusión de que todos podíamos lograr los beneficios de un sistema económico con una capacidad ilimitada para hacer negocio.
En España, ha habido dos ejemplos paradigmáticos a los que todos nos apuntamos en un frenesí patológico: el boom inmobiliario y la inversión especulativa en activos financieros. En esos dos ámbitos, la codicia guió nuestros actos. A ello contribuyó, sin duda, la frivolidad de una clase política que alentó nuestros peores sentimientos difundiendo la idea de que España era un país rico y que los españoles nos podíamos permitir el lujo de vivir por encima de nuestras posibilidades reales y al nivel de los países más desarrollados del mundo. No se nos recordó que eso no es verdad, sino que España es un país pobre en recursos, y que todo lo que ha conseguido ha sido a base de mucho esfuerzo y trabajo.

La novedad, y la gravedad, de esta crisis es que, por primera vez, nos coge con la apariencia de país rico y con el nivel más alto de endeudamiento de la historia (de familias, de empresas y de entidades financieras). Ello genera en la población una situación de miedo e incertidumbre, cuando no de pánico, ante la previsible larga duración de la crisis y la posibilidad (cada vez más real) de perder el empleo.

Ante la crisis, se escuchan voces sobre la necesidad de cambiar de modelo de crecimiento económico, pero debemos considerar si la economía española (y la sociedad en general) está preparada o no para abordar ese cambio. Si no lo hacemos así, corremos el riesgo de abandonar, por perverso, el modelo económico actual cuando todavía no estamos preparados para implantar otro diferente.

Se nos dice que la recuperación de nuestra economía tiene que basarse en sectores distintos de los tradicionales (turismo, construcción, agricultura y alimentación), apostando por sectores innovadores y con mayor capacidad para generar empleo estable y valor añadido (energías renovables, industria aeroespacial, tecnologías blandas más sostenibles desde el punto de vista ambiental,…). Pero lo cierto es que esa apuesta puede que lleve su tiempo y que sus efectos se verán a medio y largo plazo, siempre que seamos capaces de abordar cambios importantes en nuestro sistema educativo y reformas significativas en el mercado de trabajo y en el sistema de organización empresarial.
La recuperación económica será lenta y va exigir importantes sacrificios, además de necesitar la cultura del pacto social y político que nos fue tan útil durante la transición democrática, pero que desgraciadamente abandonamos desde entonces. En ese sentido, resulta lamentable la dinámica de confrontación entre los dos grandes partidos políticos cuando tenemos delante la mayor crisis económica de nuestra historia reciente.

Difícilmente podremos salir de la crisis sin la cooperación y el esfuerzo de todos, y para ello se hace cada vez más necesario apelar desde la ciudadanía a la responsabilidad de la clase política para que esté a la altura de las circunstancias.

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