¿Cuarenta y siete por ciento de extrema pobreza?

Por: Segisfredo Infante

Una alta funcionaria de la “CEPAL”, vinculada a las estructuras del proyecto “Objetivos del Milenio” declaró públicamente, en un programa de televisión internacional, que el nivel de extrema pobreza en Honduras anda por arriba del cuarenta y siete por ciento. Este sólo dato ha venido a evidenciar las mentiras y los manipuleos estadísticos internos en donde nos han pretendido engañar, en lo que va de la última década, respecto de una supuesta disminución de la pobreza extrema lugareña. La funcionaria remarcó que en otros países de América Latina como Brasil, Chile y México, las situaciones han mejorado un poco. ¿O estaría mintiendo esta importante funcionaria de la “CEPAL”?. No lo sabemos.

Este hecho del manipuleo estadístico deliberado recuerda la experiencia de los subalternos de Joseph Stalin que alteraban, positivamente, los resultados de las cifras de los famosos planes quinquenales, con el objeto exclusivo de engordarle los ojos al supremo dictador de la ex–Unión Soviética, porque de lo contrario aquellos que eran sinceros corrían el riego de ser fusilados al instante (sin ningún juicio sumario, o con pantomimas de juicio teatral espantoso como el que le organizaron a Bujarin) o de ir a parar con sus huesos a los campos de concentración siberianos. En todo caso, unos y otros estaban auto-engañándose y socavando, hacia el futuro, la economía del poderoso Estado socialista militar soviético, cuya situación doméstica terminó derrumbándose –a finales de los años ochentas de la pasada centuria– como si se tratara de un gigantesco castillo de naipes agrarios. 

Además del cuarenta y siete por ciento (casi el cuarenta y ocho) de extrema pobreza, algunos datos estadísticos del “INE” (más o menos correctos) llevan a la conclusión que en Honduras existen tres millones de personas –en edad laboral activa— que se encuentran desempleadas o, en el mejor de los casos, “subempleadas”. Esta cifra es interesantísima si se toma en cuenta que en España, en este preciso momento histórico, tanto el gobierno como los opositores políticos se encuentran desesperados, casi horrorizados, con cuatro millones de personas “paradas” o desempleadas.  No digamos en Estados Unidos de Norte América –la mayor potencia industrial del mundo–, en donde todos los sectores se hallan altamente preocupados por el hecho de registrar catorce millones de individuos desempleados experimentando una ligera caída, en este mes de julio, respecto de la creación o recepción de nuevos empleos. Hasta ya se menciona una “doble recesión”. 

Estamos hablando, para que lo lea el actual presidente de la República y algunos importantes dirigentes políticos y económicos de Honduras, de una peligrosa bomba social que requiere de urgentísimas medidas económicas, políticas y sociales, encaminadas a resolver problemas de instantáneo “salvamento”. De lo contrario tendremos muchísimas personas hambrientas, desgarradas y desempleadas, marchando por las calles de ciudades y  aldeas exigiendo un poco de pan y tortilla; o buscando la forma de tomarse los palacios de verano de las familias pudientes del país. Por supuesto que comprendemos –en tanto que estamos bien informados–, que las finanzas del Estado de Honduras están descalabradas más allá de lo imaginable. Y que “Pepe” Lobo Sosa se mueve en la encrucijada de lo posible, de lo real y de lo improbable, sobre todo por las corrientes subterráneas ligadas al negocio de cierto petróleo “suramericano” de mala calidad internacional, situación que es aprovechada al máximo por aquellos que lo único que les interesa en este mundo es avanzar sobre los territorios vulnerables de Honduras, sin importar para nada las desgracias económicas concretas tanto del sector público como del sector privado. Entre más debilitado se encuentre el gobierno, más lacerado el Estado y más miserable la población de nuestro país, mucho mejor para aquellos que desde afuera presionan al actual presidente; y sobre todo para los individuos honorables que piensan que se están creando “las condiciones objetivas y subjetivas” de asalto definitivo al poder.

Porfirio Lobo debe comprender, de una vez y para siempre, que habrá de ser poco menos que imposible conciliar a todos los bandos en pugna (algunos antagónicos) en torno del tema de las estructuras del poder público. Que en este delicado asunto podría correr el riesgo de consumir los tres años y medio de gobierno que le quedan. La alternativa más realista es ponerse a trabajar de inmediato con todos los sectores inteligentes y desprejuiciados que deseen hacerlo, en función de recuperar a la velocidad del sonido los territorios económicos, microeconómicos y financieros que se han perdido. Habría que comenzar a buscar un nuevo socio económico estratégico de alto nivel internacional, sin alejarse, para nada, ni un solo centímetro, de los Estados Unidos de América. Queremos, eso sí, un nuevo socio con inversiones archimillonarias. No con migajas, como ha venido sucediendo hasta ahora. Pero, que a nadie se le ocurra que estamos sugiriendo al desastroso gobierno de Venezuela. Mucho menos al de Irán

La Cepal confía en que América Latina alcance los Objetivos del Milenio

Naciones Unidas, 1 jul (EFE).- América Latina y el Caribe está en camino de alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) en 2015, aunque algunos países siguen rezagados y en ciertas metas hay mucha distancia todavía por recorrer, aseguró hoy en un informe la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

El documento, presentado en la sede de las Naciones Unidas, reafirma el progreso logrado en el conjunto de la región a lo largo de la última década en materia de reducción de pobreza y hambre, que se atribuye fundamentalmente a un crecimiento económico sostenido y la redistribución de la riqueza mediante políticas sociales.

El índice de pobreza extrema regional ha descendido del 22,5% registrado en 1990, que es el punto de partida para medir el progreso de los ODM, al 13,7% en 2009, según la Cepal.

Ello se traduce en que hay 17 millones menos de latinoamericanos que viven en la indigencia comparado con hace 25 años.

“La primera conclusión es que es posible alcanzar las metas en 2015, desde el punto de vista de la región. Los indicadores así lo revelan”, aseguró a Efe el secretario ejecutivo adjunto de la Cepal, Antonio Prado.

Al mismo tiempo, advirtió que el progreso es geográficamente desigual y algunos países “necesitarán un esfuerzo mayor”, como por ejemplo los centroamericanos y los caribeños.

El economista brasileño resaltó que la crisis económica global también ha frenado la lucha contra la pobreza en América Latina, hasta el punto de que 5 millones de personas volvieron a caer en la pobreza extrema en 2009 comparado con 2008.

De todas formas, la región ha resistido mejor que otras los embates de las turbulencias financieras internacionales y Prado aconsejó a los gobiernos que eviten caer en la tentación de aplicar políticas de ajuste.

“No se pueden abandonar los incentivos, los gastos sociales y todo ese tipo de esfuerzos, ya que es la forma de mantener el progreso en la dirección correcta”, indicó.

En ese aspecto, el informe subraya que la sustancial reducción de la pobreza y la pobreza extrema experimentada entre 2002 y 2008 se debe en gran parte a la mejora de la distribución de la renta, una de las tradicionales asignaturas pendientes en una región marcada por las desigualdades.

El secretario ejecutivo adjunto de la Cepal también se mostró preocupado por las escasas y volátiles mejoras en la productividad laboral de la región, que se considera una condición imprescindible para profundizar la distribución de los ingresos.

“Las tasas de inversión son bajas, eso explica la falta de progreso en la productividad, porque es necesario hacer inversiones en nuevas tecnologías, equipos y formas de producción”, explicó.

En cuanto a la situación del hambre, el informe asegura que América Latina y el Caribe produce un 40% más de alimentos de los que necesita, pero todavía hay 45 millones de sus habitantes que tienen graves dificultades para alimentarse.

Pese a ello, se ha conseguido en la mayor parte de los países avanzar considerablemente en la erradicación de la malnutrición infantil, por lo que se está en camino de reducir a la mitad para 2015 los índices de 1990, según la Cepal.

Otro objetivo que se está en “muy buena posición” de alcanzar es el acceso a la enseñanza primaria, aunque persisten las dificultades en los países centroamericanos para asegurar la universalidad.

Asimismo, los autores del estudio son optimistas de cara a la consecución del objetivo de reducir en dos tercios la mortalidad infantil, que entre 1990 y 2009 disminuyó en un 52,3%.

En cambio, se sienten más pesimistas en cuanto a la mortalidad maternal, ya que el avance en este terrenos ha sido escaso y queda mucho trecho por recorrer para lograr la meta de disminuir en dos tercios las muertes durante el embarazo o el parto.

“Es una cuestión de llevar a cabo las políticas públicas necesarias, como que se presente atención médica en los partos, y es preocupante que sea la más difícil de alcanzar”, observó Prado.

Mapa de la pobreza en América latina

En América latina hay 80 millones de niños que viven en situación de pobreza. De ese total, el 17,9 por ciento habita en condiciones de pobreza extrema (32 millones). Los datos surgen de un informe elaborado por la Cepal y Unicef cuyas conclusiones preliminares acaban de ser presentadas. Allí se establece que de 18 países de la región, la Argentina ocupa el tercer lugar en cuanto a calidad de vida de los niños pobres, detrás de Uruguay y Costa Rica. Más abajo aparecen Colombia, Brasil, México, Perú, Bolivia y Honduras, entre otros. El parámetro que se utiliza no es sólo el de ingresos, sino también las posibilidades de acceso a servicios básicos como educación, salud, agua potable, alimentación e información.

“Los gobiernos que han mejorado mucho son Uruguay, Costa Rica y Argentina. Nuestros indicadores dan cuenta de políticas de largo plazo. Si los niños tienen un mejor acceso a la salud, se enfermarán menos, podrán alimentarse mejor y tendrán más oportunidades de aprender durante su paso por la escuela”, indicó a Página/12 Enrique Delamónica, asesor en política social y económica de Unicef.

En 2005, Unicef estableció una definición de pobreza: “Los niños y niñas pobres son los que sufren una privación de los recursos materiales, espirituales y emocionales necesarios para sobrevivir, desarrollarse y prosperar”. Esta aproximación a la pobreza infantil permite entender el fenómeno de manera integral, no sólo limitado a la cuestión de los ingresos.

La Cepal y Unicef elaboraron el informe “La pobreza infantil: un desafío prioritario” –cuyo resultado final será publicado en aproximadamente dos meses–, el cual midió los niveles de pobreza de los niños de América latina. Los mejores ubicados fueron Costa Rica, con un 20,5 por ciento de su población infantil en la pobreza; Uruguay (23,9 por ciento) y en tercer lugar Argentina (28,7). Si bien son números altos, contrastan con los resultados de otros países de la región. A la cabeza de la lista figuran El Salvador (86,8 por ciento), Guatemala (79,7), Bolivia (77), Perú (73), México (40) y Colombia (38,5). Cuba no aparece en el informe.

El trabajo elaborado por estos dos organismos pretende ofrecer herramientas para que los países puedan medir correctamente la pobreza. Por eso destacan que no sólo hay que tomar en cuenta los indicadores de salario o los datos de la inflación y el costo de la canasta básica, como ocurre en la Argentina con la medición del Indec. Las autoridades del organismo están trabajando en modificar el indicador de pobreza por ese mismo motivo. El índice actual, que toma como registro las líneas de pobreza e indigencia, fue constituido en la década del ’90, bajo la influencia de Domingo Cavallo.

“Los padres pueden tener ingresos por debajo de la línea de pobreza, pero gracias a las políticas públicas sobre educación, salud, alimentación, los niños no sufren una condición de pobreza infantil, entendida por la pérdida de derechos esenciales”, explicó Delamónica.

Los datos para este informe fueron recabados entre 2006 y 2007. A pesar de esta aparente desactualización, los técnicos de Unicef y la Cepal explicaron a este diario que las investigaciones que toman servicios básicos como indicadores cambian en períodos mayores a tres años, mientras que los indicadores que toman solamente ingresos sí se actualizan mensualmente. Esta diferenciación no es menor, sobre todo en un país donde sus estadísticas públicas están bajo sospecha y cualquier consultora dice tener la capacidad para medir los niveles reales de pobreza.

Por ejemplo, el director de Red Solidaria, Juan Carr, señaló en los últimos días que si bien no cuestiona la existencia de la pobreza, reconoce que “el hambre sigue bajando en el país desde hace ocho años, gracias a la acción del Estado y otras instituciones”.

“La existencia de privaciones severas o moderadas que afecten a la población infantil son superables a partir de una mayor intervención directa de los Estados –en salud y educación– e indirecta, mediante el aumento de los ingresos del hogar, ya sea por la creación de empleo o las transferencias monetarias (si bien no se aclara en el informe, éste sería el caso de la Asignación Universal por Hijo). La inversión social y el gasto público para la infancia no sólo deben incrementarse para mejorar las condiciones de vida de los chicos, sino también para promover un desarrollo más inclusivo e igualitario”, destaca el informe de Cepal-Unicef.

Cómo acabar (de una vez por todas) con la pobreza

Paul Collier, autor de El club de la miseria

Qué pueden hacer los ciudadanos de los países ricos para ayudar a erradicar la pobreza? Paul Collier ha escrito un libro para responder a esta pregunta, y lo hace con ánimo didáctico, pragmático y provocador al mismo tiempo. El autor de El club de la miseria compara el desafío de eliminar el problema con la reconstrucción de Europa tras la II Guerra Mundial. Es, por lo tanto, una tarea difícil, pero no imposible. Para este catedrático de Economía de Oxford, la ayuda económica directa es sólo parte de la solución; los intercambios comerciales, la seguridad y el buen gobierno son, en su opinión, instrumentos mucho más eficaces. La opinión pública de los países ricos, sostiene Collier, debe presionar a sus gobernantes para que se comprometan de verdad con el objetivo. “Cuando los ciudadanos aporten masa crítica, los políticos prestarán atención”, afirma.

El club de la miseria es un esfuerzo por construir esa masa crítica, un llamamiento a la acción no sólo de los gobiernos, sino del ciudadano de a pie. Con un lenguaje sencillo y directo, Collier explica cómo es posible que tanta gente siga siendo tan pobre a pesar de un crecimiento económico sin precedentes como el vivido en las últimas décadas y de las enormes cantidades de ayuda que reciben los países más necesitados.

La pobreza, sostiene el economista británico, disminuye a gran velocidad en buena parte del mundo. El 80% de la población ha conseguido dejarla atrás o está en camino, pero hay todavía mil millones de personas que viven atrapadas en un agujero negro del que no logran salir (el título original en inglés del libro es The bottom billion). ”No es que muchos de estos países se estén quedando descolgados”, escribe Collier, “es que están yéndose a pique”. La mayoría de ellos son africanos, pero también quedan restos de pobreza extrema en lugares como Bolivia, Camboya, Corea del Norte, Haití, Laos, Mianmar, Timor Este y Yemen.

“La gran diferencia entre los pobres de África y los pobres de China o India es que en estos dos países los padres tienen la esperanza fundada de que sus hijos crezcan en una sociedad transformada, próspera e integrada en el mundo”, subraya el autor, que visitó recientemente España para dar sendas conferencias en los CaixaForum de Madrid y Barcelona. Collier recuerda que en Europa sólo hace falta retroceder dos generaciones para encontrar una situación similar. “Mis padres y mis abuelos eran pobres, pero tenían la esperanza de que la siguiente generación creciera en una situación distinta, como así ha sido”, dice este hijo de carnicero de Sheffield (Inglaterra).

A diferencia de la mayoría de los países en desarrollo, Collier sostiene que los llamados Estados fallidos son víctimas de cuatro trampas que les impiden ver la luz al final del túnel: las guerras civiles, la falta de salida al mar, el mal gobierno y la excesiva dependencia de la extracción de recursos naturales. “Son problemas que pueden arreglarse una vez que tengamos el diagnóstico correcto y pensemos en qué instrumentos utilizamos para arreglarlos, en lugar de hacer gestos teatrales que lo único que muestran es lo mucho que nos importa el problema, pero no lo efectivos que podemos ser”, dice Collier. “Esa política de gestos es la que practican los políticos que viajan a África, se hacen la foto besando a un niño y reparten grandes cantidades de ayuda a la hora de volver”.

Una analogía que Collier maneja con frecuencia es el empeño estadounidense por reconstruir Europa tras la II Guerra Mundial. Al terminar la contienda, explica el profesor, la amenaza del expansionismo soviético no dejó a Estados Unidos más remedio que implicarse en el Viejo Continente. Para facilitar los intercambios comerciales y estimular el crecimiento económico europeo, Washington puso fin a su política proteccionista anterior a la guerra con la puesta en marcha del Plan Marshall y la creación del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), precursor de la actual Organización Mundial del Comercio (OMC). Además, dejó de ser un país políticamente aislado al impulsar el nacimiento de instituciones como la ONU, la OCDE, el FMI…

Lo que necesitan ya los mil millones de abajo, afirma Collier, es un plan de rescate que cuente con el apoyo firme del G-8, el club de los países más ricos del mundo más Rusia. Los países más pobres requieren un trato preferente a sus exportaciones, leyes contra la corrupción y normas internacionales que faciliten su integración en la economía mundial. El autor de El club de la miseria cree que hay razones para ser optimistas. “España ha tardado más de medio siglo en pasar de la pobreza a la prosperidad”, afirma. “¿Por qué no puede hacer lo mismo gente que vive justo al otro lado del mar?”.

Collier, de 58 años, ha dedicado buena parte de su vida a luchar contra la pobreza. Entre 1998 y 2003 trabajó en el Banco Mundial a las órdenes de su amigo Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía en 2001. Director del Centro para el Estudio de las Economías Africanas de la Universidad de Oxford, no toma partido ni por los defensores de la globalización ni por sus detractores. Recela de las actitudes tradicionales de la derecha y la izquierda occidentales y considera esencial formar una amplia alianza para lograr un cambio real y sostenido de la política occidental hacia los países más pobres. “La izquierda tendrá que darse cuenta de que los métodos que tradicionalmente ha rechazado, como la intervención militar, el comercio y la estimulación del crecimiento, son herramientas fundamentales para alcanzar los objetivos que siempre ha perseguido”, señala. “La derecha deberá entender que el problema de los países más míseros no se corrige sólo con el crecimiento global, como pasa con la pobreza en términos globales, y que si este problema se desatiende ahora, nuestros hijos vivirán en un mundo de seguridad infernal”.

En opinión de Collier, los países más pobres deben reducir su dependencia de la ayuda internacional y ser ellos mismos los que emprendan, desde dentro, los cambios. “Necesitan muchas reformas económicas y gobiernos mucho mejores”, dice. “Tienen que gastar el dinero de manera honrada y eficiente, sobre todo eficiente”. En todos esos países, señala Collier, hay gente honrada que intenta propiciar esos cambios, pero casi siempre salen perdiendo. Pone el ejemplo de Zimbabue, donde el presidente, Robert Mugabe, se aferra al poder con uñas y dientes. “En Zimbabue hay gente valiente luchando contra una banda de ladrones, pero los ladrones casi siempre ganan, porque tienen el dinero. Nuestra misión es ayudar a cambiar la situación. Tenemos mucho poder y podemos hacerlo”.

Occidente, dice Collier, debe afrontar el problema de la pobreza mundial con una mezcla de compasión e interés propio. “La compasión nos da la energía para arrancar, mientras que el interés propio ayuda a sostener durante un buen tiempo las medidas que hacen falta”. El autor de El club de la miseria opina que a Occidente no le interesa un mundo con mil millones de marginados. “El mundo será un lugar mucho más peligroso si no logramos integrarlos”, sostiene. “Así surgen países como Somalia”.

Collier cita Botsuana como ejemplo de éxito: “Ha tenido buen gobierno y buen liderazgo. Ha sabido utilizar bien el dinero de los diamantes y ha experimentado el crecimiento más rápido del mundo en renta per cápita en las últimas décadas”.

Una de las ideas más provocadoras del libro es la de intervenir militarmente en los países atrapados en la miseria. Su autor pone como ejemplo la intervención del Reino Unido en Sierra Leona, que puso fin a una cruenta guerra civil. Collier es consciente de que, tras la triste experiencia de Irak, no va a ser fácil conseguir el apoyo de la opinión pública para una medida como ésta. Recomienda intervenciones militares puntuales en pequeños países dominados por gobernantes corruptos. En muchas ocasiones, asegura, son bien recibidas por la población y a veces marcan la diferencia entre la guerra y la paz, entre la pobreza y la prosperidad. -

Cómo acabar (de una vez por todas) con la pobreza

Paul Collier, autor de El club de la miseria

Qué pueden hacer los ciudadanos de los países ricos para ayudar a erradicar la pobreza? Paul Collier ha escrito un libro para responder a esta pregunta, y lo hace con ánimo didáctico, pragmático y provocador al mismo tiempo. El autor de El club de la miseria compara el desafío de eliminar el problema con la reconstrucción de Europa tras la II Guerra Mundial. Es, por lo tanto, una tarea difícil, pero no imposible. Para este catedrático de Economía de Oxford, la ayuda económica directa es sólo parte de la solución; los intercambios comerciales, la seguridad y el buen gobierno son, en su opinión, instrumentos mucho más eficaces. La opinión pública de los países ricos, sostiene Collier, debe presionar a sus gobernantes para que se comprometan de verdad con el objetivo. “Cuando los ciudadanos aporten masa crítica, los políticos prestarán atención”, afirma.

El club de la miseria es un esfuerzo por construir esa masa crítica, un llamamiento a la acción no sólo de los gobiernos, sino del ciudadano de a pie. Con un lenguaje sencillo y directo, Collier explica cómo es posible que tanta gente siga siendo tan pobre a pesar de un crecimiento económico sin precedentes como el vivido en las últimas décadas y de las enormes cantidades de ayuda que reciben los países más necesitados.

La pobreza, sostiene el economista británico, disminuye a gran velocidad en buena parte del mundo. El 80% de la población ha conseguido dejarla atrás o está en camino, pero hay todavía mil millones de personas que viven atrapadas en un agujero negro del que no logran salir (el título original en inglés del libro es The bottom billion). “No es que muchos de estos países se estén quedando descolgados”, escribe Collier, “es que están yéndose a pique”. La mayoría de ellos son africanos, pero también quedan restos de pobreza extrema en lugares como Bolivia, Camboya, Corea del Norte, Haití, Laos, Mianmar, Timor Este y Yemen.

“La gran diferencia entre los pobres de África y los pobres de China o India es que en estos dos países los padres tienen la esperanza fundada de que sus hijos crezcan en una sociedad transformada, próspera e integrada en el mundo”, subraya el autor, que visitó recientemente España para dar sendas conferencias en los CaixaForum de Madrid y Barcelona. Collier recuerda que en Europa sólo hace falta retroceder dos generaciones para encontrar una situación similar. “Mis padres y mis abuelos eran pobres, pero tenían la esperanza de que la siguiente generación creciera en una situación distinta, como así ha sido”, dice este hijo de carnicero de Sheffield (Inglaterra).

A diferencia de la mayoría de los países en desarrollo, Collier sostiene que los llamados Estados fallidos son víctimas de cuatro trampas que les impiden ver la luz al final del túnel: las guerras civiles, la falta de salida al mar, el mal gobierno y la excesiva dependencia de la extracción de recursos naturales. “Son problemas que pueden arreglarse una vez que tengamos el diagnóstico correcto y pensemos en qué instrumentos utilizamos para arreglarlos, en lugar de hacer gestos teatrales que lo único que muestran es lo mucho que nos importa el problema, pero no lo efectivos que podemos ser”, dice Collier. “Esa política de gestos es la que practican los políticos que viajan a África, se hacen la foto besando a un niño y reparten grandes cantidades de ayuda a la hora de volver”.

Una analogía que Collier maneja con frecuencia es el empeño estadounidense por reconstruir Europa tras la II Guerra Mundial. Al terminar la contienda, explica el profesor, la amenaza del expansionismo soviético no dejó a Estados Unidos más remedio que implicarse en el Viejo Continente. Para facilitar los intercambios comerciales y estimular el crecimiento económico europeo, Washington puso fin a su política proteccionista anterior a la guerra con la puesta en marcha del Plan Marshall y la creación del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), precursor de la actual Organización Mundial del Comercio (OMC). Además, dejó de ser un país políticamente aislado al impulsar el nacimiento de instituciones como la ONU, la OCDE, el FMI…

Lo que necesitan ya los mil millones de abajo, afirma Collier, es un plan de rescate que cuente con el apoyo firme del G-8, el club de los países más ricos del mundo más Rusia. Los países más pobres requieren un trato preferente a sus exportaciones, leyes contra la corrupción y normas internacionales que faciliten su integración en la economía mundial. El autor de El club de la miseria cree que hay razones para ser optimistas. “España ha tardado más de medio siglo en pasar de la pobreza a la prosperidad”, afirma. “¿Por qué no puede hacer lo mismo gente que vive justo al otro lado del mar?”.

Collier, de 58 años, ha dedicado buena parte de su vida a luchar contra la pobreza. Entre 1998 y 2003 trabajó en el Banco Mundial a las órdenes de su amigo Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía en 2001. Director del Centro para el Estudio de las Economías Africanas de la Universidad de Oxford, no toma partido ni por los defensores de la globalización ni por sus detractores. Recela de las actitudes tradicionales de la derecha y la izquierda occidentales y considera esencial formar una amplia alianza para lograr un cambio real y sostenido de la política occidental hacia los países más pobres. “La izquierda tendrá que darse cuenta de que los métodos que tradicionalmente ha rechazado, como la intervención militar, el comercio y la estimulación del crecimiento, son herramientas fundamentales para alcanzar los objetivos que siempre ha perseguido”, señala. “La derecha deberá entender que el problema de los países más míseros no se corrige sólo con el crecimiento global, como pasa con la pobreza en términos globales, y que si este problema se desatiende ahora, nuestros hijos vivirán en un mundo de seguridad infernal”.

En opinión de Collier, los países más pobres deben reducir su dependencia de la ayuda internacional y ser ellos mismos los que emprendan, desde dentro, los cambios. “Necesitan muchas reformas económicas y gobiernos mucho mejores”, dice. “Tienen que gastar el dinero de manera honrada y eficiente, sobre todo eficiente”. En todos esos países, señala Collier, hay gente honrada que intenta propiciar esos cambios, pero casi siempre salen perdiendo. Pone el ejemplo de Zimbabue, donde el presidente, Robert Mugabe, se aferra al poder con uñas y dientes. “En Zimbabue hay gente valiente luchando contra una banda de ladrones, pero los ladrones casi siempre ganan, porque tienen el dinero. Nuestra misión es ayudar a cambiar la situación. Tenemos mucho poder y podemos hacerlo”.

Occidente, dice Collier, debe afrontar el problema de la pobreza mundial con una mezcla de compasión e interés propio. “La compasión nos da la energía para arrancar, mientras que el interés propio ayuda a sostener durante un buen tiempo las medidas que hacen falta”. El autor de El club de la miseria opina que a Occidente no le interesa un mundo con mil millones de marginados. “El mundo será un lugar mucho más peligroso si no logramos integrarlos”, sostiene. “Así surgen países como Somalia”.

Collier cita Botsuana como ejemplo de éxito: “Ha tenido buen gobierno y buen liderazgo. Ha sabido utilizar bien el dinero de los diamantes y ha experimentado el crecimiento más rápido del mundo en renta per cápita en las últimas décadas”.

Una de las ideas más provocadoras del libro es la de intervenir militarmente en los países atrapados en la miseria. Su autor pone como ejemplo la intervención del Reino Unido en Sierra Leona, que puso fin a una cruenta guerra civil. Collier es consciente de que, tras la triste experiencia de Irak, no va a ser fácil conseguir el apoyo de la opinión pública para una medida como ésta. Recomienda intervenciones militares puntuales en pequeños países dominados por gobernantes corruptos. En muchas ocasiones, asegura, son bien recibidas por la población y a veces marcan la diferencia entre la guerra y la paz, entre la pobreza y la prosperidad. -

 

Cómo acabar (de una vez por todas) con la pobreza

Paul Collier, autor de El club de la miseria

Qué pueden hacer los ciudadanos de los países ricos para ayudar a erradicar la pobreza? Paul Collier ha escrito un libro para responder a esta pregunta, y lo hace con ánimo didáctico, pragmático y provocador al mismo tiempo. El autor de El club de la miseria compara el desafío de eliminar el problema con la reconstrucción de Europa tras la II Guerra Mundial. Es, por lo tanto, una tarea difícil, pero no imposible. Para este catedrático de Economía de Oxford, la ayuda económica directa es sólo parte de la solución; los intercambios comerciales, la seguridad y el buen gobierno son, en su opinión, instrumentos mucho más eficaces. La opinión pública de los países ricos, sostiene Collier, debe presionar a sus gobernantes para que se comprometan de verdad con el objetivo. “Cuando los ciudadanos aporten masa crítica, los políticos prestarán atención”, afirma.

El club de la miseria es un esfuerzo por construir esa masa crítica, un llamamiento a la acción no sólo de los gobiernos, sino del ciudadano de a pie. Con un lenguaje sencillo y directo, Collier explica cómo es posible que tanta gente siga siendo tan pobre a pesar de un crecimiento económico sin precedentes como el vivido en las últimas décadas y de las enormes cantidades de ayuda que reciben los países más necesitados.

La pobreza, sostiene el economista británico, disminuye a gran velocidad en buena parte del mundo. El 80% de la población ha conseguido dejarla atrás o está en camino, pero hay todavía mil millones de personas que viven atrapadas en un agujero negro del que no logran salir (el título original en inglés del libro es The bottom billion). “No es que muchos de estos países se estén quedando descolgados”, escribe Collier, “es que están yéndose a pique”. La mayoría de ellos son africanos, pero también quedan restos de pobreza extrema en lugares como Bolivia, Camboya, Corea del Norte, Haití, Laos, Mianmar, Timor Este y Yemen.

“La gran diferencia entre los pobres de África y los pobres de China o India es que en estos dos países los padres tienen la esperanza fundada de que sus hijos crezcan en una sociedad transformada, próspera e integrada en el mundo”, subraya el autor, que visitó recientemente España para dar sendas conferencias en los CaixaForum de Madrid y Barcelona. Collier recuerda que en Europa sólo hace falta retroceder dos generaciones para encontrar una situación similar. “Mis padres y mis abuelos eran pobres, pero tenían la esperanza de que la siguiente generación creciera en una situación distinta, como así ha sido”, dice este hijo de carnicero de Sheffield (Inglaterra).

A diferencia de la mayoría de los países en desarrollo, Collier sostiene que los llamados Estados fallidos son víctimas de cuatro trampas que les impiden ver la luz al final del túnel: las guerras civiles, la falta de salida al mar, el mal gobierno y la excesiva dependencia de la extracción de recursos naturales. “Son problemas que pueden arreglarse una vez que tengamos el diagnóstico correcto y pensemos en qué instrumentos utilizamos para arreglarlos, en lugar de hacer gestos teatrales que lo único que muestran es lo mucho que nos importa el problema, pero no lo efectivos que podemos ser”, dice Collier. “Esa política de gestos es la que practican los políticos que viajan a África, se hacen la foto besando a un niño y reparten grandes cantidades de ayuda a la hora de volver”.

Una analogía que Collier maneja con frecuencia es el empeño estadounidense por reconstruir Europa tras la II Guerra Mundial. Al terminar la contienda, explica el profesor, la amenaza del expansionismo soviético no dejó a Estados Unidos más remedio que implicarse en el Viejo Continente. Para facilitar los intercambios comerciales y estimular el crecimiento económico europeo, Washington puso fin a su política proteccionista anterior a la guerra con la puesta en marcha del Plan Marshall y la creación del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), precursor de la actual Organización Mundial del Comercio (OMC). Además, dejó de ser un país políticamente aislado al impulsar el nacimiento de instituciones como la ONU, la OCDE, el FMI…

Lo que necesitan ya los mil millones de abajo, afirma Collier, es un plan de rescate que cuente con el apoyo firme del G-8, el club de los países más ricos del mundo más Rusia. Los países más pobres requieren un trato preferente a sus exportaciones, leyes contra la corrupción y normas internacionales que faciliten su integración en la economía mundial. El autor de El club de la miseria cree que hay razones para ser optimistas. “España ha tardado más de medio siglo en pasar de la pobreza a la prosperidad”, afirma. “¿Por qué no puede hacer lo mismo gente que vive justo al otro lado del mar?”.

Collier, de 58 años, ha dedicado buena parte de su vida a luchar contra la pobreza. Entre 1998 y 2003 trabajó en el Banco Mundial a las órdenes de su amigo Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía en 2001. Director del Centro para el Estudio de las Economías Africanas de la Universidad de Oxford, no toma partido ni por los defensores de la globalización ni por sus detractores. Recela de las actitudes tradicionales de la derecha y la izquierda occidentales y considera esencial formar una amplia alianza para lograr un cambio real y sostenido de la política occidental hacia los países más pobres. “La izquierda tendrá que darse cuenta de que los métodos que tradicionalmente ha rechazado, como la intervención militar, el comercio y la estimulación del crecimiento, son herramientas fundamentales para alcanzar los objetivos que siempre ha perseguido”, señala. “La derecha deberá entender que el problema de los países más míseros no se corrige sólo con el crecimiento global, como pasa con la pobreza en términos globales, y que si este problema se desatiende ahora, nuestros hijos vivirán en un mundo de seguridad infernal”.

En opinión de Collier, los países más pobres deben reducir su dependencia de la ayuda internacional y ser ellos mismos los que emprendan, desde dentro, los cambios. “Necesitan muchas reformas económicas y gobiernos mucho mejores”, dice. “Tienen que gastar el dinero de manera honrada y eficiente, sobre todo eficiente”. En todos esos países, señala Collier, hay gente honrada que intenta propiciar esos cambios, pero casi siempre salen perdiendo. Pone el ejemplo de Zimbabue, donde el presidente, Robert Mugabe, se aferra al poder con uñas y dientes. “En Zimbabue hay gente valiente luchando contra una banda de ladrones, pero los ladrones casi siempre ganan, porque tienen el dinero. Nuestra misión es ayudar a cambiar la situación. Tenemos mucho poder y podemos hacerlo”.

Occidente, dice Collier, debe afrontar el problema de la pobreza mundial con una mezcla de compasión e interés propio. “La compasión nos da la energía para arrancar, mientras que el interés propio ayuda a sostener durante un buen tiempo las medidas que hacen falta”. El autor de El club de la miseria opina que a Occidente no le interesa un mundo con mil millones de marginados. “El mundo será un lugar mucho más peligroso si no logramos integrarlos”, sostiene. “Así surgen países como Somalia”.

Collier cita Botsuana como ejemplo de éxito: “Ha tenido buen gobierno y buen liderazgo. Ha sabido utilizar bien el dinero de los diamantes y ha experimentado el crecimiento más rápido del mundo en renta per cápita en las últimas décadas”.

Una de las ideas más provocadoras del libro es la de intervenir militarmente en los países atrapados en la miseria. Su autor pone como ejemplo la intervención del Reino Unido en Sierra Leona, que puso fin a una cruenta guerra civil. Collier es consciente de que, tras la triste experiencia de Irak, no va a ser fácil conseguir el apoyo de la opinión pública para una medida como ésta. Recomienda intervenciones militares puntuales en pequeños países dominados por gobernantes corruptos. En muchas ocasiones, asegura, son bien recibidas por la población y a veces marcan la diferencia entre la guerra y la paz, entre la pobreza y la prosperidad. -

 

 

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