La sociedad del conocimiento

Jaime Urrutia Fucugauchi*

Por años las diferencias en el desarrollo económico han separado a los países en:

desarrollados, en desarrollo, y menos desarrollados. A partir de la Revolución Industrial, los cambios generados por la introducción de nuevas tecnologías y métodos de producción se aceleraron, particularmente durante la segunda mitad del siglo pasado. Los efectos de la globalización y formación de las economías orientadas de mercado han significativamente ampliado las diferencias entre los países industrializados y el resto del mundo. Estas diferencias, cada vez mayores, conllevan serios problemas de desnutrición, hambrunas, enfermedades, conflictos sociales y guerras, separando las sociedades entre aquellas cada vez más ricas y las cada vez más pobres. La distribución y acumulación de riqueza y bienes presenta grandes desigualdades; alrededor de 20% de la población más rica tiene ingresos superiores en más de 70 veces lo que recibe 20% de la población más pobre. En los países de Latinoamérica y el Caribe estas desigualdades son grandes, en donde 10% de la población tiene 80% de los ingresos. En comparación, los ingresos de 10% del sector marginado representan menos de 2%. En las naciones en desarrollo y las menos desarrolladas, una buena parte de la población sobrevive en condiciones de pobreza extrema, desnutrición y

desigualdades sociales, bajo la amenaza de hambrunas, epidemias, conflictos, altas tasas de mortalidad infantil, bajas expectativas de vida, etcétera. Las cifras y estadísticas sobre enfermedades y mortandad en los reportes de la Organización Mundial de la Salud y Programa Milenio, para inicios del Siglo, ilustran las diferencias. De los varios millones de personas que fallecen anualmente por enfermedades infecciosas, la gran mayoría residen en países en desarrollo. De los ~34 millones de personas infectadas por el virus del sida, la mayor proporción está en países en desarrollo donde se presentan los más altos índices de mortalidad. Varios millones de personas presentan tuberculosis activa, y entre 1.4 y 1.7 millones fallecen cada año; del total, el porcentaje mayor corresponde a África y los países en desarrollo. Los efectos de fenómenos con capacidad de generar desastres como sismos, erupciones volcánicas, tsunamis, huracanes, inundaciones y sequías, empeoran situaciones ya adversas para las cuales estas naciones están inadecuadamente preparadas. El crecimiento de la población, los efectos de globalización en las economías, los cambios demográficos, y el crecimiento de las megaciudades han agudizado las desigualdades. En las últimas décadas, los desarrollos científicos y tecnológicos han provocado transformaciones profundas, en especial en las naciones industrializadas, hacia economías basadas e impulsadas por la generación de conocimiento y el desarrollo tecnológico.

En este inicio de siglo, la acumulación de conocimientos y nuevas tecnologías han cambiado profundamente las formas y expectativas de vida de las sociedades e individuos, con mejores sistemas de atención médica, nutrición, comunicaciones, computación, educación, armamento, etcétera. Esta transformación, en unos cuantos países industrializados —científica y tecnológicamente avanzados— genera divisiones aún más profundas que aquellas derivadas de las diferencias económicas en los siglos pasados. Una de estas divisiones se tiene en las perspectivas futuras a corto y largo plazo – los países con bajo o nulo desarrollo científico y tecnológico están destinados a consumir los productos creados en los países desarrollados. En estos países, la importación de artículos y servicios implica además de los altos costos, pérdida de identidades nacionales y generación de dependencias cada vez más fuertes en otros aspectos de la sociedad.

De las diferencias entre los países que tienen y los que no, hemos pasado a una división más crítica de los que pueden crear y los que no. La investigación científica, innovación y creación de nuevas tecnologías han ampliado significativamente la brecha tecnológica entre los países industrializados y los subdesarrollados. Las diferencias entre naciones con, por ejemplo, industria

aeroespacial, capaces de diseñar, construir y operar las redes de satélites de telecomunicaciones y observación, misiones de exploración en el sistema solar, etc. y aquellas que no disponen de estas capacidades van más allá de simplemente contar o no con estos productos. La brecha tecnológica presenta implicaciones que rebasan la creación e innovación y afectan los fundamentos de las economías y el desarrollo de las naciones. Asociado y debido a la inadecuada o ausencia de infraestructura científica y tecnológica y a los bajos niveles educativos, la brecha tecnológica se amplía, con países sin capacidades de acceso, adaptación y uso efectivo de las tecnologías disponibles. Conforme las economías de los

países industrializados se transforman para estar basadas en la generación de conocimiento, la mayor parte de la población mundial ha quedado relegada a consumir las nuevas tecnologías y desarrollos que los primeros producen.

Para los países en vías de desarrollo y menos desarrollados, la inversión en ciencia y tecnología no puede ser considerada como parte de las posibles alternativas, una apuesta para un desarrollo u opciones a tomar una vez que se resuelvan los problemas urgentes. La inversión decidida y sostenida en ciencia, innovación tecnológica y educación dentro de programas estructurados y amplios, constituye la única opción para el desarrollo de nuestros países. Posponer y esperar a mejores tiempos para implementar una política de estado en educación, ciencia y tecnología, ocasionará que las condiciones ya inadecuadas empeoren. En varios artículos publicados en este foro de parte de miembros del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia y el documento “El único camino hacia el desarrollo de México pasa por el conocimiento”, recientemente presentado por la Academia Mexicana de Ciencias, han analizado y enfatizado la importancia y necesidades de implementar acciones estratégicas en educación, ciencia y tecnología. En los análisis y propuestas del documento de la Academia, centrado en cuatro puntos fundamentales, se argumenta sobre la importancia para incrementar y sostener la inversión en ciencia y tecnología y los efectos de una baja inversión en estos rubros en el crecimiento de la economía, reflejados entre otros indicadores en bajo crecimiento del producto interno bruto (PIB) del país. Entre las variables económicas que ilustran parte de los problemas asociados se tiene el índice de cobertura tecnológica (cociente entre las exportaciones y volumen global de transacciones), que ha decrecido de 0.24 a 0.04 en la última década. Lo que implica de acuerdo al documento, en el aspecto tecnológico, el país compra 96% y vende 4%. La mayoría de las patentes

desarrolladas y las comercializadas exitosamente cada año provienen de los países industrializados. Los países en desarrollo

generan un bajo o nulo número de patentes, con los consecuentes efectos en las economías a corto, intermedio y largo plazo.

La generación de nuevas tecnologías e innovación en los países industrializados está sustentada en un fuerte desarrollo científico. Los países que generan la mayor parte de las patentes producen la mayor parte de la investigación en ciencia. Los grupos de investigación de ocho países, encabezados por Estados Unidos, Inglaterra, Alemania y Japón, generan alrededor de 85% de la producción científica. En marcado contraste, 163 países que incluyen la mayor parte del mundo en desarrollo producen menos de 2.5%. Entre los problemas que aquejan a los países en desarrollo, además de aquellos mencionados al inicio, (problemas económicos, sociales y políticos) se tienen: infraestructura científica y tecnológica inadecuada o nula, bajos niveles de inversión en ciencia y tecnología, sistemas de educación básica y superior inadecuados, dependencia tecnológica, bajo número de instituciones de educación superior e investigación, comunidades académicas pequeñas y aisladas, emigración de personal calificado y de profesores e investigadores, bajos niveles de educación en ciencias en amplios sectores de la población y falta de programas gubernamentales en educación, ciencia e innovación tecnológica.

* Miembro del CCC, Investigador del Instituto de Geofísica de la UNAM

Mundo consumo, de Zygmunt Bauman

El ganador del Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales 2010 Zygmun Bauman (1925), publica en España un nuevo título: ‘Mundo consumo’ (Paidós, 2010, disponible en FantasyTienda). Un análisis en profundidad desarrollado, desde la perspectiva de la ética social, de su concepto y obra más reconocida: ‘Modernidad líquida’ (FCE, 1999), dentro del marco de una imparable globalización que no sólo progresa cada vez más rápido en su objetivo de derrumbe de barreras e integración de tiempos y espacios, sino que también acelera la vida de las personas hasta convertir las “sólidas” certezas de antaño (articuladas para perdurar toda una vida, y quizás permanecer eternamente) en “líquidas” (apenas ciertas durante el tiempo que dura su enunciado).

Bauman ha sido el primer analista social que, de forma paralela al tan socorrido deconstructivismo y relativismo postmoderno –y su centrar el foco en el fin de la modernidad a partir de la parcialidad de cualquier realidad y la consiguiente imposibilidad de una verdad o certeza indiscutible, ha observado una modernidad en cambio que, lejos todavía de acabarse, sobrevive a los nuevos tiempos a partir de una adaptación y/o transformación esencial: la certeza moderna ha acortado extraordinariamente la durabilidad de su validez, en paralelo al sentido del tiempo que la aceleración global ha imprimido a la humanidad. Expliquémoslo de forma sencilla diciendo que: cuanto más rápido se suceden los acontecimientos que constituyen la vida de las personas, menos duran para ellas las certezas correspondientes al sentido (porqué)  y

objetivos (para qué) de su vida.

En la modernidad líquida de Bauman nadie tiene el control porque la velocidad, la rapidez sin sentido y la fugacidad, son un fin en sí mismas. Vivir deprisa, vivir el presente, esclavizados por el carpe diem, por el ansia de una felicidad sucesiva e interminable… es todo cuanto podemos/queremos ser.

En la explicación de Bauman es básico el contexto del capitalismo global, quizás más comprensible si tomamos prestado el concepto de ‘turbocapitalismo’ acuñado por Edward Luttwak (Crítica, 2001), en el que todo se sucede vertiginosamente, en el que las actualizaciones y novedades han convertido nuestro presente en un constante ‘dejar pasar’, donde o las oportunidades se aprovechan en el breve instante que se nos presentan y nos resultan útiles, o rápidamente se convierten en un pasado fugaz e irrepetible, inservible e inútil. Pues estas actualidades y novedades se conciben, precisamente, con el sentido de ser rápidamente inutilizadas, substituidas, y recicladas.

Otras innegables influencias de Bauman, Jean Baudrillard y Pierre Bourdieu, nos permiten comprender cuál y cómo es el nuevo ser humano que vive y construye esa ‘modernidad líquida’ a través de una actividad tan natural e inherente (a este nuevo mundo) como el consumo. Para eso debemos comprender y superar el sentido de la moda, debemos mirar más allá de la fugacidad con la que se renueva el fondo de armario, de lo pasajero del estilo en el vestir… y fijarnos cómo ese sentido de lo fugaz y lo pasajero se ha extendido a todo el sistema de objetos y símbolos con los que convivimos cotidianamente. La distinción entre “objeto perdurable” y “objeto no perdurable” se ha roto, incluso la distinción entre objeto y no-objeto.

Preguntémonos: cada vez que, conectados a internet, pulsamos el botón “actualizar ahora” ¿qué es lo que estamos “actualizando”?, ¿el ordenador? (objeto), el programa (no objeto), ¿ambas cosas? Y ¿qué sentido tiene esta actualización?, ¿qué aporta?, aún más, ¿cuántas veces no desconocemos el sentido de lo que estamos actualizando y pulsamos ese botón, únicamente, para sentir que somos nosotros los “actualizados”?, ¿y quién es el que marca, cómo y para qué, ese sentido del tiempo?, ¿quién controla el sentido y la velocidad de las manijas de nuestro reloj social?

En la modernidad líquida de Bauman nadie tiene el control porque la velocidad, la rapidez sin sentido y la fugacidad, son un fin en sí mismas. Vivir deprisa, vivir el presente, esclavizados por el carpe diem, por el ansia de una felicidad sucesiva e interminable… es todo cuanto podemos/queremos ser.
Sin embargo, el vivir así tiene un precio: la persona pierde anclajes con un pasado inconsciente y desmemoriado; carece de referentes con un futuro que no existe ni como tiempo (estamos viviendo el presente tan intensamente que no hay tiempo para pensar lo que vendrá después) ni como resultado (carente de consecuencias a partir de lo que estamos haciendo ahora); y por tanto es un ser irresponsable respecto a sus actos (vive sin pensar, carente de autorreflexividad) y aislado respecto a aquellos que comparten con el su presente (con unos lazos débiles expuestos al cambio, o a su completa extinción).Todos somos nómadas sociales, en constante cambio y transformación, adaptándonos a una realidad inaprehensible y, en consecuencia, incapaces de capturarla, dominarla y transformarla en base a algún fin u objetivo autoimpuesto o colectivamente consensuado –algo que sí acontecía en, y que caracterizaba a, la etapa sólida de la modernidad.

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La pregunta de Bauman en este libro es, por ello, capital: ¿dónde se sitúa la ética para este nuevo ser humano, fugaz en su vivir y líquido en las certezas con las que convive?, ¿qué sentido tiene para él, si es que posee alguno? Para ello echa mano de la ética de Enmanuel Lévinas, de la deuda que su teoría tiene con Husserl, y de las posteriores interpretaciones o inspiraciones de Logstrup o Habermas, para señalarnos otro punto fundamental de esta ética de la modernidad líquida: la incorporación que en nuestras vidas hacemos del ‘otro’, de la ‘otredad’, de todo aquello que transciende nuestro vivir y cuya intervención moldea no sólo nuestra realidad, sino nuestra propia existencia.

Para responder a esta cuestión escoge como idea de partida una propuesta evocadora inspirada en Manuel Castells: el paso desde la integración y reducción de la incerteza que proponen la sociedad y la comunidad, a la incorporación de la incerteza y el cambio propios de la red. Cada persona, en esta nueva modernidad, es un punto (internamente volátil) determinado de forma dinámica a lo largo del tiempo en cuanto engarzado en una red que cambia, a la que se incorporan o de la que marchan sus miembros, cuyos lazos aparecen y desaparecen, se fortalecen o se debilitan, sobre una escasa o casi nula capacidad de predicción sobre su situación presente de conjunto (qué posición ocupamos en ella) y su proyección futura (cómo podremos evolucionar en cuanto somos parte suya)
En este punto, aceptando esta nueva realidad, es cuando un antiguo dilema nos plantea nuevos interrogantes: este nuevo ser humano ¿es ahora más libre que antaño?, ¿no es la mayor incerteza un acicate para que, en el equilibrio libertad/seguridad, acabemos renunciando a una parte de nuestra libertad por otro tipo de certezas, fundamentadas en el miedo, en el riesgo (aquí resuenan ecos de Ulrich Beck), en la amenaza que supone nuestra pérdida de control sobre la realidad y el mundo que nos rodea?
Zygmunt Bauman, construyendo su análisis desde un punto de vista ético, coincide con otras voces que como las del propio Beck (sociología), Judith Butler (filosofía) o Barry Schwartz (psicología), quienes han concluido que: más capacidad de elección, más incerteza sobre lo que es bueno o malo, menos conciencia sobre el porqué y el para qué, implica menos libertad, menos empatía con ‘el otro’ y, finalmente, menos felicidad.
Del mismo modo coinciden en su propuesta de substituir la visión fragmentaria de la prisión del riesgo, el punto en la red, la superioridad de la tribu, el mito del vaquero solitario frente al mundo… por un sentido de la humanidad, de lo que nos une y nos convierte en vidas dignas de ser tenidas en cuenta tanto por nosotros mismos (en cuanto tenemos un objetivo y percibimos un sentido a nuestra vida), como por los demás (pues somos considerados necesarios para hacer viable tanto nuestro propio proyecto vital, como para hacer posibles los de los demás).
Mundo consumo’ es toda una lección de pensamiento y humanidad, síntesis y aplicación ética de uno de los marcos intelectuales más estimulantes (y puede que imprescindibles) de este comienzo del siglo XXI.

 

La sociología ante la crisis económica

Eduardo Moyano Estrada.

NO sólo los economistas están legitimados para opinar sobre la crisis económica. También los sociólogos debemos intervenir en el debate. La economía, como nos enseñó Karl Polanyi en su magistral obra La gran transformación, está inserta en relaciones sociales, que son las que explican en última instancia los acontecimientos económicos. La crisis no sólo se manifiesta en los grandes indicadores macroeconómicos, sino en ámbitos concretos de la vida social: incremento del desempleo, aumento de las desigualdades, reactivación de las situaciones de pobreza en las familias, quiebra de la cohesión social,… Son temas que entran de lleno en el campo de la sociología.
Además, la actual crisis económica no es fruto del comportamiento perverso de unos financieros desaprensivos e irresponsables, sino el iceberg de una crisis de valores en el seno del capitalismo. Los grandes principios morales que le daban legitimidad (tales como la confianza entre los agentes económicos y el papel regulador de las instituciones), se han desmoronado ante la hegemonía de un discurso neoliberal que ha venido apostando por la autonomía del mercado y por la retirada del Estado de sus funciones de equilibrio y regulación del sistema económico.

Del reaganismo y thatcherismo, pasando por el periodo de hegemonía de los neocon, se heredó un capitalismo salvaje (bautizado con el eufemismo de capitalismo popular) en el que nos hicimos la ilusión de que todos podíamos lograr los beneficios de un sistema económico con una capacidad ilimitada para hacer negocio.
En España, ha habido dos ejemplos paradigmáticos a los que todos nos apuntamos en un frenesí patológico: el boom inmobiliario y la inversión especulativa en activos financieros. En esos dos ámbitos, la codicia guió nuestros actos. A ello contribuyó, sin duda, la frivolidad de una clase política que alentó nuestros peores sentimientos difundiendo la idea de que España era un país rico y que los españoles nos podíamos permitir el lujo de vivir por encima de nuestras posibilidades reales y al nivel de los países más desarrollados del mundo. No se nos recordó que eso no es verdad, sino que España es un país pobre en recursos, y que todo lo que ha conseguido ha sido a base de mucho esfuerzo y trabajo.

La novedad, y la gravedad, de esta crisis es que, por primera vez, nos coge con la apariencia de país rico y con el nivel más alto de endeudamiento de la historia (de familias, de empresas y de entidades financieras). Ello genera en la población una situación de miedo e incertidumbre, cuando no de pánico, ante la previsible larga duración de la crisis y la posibilidad (cada vez más real) de perder el empleo.

Ante la crisis, se escuchan voces sobre la necesidad de cambiar de modelo de crecimiento económico, pero debemos considerar si la economía española (y la sociedad en general) está preparada o no para abordar ese cambio. Si no lo hacemos así, corremos el riesgo de abandonar, por perverso, el modelo económico actual cuando todavía no estamos preparados para implantar otro diferente.

Se nos dice que la recuperación de nuestra economía tiene que basarse en sectores distintos de los tradicionales (turismo, construcción, agricultura y alimentación), apostando por sectores innovadores y con mayor capacidad para generar empleo estable y valor añadido (energías renovables, industria aeroespacial, tecnologías blandas más sostenibles desde el punto de vista ambiental,…). Pero lo cierto es que esa apuesta puede que lleve su tiempo y que sus efectos se verán a medio y largo plazo, siempre que seamos capaces de abordar cambios importantes en nuestro sistema educativo y reformas significativas en el mercado de trabajo y en el sistema de organización empresarial.
La recuperación económica será lenta y va exigir importantes sacrificios, además de necesitar la cultura del pacto social y político que nos fue tan útil durante la transición democrática, pero que desgraciadamente abandonamos desde entonces. En ese sentido, resulta lamentable la dinámica de confrontación entre los dos grandes partidos políticos cuando tenemos delante la mayor crisis económica de nuestra historia reciente.

Difícilmente podremos salir de la crisis sin la cooperación y el esfuerzo de todos, y para ello se hace cada vez más necesario apelar desde la ciudadanía a la responsabilidad de la clase política para que esté a la altura de las circunstancias.

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