La globalización del miedo

Desigualdad e inseguridad son naturalizadas a nivel mundial como “daños colaterales” del sistema. En dos nuevos libros, Bauman analiza el fenómeno. Sus consecuencias, en una entrevista.

POR Fernando Bruno

El término “daño colateral”, aplicado a estructuras edilicias, individuos o comunidades enteras, se utilizó hasta el hartazgo en los últimos años para describir las bajas materiales y víctimas “no intencionales” o “imprevistas” de las operaciones militares y pasó a formar parte de nuestro lenguaje cotidiano. El sociólogo polaco Zygmunt Bauman se vale de esta categoría para realizar un complejo y profundo análisis de la desigualdad en las sociedades contemporáneas. Su visión es lúcida y pesimista; su interpretación de los hechos precisa y contundente.

¿Cuál es la trampa mortal que Bauman reconoce en la lógica del daño colateral? Sus consecuencias fatales, que se presentan siempre como neutrales y azarosas, en realidad, forman parte de un calculado engranaje de dominación, cuyas víctimas son la mayoría de las veces las mismas: los pobres, los marginados, los indefensos. “En el juego de los riesgos –indica–, los dados están cargados”: “Quienes decidieron sobre las bondades del riesgo no eran los mismos que sufrirían las consecuencias”.

El libro Daños colaterales. Desigualdades sociales en la era global recopila una serie de conferencias pronunciadas por Bauman sobre el tema durante 2010 y 2011. Los temas que abarca son llamativamente diversos sin perder el hilo conductor: de la concepción griega del ágora a los nuevos comportamientos asociados a la web 2.0 y las redes sociales, pasando, entre otros, por la teología política de Carl Schmitt, el tratamiento de la pobreza en la ópera Wozzeck de Alban Berg, y el análisis de documentos clasificados sobre los ataques nucleares en Hiroshima y Nagasaki. Bauman reconoce en ellos el estigma de la desigualdad y lo estudia consecuentemente.

Nuestra época, señala, adolece de una dificultad estructural, la radical incompatibilidad entre el mundo global que habitamos y las políticas y leyes de matriz nacional que nos rigen. “Todas las instituciones políticas que tenemos hoy a nuestra disposición fueron hechas a medida de la soberanía territorial, de los Estados nacionales: se resisten a ser estiradas a escala supranacional o planetaria; y las instituciones políticas que sirvan a la autoconstitución de la comunidad planetaria no serán –no pueden ser– ‘las mismas, pero más grandes’”. La vieja fórmula del Estado de Bienestar europeo, o el “Estado social” como prefiere llamarlo Bauman, ya no satisface efectivamente las necesidades de sus habitantes. En la actualidad, la tarea de otorgar condiciones de vida dignas queda librada a cada individuo particular, a su capacidad de posicionarse satisfactoriamente en el juego impuesto por las leyes de mercado y de defenderse frente a la siempre presente posibilidad de perderlo todo; “El miedo que la democracia y su retoño, el Estado social, prometieron erradicar, ha retornado para vengarse”.

El mundo se ha vuelto multicultural y, no obstante, el par, el vecino, y mucho más el extranjero o el desconocido, se han vuelto un enemigo. La promoción de la libre circulación de capital choca violentamente con las fuertes restricciones a la circulación de personas en busca de trabajo; en ese enfrentamiento encuentran su fundamento las recientes políticas globales de seguridad, fallido intento de creación de un nuevo orden. Bauman las analiza a partir de dos perspectivas puntuales: por un lado, la de los pasajeros de avión, que diariamente asienten que oficiales de migraciones desarmen sus equipajes y escudriñen sus pertenencias personales, que perros los olfateen, que se someten a todo tipo de situaciones que en otras circunstancias les parecerían denigrantes y que, sin embargo, lo hacen sin protestar, “agradeciendo a las autoridades” por ocuparse de su seguridad. Por el otro, la de la apatía más o menos generalizada con la que se recibió la información de la existencia de una enorme cantidad de prisioneros que sin un juicio justo cumplen indefinidas condenas en prisiones irregulares como las de Guantánamo y Abu Ghraib.

En ambos casos, se trata de situaciones inéditas de vejación personal (pequeñas en un caso, realmente horrorosas en el otro) que saltan a la vista rápidamente al momento de reflexionar sobre el problema de la seguridad en el mundo post 11-S. Lo que estos dos ejemplos, que son más o menos excepcionales si consideramos a la totalidad de la población del mundo, no llegan a mostrar, y este es tal vez el punto más relevante de las tesis de Bauman, es el modo en que la desigualdad y la inseguridad vital se extienden ininterrumpidamente en todo el globo. Según esta lectura, la publicidad de una multiplicidad de amenazas, “ya se originen en pandemias y dietas o estilos de vida insalubres, o bien en actividades delictivas y comportamientos antisociales de la ‘clase marginal’ o, en los últimos años, del terrorismo global”, es el mecanismo reactivo que opera en una sociedad cuyo principal drama es la imposibilidad de resolver la inseguridad y las vulnerabilidades económicas que le son estructurales y contra las que los Estados hacen en general muy poco.

A este estado de cosas se le suma el problema de la “multiculturalidad”, una etiqueta amable que oculta una realidad poco amistosa. Sobre ella escribió en Comunidad: “Aparentemente el multiculturalismo está guiado por el postulado de la tolerancia liberal y por la atención al derecho de las comunidades a la autoafirmación y al reconocimiento público de sus identidades elegidas (o heredadas). Sin embargo, actúa como una fuerza esencialmente conservadora: su efecto es una refundición de desigualdades”.Y luego agregó: “Lo que se ha perdido de vista a lo largo del proceso es que la demanda de reconocimiento es impotente a no ser que la sostenga la praxis de la redistribución, y que la afirmación comunal de la distintividad cultural aporta poco consuelo a aquellos cuyas elecciones toman otros, por cortesía de la división crecientemente desigual de recursos”.

Guetos voluntarios

La configuración material de las ciudades no es ajena a este fenómeno. Históricamente, los centros urbanos fueron espacios de convivencia de lo heterogéneo, incluso resistentes a los esfuerzos unificadores coercitivos característicos de los Estados nacionales, en los que personas provenientes de lugares con diferentes costumbres crecían en contacto con otras pautas culturales. La globalización, en este sentido, no es un fenómeno reciente; basta considerar la situación de nuestro país a comienzos del siglo XX, un extraordinario laboratorio de hibridaciones desarrollándose a la vista del mundo. En las últimas décadas, sin embargo, las ciudades, que todavía son polos de atracción en las que se reúnen personas de múltiples proveniencias, han ido modificando progresivamente su fisonomía, de modo que ese contacto con lo extraño se parece hoy más a una gran excursión turística que a una experiencia vital relevante. Bauman ve las profundas dificultades e incertidumbres sobre las que se sostiene en la actualidad esta situación; sintéticamente, enuncia el problema de la siguiente manera: “Si bien en su origen fueron construidas para brindar seguridad a todos sus habitantes, hoy las ciudades se asocian más al peligro que a la seguridad”.

Las transformaciones urbanas ocurridas en los últimos años, así como los nuevos comportamientos que las acompañan, fueron copiosamente estudiados por investigadores locales y extranjeros, notoriamente en el caso argentino en los libros Los que ganaron. La vida en los countries y La brecha urbana. Countries y Barrios privados en Argentina de Maristella Svampa, Buenos Aires a la deriva, editado por Max Welch Guerra y Miradas sobre Buenos Aires, de Adrián Gorelik. Casos como el de los barrios cerrados han ocupado importantes segmentos de los medios masivos de comunicación, desde las secciones de espectáculo hasta las policiales, constituyéndose paradójicamente en un objeto un tanto agotado desde el plano discursivo pero completamente vigente en sus consecuencias negativas para la vida urbana.

Bauman encuentra un recurso interesante para seguir iluminando el problema de estos “guetos voluntarios” en la comparación de los comportamientos reales con los virtuales. Estamos, como todos sabemos y experimentamos diariamente, en los tiempos del imperio de las redes sociales: gran parte de nuestros intercambios con el resto de las personas se realiza a través de las plataformas virtuales; incluso el correo electrónico, el medio que más se asemeja a los utilizados en la comunicación tradicional por su similitud con el formato epistolar, está perdiendo el rol central que cumplía hace algunos años. Sin caer en la crítica simplista de esta realidad, Bauman realiza un comentario perspicaz: “Vivimos en la época de los teléfonos celulares (por no mencionar MySpace, Facebook y Twitter): los amigos pueden intercambiarse mensajes en lugar de visitas; toda la gente que conocemos está constantemente ‘en línea’ y en condiciones de informarnos por adelantado sobre sus intenciones de darse una vuelta por casa, de modo que un súbito golpe en la puerta o un timbrazo que suena sin previo aviso son eventos extraordinarios, es decir, potenciales peligros”.

Obtenemos así un monstruo de dos cabezas que combina el confinamiento a nivel territorial y urbano con la expansión de la exposición de la privacidad en el ámbito virtual. Esta referencia de extrema actualidad permite repensar el problema de la seguridad, incorporando nuevos matices. La conclusión, sin embargo, es la misma: el miedo, la razón primera por la que optamos por “comunidades cerradas”, sigue ahí; construimos barrios privados, enrejamos nuestras casas, nos encerramos en mundos virtuales, y, no obstante, el miedo no se disipa. La necesidad de seguridad, dice Bauman, puede volverse adictiva: “Las medidas de seguridad nunca son suficientes, Una vez que se da inicio al trazado y la fortificación de las fronteras, ya no hay manera de detenerse. El principal beneficiario es el miedo: prospera hasta la exuberancia alimentándose de nuestro empeño en demarcar fronteras para defenderlas con armas”.

Cambiar las reglas

Las recientes crisis financieras en Europa y los Estados Unidos han vuelto a colocar en primer plano el problema de la exclusión social: nuevos estratos sociales se están incorporando permanentemente al conjunto de los desplazados, dándole visibilidad a un problema que ciertamente ya afectaba a grandes sectores de la población. La pobreza, la inseguridad y la marginalidad, parecen ser una vez más un problema de todos en los países centrales.

En “La salida de la crisis”, una de las 44 cartas desde el mundo líquido que Bauman publicó quincenalmente entre 2008 y 2009 en la revista La Repubblica delle Donne, aparece la cuestión de las consecuencias socio-culturales del derrumbe económico: “No sólo han sufrido un duro embate el sistema bancario y los índices del mercado de valores, sino que nuestra confianza en las estrategias vitales, los modos de conducta, y hasta los estándares de éxito y el ideal de felicidad que, según se nos repetía constantemente en los últimos años, valía la pena perseguir, se han trastocado como si, de pronto, hubieran perdido una parte considerable de autoridad y atracción. Nuestros ídolos, las versiones modernas líquidas de las bestias sagradas bíblicas, se han ido a pique junto con la confianza en nuestra economía”.

Se plantea así entonces por primera vez en mucho tiempo la posibilidad de un nuevo inicio, de una revisión completa del sistema económico-cultural sobre el que se sostienen los países europeos. “Al contrario de lo que se afirma con respecto a las ‘medidas de emergencia’ prodigadas por los gobiernos a los administradores bancarios (pensando, principalmente, en los telespectadores) –continúa Bauman–, no hay remedios instantáneos para las dolencias prolongadas, y posiblemente crónicas”.

Si el problema de fondo que permitió que se llegase a situaciones terminales de desigualdad social, los “daños colaterales” que millones de personas viven diariamente, se encuentra en la constitución misma del sistema, quizá sea entonces éste el momento indicado para reformular algunas de sus reglas de juego.

El regreso de la lucha de clases

La globalización, una mayor desigualdad y la crisis en las clases bajas y medias devuelven el conflicto social al centro del debate en EE UU y Europa

De la mano de la última fase de la globalización, de la creciente desigualdad, de la crisis y del final de un modelo de crecimiento económico, la idea de la lucha de clases está de regreso en Occidente. Y esta vez vuelve de la mano no solo de analistas neomarxistas, sino de un financiero como George Soros, o de sociólogos que han alertado sobre lo que está ocurriendo en estas sociedades occidentales. La idea de lucha, conflicto o guerra de clases vuelve a los análisis. Aunque no en la forma clásica.

Estados Unidos era un país profundamente optimista en términos sociales. Hace tan solo unos años, algunas encuestas indicaban que un 30% de los ciudadanos se consideraba perteneciente al 10% más rico. Hoy, según una reciente encuesta del Centro Pew, un 69% —19 puntos más que en 2009— de los norteamericanos —especialmente entre blancos de ingresos medios— piensa que el conflicto entre clases es la mayor fuente de tensión en su sociedad, claramente por encima de la fricción entre razas o entre inmigrantes y estadounidenses. George Soros, en una entrevista en Newsweek, habla de la “guerra de clases que está llegando a EE UU”. En muchos casos, sin embargo, se confunde conflicto entre clases con conflictos entre ricos y pobres.

Pues la tensión se da entre ricos y pobres o, por precisar, entre muy ricos y muy pobres. El movimiento Ocupa Wall Street y otros centros urbanos se presentan como la defensa del 99% frente al 1% más rico (que en realidad es aún menor). Y es que la desigualdad ha crecido en EE UU y, con ella, como recogía un reportaje de The New York Times, la movilidad social se ha reducido en ese país, debilitándose así la idea de la sociedad de oportunidades.

“La burguesía en su sentido clásico tiende
a desaparecer”, dice
un filósofo

El filósofo esloveno, marxista (o, más precisamente, como le ha gustado definirse, leninista-lacaniano), Slavoj Zizek, en un artículo en The London Review of Books, aborda este tipo de protestas. “No son protestas proletarias”, señala, “sino protestas contra la amenaza de convertirse en proletarios”. Y añade: “La posibilidad de ser explotado en un empleo estable se vive ahora como un privilegio. ¿Y quién se atreve a ir a la huelga hoy día, cuando tener un empleo permanente es en sí un privilegio?”.

Zizek habla del surgimiento de una “nueva burguesía”, que ya no es propietaria de los medios de producción, sino que se ha “refuncionalizado” como gestión asalariada. “La burguesía en su sentido clásico tiende a desaparecer”, indica. Resurge como un “subconjunto de los trabajadores asalariados, como gestores cualificados para ganar más en virtud de su competencia”, lo que para el filósofo se aplica a todo tipo de expertos, desde administradores a doctores, abogados, periodistas, intelectuales y artistas. Cita como alternativa el modelo chino de un capitalismo gerencial sin una burguesía.

Como señala el economista Michael Spence en Foreign Affairs, los efectos de la globalización en las sociedades occidentales han sido benignos hasta hace una década. Las clases medias y las trabajadoras de las sociedades desarrolladas se beneficiaron de ella al disponer de productos más baratos, aunque sus sueldos no subieran. Pero a medida que las economías emergentes crecieron, desplazaron actividades de las sociedades industrializadas a las emergentes, afectando al empleo y a los salarios ya no solo de las clases trabajadoras, sino de una parte importante de las clases medias, que se sienten ahora perdedoras de la globalización y de las nuevas tecnologías. Ya se ha hecho famosa la pregunta de Obama a Steve Jobs, el fundador de Apple, cuando en febrero de 2011 le planteó por qué el iPhone no se podía fabricar en EE UU. “Esos empleos no volverán”, replicó Jobs. La respuesta no trató solo de los salarios, sino de la capacidad y flexibilidad de producción.

La población “desclasada”
se siente atraída
por el autoritarismo

El crecimiento de la desigualdad de los últimos años no es algo únicamente propio de EE UU, sino de casi todas las sociedades europeas, incluida España, a lo que contribuye el crecimiento del paro y se suma la creciente sensación de inseguridad que ha aportado la globalización. Hoy se sienten perdedores de la última fase de la globalización, de la crisis y de las nuevas tecnologías no solo las comúnmente llamadas clases trabajadoras, sino también las clases medias en EE UU y Europa.

Las sociedades posindustriales se han vuelto menos igualitarias. De hecho, EE UU vive su mayor desigualdad en muchas décadas. El sociólogo conservador estadounidense Charles Murray, en su último libro, Drifting apart (Separándose), ha llamado la atención sobre cómo en su país hace 50 años había una brecha entre ricos y pobres, pero no era tan grande ni llevaba a comportamientos tan diferentes como ahora. Los no pobres, de los que hablaba Richard Nixon, se han convertido en pobres. Aunque para Murray la palabra “clase” no sirve realmente para entender esta profunda división. Murray ve su sociedad divida en tribus; una arriba, con educación superior (20%), y una abajo (30%). Y entre ellas hay grandes diferencias de ingresos y de comportamiento social (matrimonios, hijos fuera del matrimonio, etcétera).

Otros añaden la crisis que en ambos lados del Atlántico están atravesando las clases medias. Refiriéndose a Francia, aunque con un marco conceptual que se aplica perfectamente a otras sociedades como la española, el sociólogo francés Camille Peugny, en un libro de 2009, alertó sobre el fenómeno de “desclasamiento”, un temor a un descenso social que se ha agravado con la crisis que agita no solo a las clases populares “que se sienten irresistiblemente atraídas hacia abajo”, sino también a las clases medias “desestabilizadas y a la deriva”. El desclasamiento, generador de frustración, se da también como un factor entre generaciones.

Estados Unidos vive
su mayor momento
de desigualdad
en muchas décadas

Y tiene efectos políticos. Según Peugny, los desclasados tienden a apoyar el autoritarismo y la restauración de los valores tradicionales y nacionales. Producen una derechización de la sociedad, frente a una izquierda que sigue insistiendo en un proceso de redistribución de la riqueza y las oportunidades que ya no funciona. Está claro que, en Francia, una gran parte del voto al Frente Nacional de Marine Le Pen, que le come terreno a Sarkozy, proviene de lo que tradicionalmente se llamaba clase obrera. O, ahora, de esa nueva clase en ciernes que algunos sociólogos llaman el precariado, pues las categorías anteriores ya no sirven.

En otras sociedades pueden darse otras reacciones. Así, en la Grecia castigada, las encuestas muestran que tres partidos de extrema izquierda (Izquierda Democrática, el Partido Comunista y Syriza) suman entre ellos 42% de la intención de voto, mientras los socialistas del Pasok (8%) se han derrumbado y Nueva Democracia domina el centro-derecha con un 31%.

Por primera vez en estos últimos años, la globalización, con el auge de las economías emergentes, especialmente China, está afectando no ya a los salarios de la clase baja, sino también a los empleos y remuneraciones de las clases medias de las economías desarrolladas. También con consecuencias políticas. Francis Fukuyama, que se hizo famoso con su artículo sobre “el fin de la historia” y el triunfo de la democracia liberal, ahora, en una última entrega sobre “el futuro de la historia”, también en Foreign Affairs, se pregunta si realmente la democracia liberal puede sobrevivir al declive de la clase media. “La forma actual del capitalismo globalizado”, escribe quien fuera uno de sus grandes defensores, “está erosionando la base social de la clase media sobre la que reposa la democracia liberal”. Tampoco hay realmente una alternativa ideológica, señala, pues el único modelo rival es el chino, “que combina Gobierno autoritario y una economía en parte de mercado”, pero que no es exportable fuera de Asia, afirmación que resulta cuestionable. Pero coincide con algo de lo que vienen alertando también otros intelectuales, como Dani Rodrik, que plantean ya abiertamente dudas sobre las virtudes de la globalización en su actual conformación.

¿Intercambio de papeles? China fabricará coches en Europa

Factores como la globalización o el ascenso de nuevas potencias económicas están empezando a transformar el sector de la automoción a nivel mundial. Atrás quedaron los días en que los fabricantes de coches deslocalizaban su producción en plantas abiertas en China, donde la mano de obra era más barata y los costes mucho menores; ahora, es el gigante asiático quien deriva su industria a fábricas propias abiertas en Europa.

El pionero en esta estrategia ha sido el fabricante Great Wall (Gran Muralla, en español), que ha abierto su primera planta de producción en la ciudad de Bahovitsa, Bulgaria, donde los salarios, y los impuestos, son sustancialmente más bajos que la media europea.

Esta empresa china se ha aliado con la firma local Litex para empezar a operar desde el primer eslabón de la cadena de producción en Europa. La joint-venture es una estrategia que conocen bien en la industria automovilística de este país, pues la misma que solían implementar los fabricantes europeos cuando querían llevar su producción a China.

En este sentido, Bulgaria es un país muy atractivo para las empresas que importan su producción en Europa. Se trata del país más pobre de la Unión Europea, lo que conlleva que su mano de obra sea una de las más baratas del continente y que sus impuestos sean casi irrisorios para quienes llegan con un poder económico muy superior al local.

El primer paso en un largo camino

Pero la apertura de esta planta búlgara no es sino uno de los muchos pasos que aspira a dar Great Wall y tras ella, cabe presumir, otras empresas de su corte. “Avanzar en el mercado europeo es nuestro objetivo“, reconoce su propio consejero delegado, Wang Fengying, en declaraciones recogidas por el diario alemán Spiegel. En esta estrategia, la conquista del mercado occidental por parte de fabricantes japoneses, como Toyota, Honda o Nissan, puede ser una referencia a ser tenida muy en cuenta.

Este acercamiento a Europa de fabricantes chinos supone, por un lado, una amenaza a la cuota de mercado de los productores locales. Pero, por otro, también es una oportunidad de crear empleo y riqueza en una Europa a la que la crisis económica está privando del crecimiento económico del que había disfrutado años atrás. Por ejemplo, la entrada de Great Wall en esta planta búlgara aumentará el número de puestos de trabajo en casi un 2.000%, hasta los 1.200 empleados.

Lo que demuestra el caso de Great Wall, aunque todavía a un nivel muy incipiente, es que el estatus y el poder en las relaciones comerciales de Europa disminuye conforme surgen las nuevas potencias económicas. Esto, sin embargo, constituye una paradoja en la que unos -los chinos, en este caso- se aprovechan del prestigio del que gozan los otros -europeos- y éstos de la inversión procedente de la emergente industria de aquéllos.

Colombia es el cuarto país más globalizado de América Latina

Está en la posición 43 entre los países más globalizados en el mundo.

La globalización de Colombia es mejor que la de otras economías de América Latina que la superan en tamaño como Argentina y Brasil, e incluso es mayor que la de sus vecinos Ecuador y Venezuela.

Así lo concluye un informe anual con corte a 2011 que elabora la firma de investigaciones Ernst & Young (E&Y), y el cual mide qué tan globalizados están los 60 países más grandes del mundo, medidos por el tamaño de su economía.

Este análisis se basa en criterios de selección en cinco categorías relevantes para hacer negocios: apertura al comercio, movimientos de capital, intercambio tecnológico y de ideas, movimiento laboral e intercambio cultural.

Según esta clasificación, Colombia fue superado por economías de la región como Chile, que ocupó la posición 25; México, que quedó en el puesto 36 y Perú, que se situó en el lugar 41.

Frente al escenario de 2010, Chile logró una mejoría de cuatro puestos en el escalafón, mientras México y Perú no presentaron variaciones.

Colombia se ubicó en el puesto 43 en el escalafón del 2011, perdiendo tres lugares frente al 2010, cuando se había situado en el puesto 40 entre 60 países.

Sin embargo, superó de nuevo a otros como Brasil, que quedó en el lugar 47 (46, en el 2010); Ecuador, que ocupó la posición 49 (era 48 un año atrás); Argentina, que quedó en el puesto 50 (49, en 2010) y Venezuela, última en la región en el lugar 58 (el mismo sitio de un año antes).

Estados Unidos, por su parte, ocupó la posición 23 el año pasado, mientras que en 2010 estaba en el lugar 28.

El informe, que contó para sus conclusiones con las respuestas de 992 ejecutivos del mundo encuestados por la unidad de investigaciones económicas de E&Y, presenta como desafíos para la globalización la mayor dificultad para ingresar con éxito a países con mayor crecimiento de su economía y el peso que ahora tiene la política y su dificultad para poder predecirla.

Según James Turley, presidente ejecutivo de E&Y, pese a que estos son tiempos de incertidumbre económica mundial, la globalización no se detiene. “Las empresas de los mercados de rápido crecimiento están invirtiendo e innovando y continúan su expansión mundial. Los negocios que tratan de mantener su posición sin asumir riesgos están quedando atrás. Lo cierto es que en 2012, y en adelante, los viejos modelos deben abrir camino a nuevas soluciones”, indicó el ejecutivo.

Cómo quedaron otros países

Hong Kong, como territorio, volvió a ocupar en el 2011 la primera posición en el mundo como la economía más globalizada, seguido por Irlanda, Singapur, Bélgica y Suiza.

China quedó en el puesto 39, la misma posición que ocupó en el estudio de 2010.

En el escalafón de E&Y, en el sexto lugar está Dinamarca, que perdió dos posiciones frente al 2010, cuando ocupó el puesto número 4. Entre tanto, en el séptimo puesto se ubicó Holanda, la que el año pasado ocupó el puesto 8.

En el último puesto de los países que mide la firma está Irán, que el año pasado estuvo en igual posición.

Una estrategia para humanizar la globalización

Por Supachai Panitchpakdi

MAYO 2011 (IPS) – En las dos últimas décadas se ha afirmado a menudo que la liberalización comercial puede ser una fuerza positiva para el desarrollo. Durante ese período, los países menos desarrollados (PMD) se convirtieron en algunas de las economías más abiertas. Pero una mayor apertura de los mercados de los PMD afectó a sus poblaciones de modo diferenciado, escribe Supachai Panitchpakdi, Secretario General de la Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo y ex Director General de la Organización Mundial del Comercio (OMC).

En general, la liberalización comercial puede tener fuertes efectos redistributivos dentro la economía que potencialmente beneficien a algunos sectores y perjudiquen a otros. A un nivel menos general, tales efectos pueden magnificar o reducir las disparidades existentes entre diferentes grupos basados en el género, la pertenencia a etnias, la clase social o la geografía. En particular, las políticas comerciales pueden tener fuertes impactos diferenciales en hombres y mujeres. El grado de diferencia dependerá de una serie de factores, incluyendo los existentes patrones de género dentro de la división del trabajo, las desigualdades económicas estructurales o el nivel educativo.

Cuando se consideran reformas comerciales es crucial para los gobernantes anticipar como afectarán la redistribución de puestos de trabajo y riqueza a nivel sectorial y prevenir la profundización de la polarización y de la exclusión social.

La Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) ha subrayado que una constante de las últimas dos décadas fue la desconexión entre el crecimiento económico y el desarrollo social. Una era de globalización que se definió por la apertura del comercio y los libres flujos de capital ha dejado a muchos países con un incremento de la disparidad en los ingresos y una creciente desigualdad social, incluso en economías que han registrado altos niveles de crecimiento económico. La crisis financiera de 2008/9 ha mostrado que la globalización necesita ser conducida por una agenda de desarrollo en la cual el Estado juegue un papel más fuerte a través de políticas, reglamentaciones e instituciones.

Los éxitos de China también lo son para el mundo

Por Ding Dawei, corresponsal del Diario del Pueblo en Madrid

En los últimos dos años la economía china se ha desarrollado de modo estable y continuo, a la par que avanza a pasos firmes el socialismo con peculiaridades chinas, a pesar de la crisis financiera global, dijo el señor Maestro, experto español en asuntos chinos, al ser entrevistado por el corresponsal del Diario del Pueblo en Madrid.

Cuando la economía mundial sufre la crisis, la economía china ha superado múltiples dificultades y ha logrado un rápido desarrollo, atrayendo la atención del mundo y mostrando su enorme vitalidad y capacidad de enfrentar la presión, comentó Esteban, investigador del Centro de Estudios sobre Asia Oriental, de la Universidad Autónoma de Madrid, España.

Los dos estudiosos expresaron su apoyo al 12mo Plan Quinquenal de China. Maestro cree que el programa está basado en la realidad, en correspondencia con el estilo que ha adoptado siempre el Gobierno chino. Este programa destaca por su clarividencia y realismo, al delinear las pautas a seguir en el desarrollo y construcción de la modernización en los cinco años venideros. Durante ese lapso de tiempo, la economía china permanecerá apegada a una ruta de desarrollo sano, tanto en lo cuantitativo como en el terreno cualitativo. Ambos expertos destacaron el acelerado cambio de la modalidad de desarrollo económico chino, la cual califican de muy apropiada.

Maestro dijo que la propuesta de acelerar el cambio de la modalidad de desarrollo económico muestra que el Gobierno chino es consciente de la realidad de su país. El Gobierno chino ha comenzado a impulsar oportunamente el cambio de modalidad de desarrollo agrícola y promover la modernización de este sector.

Los campesinos representan la mayoría de la población china. El desarrollo de las zonas rurales no solo contribuye a ampliar la demanda interna sino que también ayuda a neutralizar las diferencias entre las zonas rurales y las urbanas, promoviendo así el desarrollo científico y coordinado de toda sociedad china.
Por su parte, Esteban dijo que la ampliación de la demanda interna es una medida política muy apropiada. La promoción activa del incremento de la demanda interna contribuye a aliviar la dependencia china de la exportación y a desarrollar la economía de manera equilibrada y rápida.

Esteban cree que la clave en el desarrollo futuro radicará en la efectiva aplicación del programa para alcanzar las metas planeadas. Si se aplica a cabalidad el programa, el desarrollo económico chino tendrá positivas perspectivas de desarrollo.

Esteban dijo que el desarrollo económico chino ha beneficiado a los pueblos chino y del mundo. Centenares de millones de chinos se han beneficiado del desarrollo económico del país, lo que ha permitido a muchos librarse de la pobreza, algo positivo asimismo para todo el mundo. Además, los productos baratos y de buena calidad hechos en China han llegado a consumidores de todo el mundo, lo que reviste un significado extraordinario. Muchos países en vías de desarrollo han participado en la cadena industrial mundial mediante la exportación de materias primas a China, lo que les ha ofrecido oportunidades de aumentar sus ingresos.

Al comentar las medidas del Gobierno chino destinadas a mejorar la vida de su pueblo, Maestro consideró que China ha hecho ingentes esfuerzos para eliminar la pobreza y ha logrado notables éxitos. Le asiste la convicción de que con la aplicación del programa, China promoverá el establecimiento y fortalecimiento del sistema de garantía social. (Pueblo en Línea)

16/03/2011

¡A conquistar el mundo!

A medida que la tecnología ha hecho del planeta un pañuelo, las universidades han enfocado sus esfuerzos hacia el mundo. “La globalización impone retos particulares a las universidades”, afirma Christine Shiel, directora del Centro de Perspectivas Globales de la Universidad de Bournemouth, en Inglaterra. Según Shiel, estas instituciones educativas ya funcionan como una multinacional: tienen varias sedes y, como si fuera un intercambio de bienes y servicios, hay entre ellas un flujo de estudiantes, profesores y conocimiento. El compromiso que tiene la academia con la sociedad también supera las fronteras. “El ideal es que estas instituciones contribuyan a alcanzar metas globales”, añade.

Colombia no es la excepción, por lo que es necesario que sus egresados tengan conocimientos que puedan ser puestos al servicio de la sociedad global. De acuerdo con Jamshed Bharucha, vicepresidente de la Universidad Tufts de Massachusetts, el poder de cambio que tienen los estudiantes que se adaptan al mundo globalizado es poderoso. “Necesitamos que más universidades se unan para traducir el conocimiento en transformación. Es necesario reestructurar las instituciones para que preparen mejores estudiantes que aprendan y exploren el mundo. Sus acciones son un fuego de innovación cuyos alcances aún no podemos entender”.

Manos a la obra

El camino hacia la globalización tiene dos partes: internacionalizar la educación de los colombianos y vender al país como un destino educativo. Para lograr el primer objetivo, las universidades actualmente han integrado un amplio abanico de programas que van desde intercambios hasta giras académicas (ver recuadro). La Universidad de La Salle, en Bogotá, es una de ellas. “Nos hemos propuesto buscar alternativas que les permitan a nuestros estudiantes una comprensión más amplia del mundo, para formar jóvenes intelectualmente capaces, a la vanguardia de la internacionalización del conocimiento y que puedan traer experiencias significativas para el avance del país”, dice Giovanni Anzola, jefe de Relaciones Internacionales e Interinstitucionales de la universidad.

“Un estudiante que domine otro idioma y conozca otras culturas y sociedades es una mina de oro que todo el mundo quiere explotar -dice Melanie Blanchard, directora de Internacionalización de la Escuela de Ingeniería de Antioquia (EIA)-. En un mundo globalizado no podemos pensar en un ingeniero, ni en ningún otro profesional, que no se mueva como pez en el agua en un ambiente internacional. Deben conocer las costumbres norteamericanas, saber los protocolos de comportamiento cuando negocian con un chino y deben tener todas las herramientas para poder realizar trabajos en equipo con personas de otras nacionalidades”. Para la EIA, garantizar en sus egresados una educación internacional es darles un añadido académico muy importante.

Por otra parte, las universidades colombianas están trabajando para posicionarse como un destino académico, bien sea en términos de un intercambio cultural o para aprender y perfeccionar el español. Por ejemplo, en la Universidad La Gran Colombia actualmente hay estudiantes de España y México. “Esto fue posible gracias a los convenios que tenemos con múltiples universidades extranjeras”, afirma el rector de la institución, José Galat, quien añade que han recibido una propuesta de España para establecer en ese país una sede de La Gran Colombia.

El intercambio también se extiende a los profesores. Según el decano de la Escuela de Empresa de la Universidad Sergio Arboleda, Álvaro Cala Hederich, esta es una excelente manera de intercambiar conocimientos y métodos pedagógicos. “Tenemos docentes provenientes de universidades convenio que vienen durante semanas a impartir clases y conferencias. Además, hay algunos que hacen investigación conjunta con nuestros profesores”.

Para entenderse con el mundo hay que hacerlo en los mismos términos. A la par de los programas de internacionalización, las universidades adelantan proyectos de acreditación de calidad académica que son regidos por modelos internacionales. La globalización de la educación superior ya lleva años en proceso y sus frutos se están empezando a ver: los egresados colombianos educados bajo este concepto son ahora ciudadanos del mundo.

Globalización, revolución tecnológica y nuevos riesgos

GOTZONE MORA

Las últimas semanas del pasado mes de julio participé en varios eventos, a partir de los cuales, renové mis convicciones acerca de las características diferenciales del nuevo contexto propiciado por la «Sociedad red» y de las exigencias ineludibles que conlleva. Lo más importante de dichos encuentros cívicos, fueron sus «feed-back» que, además de aportarme reflexiones, me permitieron percatarme de la presencia expansiva de un fenómeno denominado anomia y definido por Émile Durkheim ya en el siglo XIX. Curiosamente, este científico social desarrolló el término en una época de transformaciones sociales originadas por el inicio de las sociedades de la modernidad donde las normas y reglas validadas para la etapa societal anterior, la estamental, estaban dejando de cumplir su papel integrador por lo que se necesitaba redefinir algunos de los conceptos anteriores, desechar otros e introducir principios y reglamentaciones que recondujesen las nuevas relaciones sociales. Es más, Durkheim profundizó en las causas de la anomia en dos ámbitos concretos de la realidad de su tiempo. En primer lugar, en «La División del Trabajo Social» (fue su tesis doctoral publicada en 1893) y en «El Suicidio» (1897), obras claves que siguen manteniendo su pertinencia como modelos analíticos de nuestra época. En el actual contexto de la globalización con su complejidad y heterogeneidad en cuanto a nuevas formas estructurales de organización del sistema productivo, de la política, la economía y lo social y cuando asistimos a una crisis de civilización que afecta a los individuos y a las relaciones entre economía, cultura y sociedad sigue siendo pertinente el concepto de anomia. Y más en este momento transicional donde se carece de una regulación de los sistemas normativos que determine las relaciones entre funciones sociales cada vez más complejas. Faltan referentes sociales y patrones organizacionales que sirvan de modelos, los individuos manifiestan bajo distintas modalidades y modulaciones un cierto sentimiento de pérdida de sus raíces al tener que ubicarse entre lo local y lo global, la separación entre público/privado se ha difuminado, los criterios de lo ético y lo justo deben ser ajustados nuevamente. Esto es anomia para Durkheim, una etapa transitoria carente de normas, reglas y patrones sociales, donde los ciudadanos carecen de puntos de referencia aceptables para comportarse en un tipo de sociedad que todavía no ha marcado límites a las acciones individuales. Un período caracterizado por la incertidumbre donde las reacciones ante la misma vienen siendo diversas. Durkheim no planteó este concepto de forma negativa sino problemática, al producirse un desajuste entre los ideales establecidos por una sociedad y los medios proporcionados a los ciudadanos para alcanzarlos. Desde mi punto de vista, lo importante para el autor era reorganizar, lo más rápidamente posible, los sistemas normativos para clarificar los límites aceptados a todos los miembros de una sociedad. ¿Es pertinente este concepto en la actualidad, donde los cambios vienen siendo estructurales y no coyunturales? En una sociedad donde la diversidad se ha convertido en su elemento central ¿Hemos establecido nuevas reglas y normas sociales que proporcionen pautas de actuación a los ciudadanos? Comencemos por comprobar si existiera algo nuevo en un sector poblacional concreto: los jóvenes. En la década de los setenta la antropóloga más destacada de su tiempo, Margaret Mead subrayaba «Nuestro pensamiento nos ata todavía al pasado, al mundo tal y como existía en la época de nuestra infancia y juventud, nacidos y criados antes de la revolución electrónica, la mayoría de nosotros no entiende lo que ésta significa. Los jóvenes de la nueva generación, en cambio, se asemejan a los miembros de la primera generación nacida en un país nuevo. Debemos aprender junto con los jóvenes la forma de dar los próximos pasos; pero para proceder así, debemos reubicar el futuro.(.) Ahora bien, para construir una cultura en la que el pasado sea útil y no coactivo, debemos ubicar el futuro entre nosotros, como algo que está aquí listo para lo que nazca porque, de lo contrario, será demasiado tarde». La descripción anterior nos alerta de que, a partir de la emergencia de la sociedad informacional, se origina una ruptura generacional insólita en la historia de la humanidad donde quedan invalidados patrones de comportamiento y se producen cambios profundos en la «naturaleza» del proceso de socialización entre otros (la separación «privado/público» se diluye y se quiebran los filtros que establecen la censura ejercida hasta ese momento por la autoridad paterna en la familia). Uno de los elementos causantes de dicha fractura es la presencia de la TV. En 1.992 el Prof. de Comunicación de la Universidad de New Hampshire (EE.UU) Dr. Joshua Meyrowitz, señalaba «Lo que hay de verdaderamente revolucionario en la televisión es que ella permite a los más jóvenes estar presentes en las interacciones de los adultos (.) Es como si la sociedad entera hubiera tomado la decisión de autorizar a los niños a asistir a las guerras, a los entierros, a los juegos de seducción eróticos, a los interludios sexuales, a las intrigas criminales. La pequeña pantalla les expone a los temas y comportamientos que los adultos se esforzaron por ocultarles durante siglos». También el Prof. Martín Barbero insiste en este aspecto «Mientras la escuela sigue contando bellísimas historias tanto de los padres de la patria como de los del hogar (.), la televisión expone cotidianamente a los niños a la hipocresía y la mentira, al chantaje y la violencia que entreteje la vida cotidiana de los adultos». ¿Podemos extrañarnos de ciertos comportamientos de la juventud, cuando han sido rotos sistemas normativos y valores fundamentales, no habiéndose creado otros?, ¿Podemos seguir desconociendo cómo viven nuestros hijos?, Si no tenemos en cuenta la incertidumbre que vienen originando las transformaciones producidas por la Sociedad Tecnológica-Informacional, como bien nos indica el Dr. Martín Barbero «no habrá posibilidad de formar ciudadanos, y sin ciudadanos no tendremos ni sociedad competitiva en la producción ni sociedad democrática en lo político». Opino lo mismo y reclamaría nuestra implicación para nutrir a la ciudadanía de nuevas normas, principios, valores y regulaciones. Este cometido requiere una cierta urgencia.

La crisis estructural del capitalismo global

Harrys Velásquez

El capitalismo global mejor conocido como globalización, desde el punto de vista económico y político, se presenta con el desarrollo de los mercados financieros globales, y con el crecimiento de las corporaciones nacionales y trasnacionales.

La característica más destacada de la globalización es que permite que los capitales financieros circulen libremente a través de las fronteras nacionales, en contraste con el movimiento de personas que se encuentra fuertemente regulado y restringido.

Bajo la influencia de la globalización, la economía y la política han sufrido grandes trasformaciones. La capacidad de movimiento del capital debilita la capacidad del estado-nación para ejercer el control sobre la economía. “La globalización de los mercados financieros ha hecho que el estado de bienestar surgido después de la II guerra mundial quede obsoleto”. (Soros, 2002, pág. 21)

La transformación no ha sido accidental. “El objetivo de la administración Reagan en Estados Unidos y el gobierno de Thatcher en Reino Unido fue reducir la capacidad del Estado para interferir en la economía”1. La ideología dominante a la Soros llama “fundamentalismo del mercado”, muy bien conocida en Venezuela a partir de los sucesos del 27 de febrero de 1989 como “neoliberalismo”, sostiene que la distribución de los recursos debe dejarse en manos de la dinámica del mismo mercado, ya que cualquier interferencia reduciría la eficiencia de la economía. Esto supone que la iniciativa privada es más eficiente que el Estado a la hora de crear riquezas, y que los Estados tienden a abusar de su poder.

Pero la globalización a pesar de sus “buenas intenciones”2 que insistentemente exponen sus ideólogos, no ha sido todo lo que se esperaba en casi todo un siglo. Mucha gente en los países en vías de desarrollo se ha visto perjudicados con la minimización del papel del Estado en la economía, ya que éste por lo menos tenía que garantizar su seguridad social. La distribución de los recursos, siempre escasos, está desequilibrada a favor de la iniciativa privada y en detrimento de la acción pública colectiva. Además, la crisis del sistema de capital, ahora global, es reiterativa y no coyuntural como se habían presentado en el pasado. Validando por muchas razones, las teorías que destacan la falla del sistema capitalista global como estructural e irreversible, por lo cual hay que buscar alternativas que brinden a la humanidad un sistema más justo y equitativo de la distribución de los recursos.

István Mészáros en su libro “El desafío de la carga del tiempo histórico”, nos dice que el sistema de capital es incapaz de mirar más allá de las perspectivas del corto plazo. Esto trae consigo un triple conjunto de contradicciones a saber: Primero: su incontrolabilidad derivada de de su naturaleza antagonística en su modo de control metabólico social. Segundo: la inacabable dialéctica entre la competencia y el monopolio subyacente en el sistema de capital. Tercero: su incapacidad de integración política a nivel global, muy a pesar de las tendencias económicas globalizadoras, lo cual genera “una profunda aversión a la planificación”. (Mészáros, 2009, pág. 21)

El resultado de todo esto es un máximo despilfarro de los recursos, siempre escasos, y una destrucción sin límites de la naturaleza, una tasa de utilización decreciente, la especulación financiera acentuada, la amenaza latente de una nueva guerra mundial, aunque ahora la conflagración sería nuclear, y la inminencia de un desastre económico global.

La incontrabilidad del capital global

Los elementos constitutivos del sistema de capital: capital monetario, capital mercantil y la producción de mercancías; bajo la forma capitalista burguesa, se impuso como un sistema orgánico. De esa forma, el capital como sistema orgánico, que lo abarca todo, pudo hacerse dominante mediante la producción de mercancías generalizadas, y degradando a los seres humanos al minúsculo papel de meros costos de producción, en forma de “fuerza de trabajo necesaria”. (Mészáros, 2009, pág. 64)

El capital como sistema de control metabólico social, se impuso porque abandonó toda clase de consideración de las necesidades humanas, sujetas a los valores de uso “que no son cuantificables”3, y les impuso el fetiche del valor de cambio, “cuantificable y en expansión constante”.4 Es así como nació la variante del sistema del capital, en forma de capitalismo burgués. Adoptando el modo económico de extracción del plustrabajo como plusvalor. Cuando la circularidad del sistema se consume a plenitud, entonces, el sistema de capital se vuelve permanente y sin alternativa.

Sin embargo, el sistema de capital no puede verse consumado como sistema global en su forma propiamente capitalista, es decir, a pesar de la idea de mantener al Estado a raya de la dinámica del mercado, dejando solo a “la mano invisible” (Smith, 2000) corregir los desequilibrios que se generan en el sistema, éste no puede garantizar la expansión del capital a escala global sin la intervención del Estado de una u otra forma.

El sistema en todas sus fases está y seguirá estando orientado hacia la expansión y la acumulación, no siendo una prioridad la satisfacción de las necesidades humanas, sino al servicio de la preservación del sistema mismo. El sistema de capital es antagonístico debido a la subordinación estructural jerárquica del trabajo al capital, que usurpa siempre el poder de tomar decisiones. El antagonismo es estructural, por lo cual el sistema de capital es incontrolable e irreformable.

La dialéctica entre la competencia y el monopolio

El desarrollo del capitalismo se ha basado en un incremento formidable de la industria y en la concentración de la producción de las empresas. Así, de una forma dialéctica, la libre competencia se transforma, gracias a la intensa lucha por los beneficios, en un proceso de monopolización.

Este fenómeno de concentración y monopolio que se desarrolló a lo largo del siglo XX, es en esencia un gran proceso de socialización de la producción, de los inventos y del perfeccionamiento tecnológico, se sustentó bajo la forma privada de la propiedad y de los medios sociales de la producción.

Los medios a los que recurren los monopolios para garantizar su primacía en los mercados, pasa por el control de las materias primas, los costos salariales de la fuerza de trabajo, la concentración de los medios de transporte, la imposición a los compradores de relaciones comerciales exclusivas, la utilización privilegiada de créditos, la declaración de boicot, entre otros. Por supuesto que los monopolios responden a los intereses de las burguesías nacionales que representan. Así, las intervenciones imperialistas tienen como motor la defensa de los intereses económicos y estratégicos de los monopolios. De esta forma, el Estado capitalista y los gobiernos pasan directamente a representar los intereses de las grandes corporaciones.

Se supone que los monopolios suprimirían las sucesivas crisis del sistema de capital, pero en la práctica, como lo demuestran los hechos del siglo XX y lo que va del siglo XXI, los monopolios no hacen más que agravar el caos propio de la producción capitalista e intensifica la lucha por los mercados, para lo cual cuentan con el respaldo militar y diplomático de los respectivos estados y gobiernos que representan los monopolios en disputa.

En el proceso de monopolización del capitalismo, los bancos son preponderantes ya que disponen de todo el capital monetario de los grandes, medianos y pequeños capitalistas, y de una gran parte de los medios de producción y fuentes de materias primas de muchos países. En las condiciones neoliberales, muchos monopolios públicos, como se pretendía hacer con PDVSA, se encargan de suministrar a bajo precio la materia prima, energía y transporte a las empresas capitalistas privadas, que no realizan las inversiones necesarias para el funcionamiento en condiciones óptimas. Una vez que estos sectores estratégicos se han transformado en mercados atractivos para hacer dinero, gracias a la inversión de los recursos públicos, los gobiernos burgueses se los venden a los monopolios encabezados por los grandes bancos, es decir, se socializa la inversión pero se privatizan las ganancias. De esta forma los monopolios capitalistas se convierten en la dominante oligarquía financiera.

Mientras que en los auges de períodos económicos los beneficios del capital financiero son astronómicos, durante las épocas recesivas los minúsculos ahorradores sufren la caída de sus acciones, pierden sus capitales y muchas empresas se arruinan. Mientras, los grandes bancos hacen negocios adquiriendo las arruinadas empresas a precios de gallina flaca, fusionándola con sus negocios o haciéndola desaparecer para tener un control total del mercado.

La incapacidad de la integración política global del sistema de capital

“Dada la determinación interna centrífuga de sus partes constitutivas” (Mészáros, 2009, pág. 68), el sistema de capital sólo podía hallar una dimensión cohesiva bajo la tutela de los estados-nación, ya que ellos representan la estructura de mando política del capital. Debemos recordar que la formación del estado-nación, surgió estrechamente ligado al capitalismo y el mercado global. La infancia del mercado mundial se asocia a la acumulación originaria que impulsa la transición hacia el capitalismo, mientras en lo político está ligada a los estados nacionales.

Apoyados en el reanimamiento económico del siglo XV, las monarquías fomentaron la constitución de un nuevo tipo de Estado, basado en la delimitación de fronteras nacionales, el reforzamiento del poder central, la supresión del feudalismo, y la construcción de un aparato militar y diplomático debidamente financiado por los impuestos. En la transición hacia el capitalismo, el Estado absoluto configura el mercado mundial. Más tarde, con la revolución industrial del siglo XVIII y la primera parte del siglo XIX, los poderes dominantes cambian la dinámica del mercado global a una segunda etapa de su evolución. La atención se fija ahora en la división internacional del trabajo, surge entonces el Estado liberal sustentado en la doctrina de “la mano invisible”, (Smith, 2000) y el respeto a los derechos individuales.

El estado liberal del siglo XIX se caracterizó por llevar a cabo una tajante división entre el estado y la economía, despolitizando las relaciones económicas mediante la separación de la sociedad civil o “productores” y la sociedad política. La constitución de estados nacionales vinculados al proceso de industrialización tardía, parece influir en el paso a un tercer estadio de la evolución del mercado mundial.

Sin embargo, el hecho de que la dimensión cohesiva estuviese articulada por los estados nacionales, los cuales estaban muy lejos de ser benevolentes y armoniosos entre sí, es decir, siempre en condiciones de juego de poder, significó que la realidad del estado estuviese cargada de múltiples contingencias:

Primero: la destrucción que generan las contiendas bélicas se han vuelto prohibitivas, privando a los estados nacionales a ser una opción final en la resolución de los antagonismos internacionales que aparecen en forma de guerras mundiales. Segundo: El fin del ascenso histórico del capital ha puesto en evidencia el carácter despilfarrador y destructor del sistema también en el plano de la producción, intensificando la necesidad de garantizar las nuevas salidas para los bienes del capital a través de la dominación hegemónica imperialista, tal cual lo ha declarado abiertamente los Estados Unidos con la excusa de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001y la formación de su nueva doctrina de seguridad nacional que se fundamenta en la guerra preventiva. Tercero: porque la contradicción entre la voluntad irrefrenablemente expansionista del capital, con la tendencia a la integración total global y las formaciones de estados nacionales competidoras, se han puesto de manifiesto en forma clara, “afianzando no sólo la destructividad del sistema sino también su incontrolabilidad”. (Mészáros, 2009, pág. 69)

El sistema de capital se ha desplazado siempre e inexorablemente hacia la globalización, porque dada la irrefrenabilidad de sus partes constitutiva no había otra forma de completarse a sí mismo exitosamente de manera distinta a la de un sistema global que lo abarque todo. Es ahí donde se hace claramente visible una gran contradicción. Porque si bien el capital tiende en su articulación productiva, en nuestros días, a través de la acción de las corporaciones nacionales y trasnacionales gigantes, hacia una integración dirigida hacia la globalización, la configuración vital del capital global está carente de una figura cohesiva representada en un estado global.

Es eso precisamente lo que contradice la determinación intrínseca del sistema mismo como inexorablemente global. El estado global faltante del sistema de capital, demuestra la incapacidad del capital para llevar a la conclusión definitiva de la lógica irrefrenabilidad del sistema. En estas circunstancias, las expectativas optimistas de la globalización desaparecen, aunque no así “la necesidad de lograr una integración verdaderamente global de los intercambios productivos humanos”. (Mészáros, 2009, pág. 70)

Referencias bibliográficas

Mészáros, I. (2009). El desafío de la carga del tiempo histórico. Caracas: Vadell Hermanos Editores, C.A.

Smith, A. (2000). Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. México: Fondo de Cultura Económica.

Soros, G. (2002). GLOBALIZACIÓN. Barcelona: Planeta, S.A.

harrys_velasquez@hotmail.com

«La globalización ha hecho que millones de personas salgan de la pobreza»

PABLO TUÑÓN

Internet, la telefonía móvil, televisión… Hay numerosos avances tecnológicos y todos tienen mucho que aportar a la sociedad. Aprovechar el potencial de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) para el desarrollo mundial equitativo es el centro de la lucha de la Global Knowledge Partnership (GKP), una alianza formada por organizaciones de todo el globo terráqueo. Su comité ejecutivo, cuyo presidente es Naimur Rahman (India, 1965), se reúne dos veces al año, y en esta ocasión se ha elegido el parque Científico y Tecnológico de Gijón como marco del encuentro. Allí se encuentra la sede de la Fundación CTIC, único miembro español del comité. «En esta reunión estamos considerando crear iniciativas de carácter mundial que surgen del trabajo de las organizaciones miembros de la red», explica Rahman.

-¿Cómo pueden ayudar las TIC al desarrollo justo del mundo?

-Las TIC pueden ser vistas como un instrumento que ayuda a responder a los retos del desarrollo. Se pueden enumerar muchos buenos ejemplos de cómo las TIC están resolviendo esos retos, que vienen de las respuestas que nuestros miembros dan en África, gran parte de Asia y Latinoamérica. Las tecnologías pueden ser utilizadas para compartir noticias e información que las personas utilizan para tomar decisiones. Por ejemplo, en Irán, cuando hubo protestas por la situación política el año pasado, las personas compartían noticias y fotografías tomadas por sus teléfonos móviles para llevar la información a otras personas.

-Pero hay quiénes piensan que las tecnologías están dividiendo el mundo cada vez más en países pobres y ricos…

-Somos muy conscientes de que las tecnologías pueden crear brechas adicionales, además de la brecha digital que ya existía. Pero al mismo tiempo, las organizaciones han podido identificar que las tecnologías también crean oportunidades digitales. Y este tipo de oportunidades digitales tienen tanta importancia como la discusión sobre las brechas digitales. Ahí, en las oportunidades, debería de estar centrada la discusión.

-¿Pero las TIC están correctamente enfocadas para crear oportunidades y no brechas?

-Voy a poner un ejemplo de mi país, India. Hay agricultores pobres que tiene problemas con sus cultivos y, si tienen un teléfono móvil, pueden identificarlo y sacar una foto y enviárselo a un experto que está a 200 kilómetros para recibir asesoramiento. También en India, y en otros países como Bagladesh, los pescadores que tienen teléfonos móviles pueden recibir información en alta mar sobre los precios del pescado y poder dirigirse al puerto en el que mejor le paguen. Somos conscientes de que si la tecnología no es utilizada correctamente puede originar brechas. Y por eso desde GKP asesoramos a las organizaciones y a la sociedad para utilizar las TIC de la mejor forma.

-Las TIC tienen mucho que ver con la globalización. ¿Qué le diría a los que se oponen a ella?

-Evidentemente hay ejemplos negativos de los efectos de la globalización. Pero, aún teniendo eso en cuenta, la globalización es un proceso que ha sucedido y que ha permitido a través del crecimiento económico que millones de personas salgan de la pobreza.

-¿Es internet un derecho universal?

-Es una cuestión muy interesante. El conocimiento y la información son un derecho básico. Internet, como importante contenedor y transmisor de ese bien, sería por tanto una positiva infraestructura pública para hacer posible ese derecho universal al conocimiento y a la información. Pero en los países en vías de desarrollo puede ser que hasta un 90% de las personas no tengan acceso a internet y, por tanto, a esa información. Entonces sí, lo mejor es que internet fuese un derecho para todas las personas.

-India es uno de los países más emergentes. ¿Cómo es la situación tecnológica de su país?

-Siempre digo que India es un país de contrastes. Así como puedes encontrar los mejores ejemplos de desarrollo e innovación tecnológica en ciertos lugares, en muchos sectores están en un proceso de tratar de alcanzar a esas tecnologías. Hay tremendos contrastes que se deben solucionar.

«India es un país de contrastes: hay grandes desarrollos e innovaciones tecnológicas en ciertos lugares, pero en muchos sectores están por detrás»

«Internet es un derecho universal, ya que contiene y transmite información y conocimiento»

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